16 de enero de 2014

Los últimos días de Hitler

Los últimos días de Hitler


Antonio Manzanera

Este texto contiene una relación algo más extensa que la aparecida en la novela acerca de los últimos días de Hitler en Berlín. Se incluyen aquí hechos reales eliminados de la trama de “El informe Müller” por motivos de espacio.

El día 20 de abril el Führer recibió la felicitación de sus principales ministros y colaboradores, como el Mariscal del Reich Hermann Göring, jefe supremo del ejército del aire, la Luftwaffe, y que en virtud de un decreto de 1941 era su sucesor legal; y el Reichsführer de las SS Heinrich Himmler, el asesino más despiadado de todo el régimen. A continuación se celebró una reunión en la que se presentó la situación de la guerra: en pocos días los rusos, que avanzaban por el Este, se encontrarían en el río Elba con los americanos que llegaban por el Oeste, con lo que Alemania quedaría finalmente dividida en dos. La única esperanza de los nazis era que la alianza entre los soviéticos y los angloamericanos, incomprensible desde el punto de vista ideológico, se rompiera, de de modo que uno de los dos bandos reclamase la paz con el Tercer Reich para atacar al otro.

Cuando terminó la conferencia del día 20 la mayor parte de los ministros y jerarcas nazis abandonaron Berlín para no volver jamás. Entre éstos se encontraban Göring y Himmler, los dos camaradas más antiguos y fieles de Hitler.

Sin embargo el Führer permaneció en la capital. Desde hacía varias semanas vivía recluido siete metros bajo tierra, en el búnker de la Cancillería. La vida en el refugio era dura. Las bombas que continuamente caían sobre él agitaban sus paredes, haciéndolo temblar y supurar polvo y tierra. Los cortes de luz se producían de manera constante, la atmósfera estaba cargada y el olor era insoportable. Un superviviente lo definió como “trabajar en una letrina”.

Los principales personajes del drama que se vivió en el búnker durante los diez días siguientes fueron siempre los mismos. Aparte de Hitler, los protagonistas fueron Joseph Goebbels y Martin Bormann. Goebbels era el ministro de propaganda, y más tarde fue nombrado gobernador de Berlín y responsable de su defensa. Era un nazi fanático y radical, aunque su apariencia física endeble y su cojera, debida a una osteomielitis que sufrió en la infancia, parecía atenuar la agresividad de su carácter. Absolutamente devoto de Adolf Hitler, Goebbels manifestó su firme voluntad de correr la misma suerte que el Führer.

Por su parte Martin Bormann era el secretario de Hitler y ministro del partido nazi. Leal, y siempre próximo a Hitler, consiguió hacerse indispensable para su señor, hasta el punto de monopolizar su acceso. Solo aquellos a los que Bormann autorizaba eran admitidos a presencia del Führer. Menudo, rechoncho y de aspecto insignificante, Bormann era temido y odiado a partes iguales mientras ejercía el poder en la sombra.
Aparte de los tres protagonistas principales, Hitler, Goebbels y Bormann, el resto del reparto podría clasificarse en tres grupos de personas: los militares, los ayudantes personales del Führer y las mujeres.

A raíz del atentado planeado y ejecutado por muchos de sus generales el 20 de julio de 1944, que estuvo cerca de costarle la vida, Adolf Hitler perdió la poca confianza que le quedaba en el estado mayor del ejército alemán. Por esa razón purgó el alto mando de las fuerzas armadas y puso a su frente militares de escaso talento, pero indudablemente leales. El mariscal de campo Wilhelm Keitel era el comandante en jefe de las fuerzas armadas. Keitel, hombre servil y adulador, carecía del genio militar de Rommel o Guderian, pero tenía la virtud de cumplir las órdenes de Hitler sin rechistar. Sus dos principales ayudantes eran dos, los generales Krebs y Burgdorf. El general Hans Krebs fue antes de la guerra agregado militar de la embajada alemana en la Unión Soviética. Era partidario de la amistad entre los dos países y se dice que un día fue abrazado afectuosamente por el mismísimo Stalin. El general Wilhelm Burgdorf, por su parte, era amigo personal de Bormann, y gracias a ello ascendió pronto hasta convertirse en un militar admitido en el círculo estrecho del Führer. Hacia el final de la guerra, y a pesar de que estos militares eran decididamente fieles, Hitler confió únicamente en su ejército de las SS, las Waffen SS. En la fidelidad de las SS, Hitler siempre podía contar. Era el cuerpo que creó él a su imagen y semejanza, y la razón de ser de las SS era la lealtad.

Otro grupo de habitantes del búnker estaba constituido por los ayudantes personales de Hitler. Entre ellos destacaba su criado Heinz Linge, su ayudante de las SS Otto Günsche, su chófer Erich Kempka, su piloto personal Hans Baur, su médico Ludwig Stumpfegger y los jefes de su cuerpo de guardaespaldas, el general de las SS Johann Rattenhuber y su subordinado el teniente coronel de las SS Peter Högl.

Él último grupo de habitantes eran las mujeres. Sus secretarias, Traudl Junge y Gerda Christian, su cocinera Constanze Manziarly y su amante, Eva Braun, una chica risueña y despreocupada por la política que llegó a Berlín cuando casi estaba sitiada por los rusos para acompañar a Hitler hasta el final.

El día después de su cumpleaños, el 21 de abril, Hitler ordenó una gran ofensiva contra la tenaza rusa que se cerraba sobre Berlín. Fue llamado el “ataque Steiner”, pues iba a ser llevado a cabo por el 9º ejército, al mando de un general de las SS llamado Félix Steiner. Todas las unidades disponibles tanto del ejército de tierra como del ejército del aire, la Luftwaffe, debían ser empleadas en esta ofensiva. El plan fue diseñado con todo detalle por Hitler mismo, planificando el movimiento de cada batallón y diseñando tácticas para todas y cada una de las posibles respuestas que los soviéticos podían presentar.

Sin embargo Hitler movía sobre sus mapas tropas que no existían. El ejército de Steiner hacía tiempo que había dejado de ser efectivo y, lógicamente, no fue capaz de cumplir las órdenes que recibió. A pesar de ello, temiendo la cólera del Führer, nadie en su estado mayor tuvo el valor de contravenir sus indicaciones.

El día después de ordenar el ataque Steiner, el domingo 22 de abril, se celebró una conferencia militar en el búnker de la Cancillería que marcaría un punto de inflexión en el devenir de la guerra. Hitler recibió la noticia de que Steiner no se había movido y montó en cólera. Bramó contra el ejército, acusó a los generales de traidores y amenazó con fusilar a todos. Finalmente, exhausto, declaró por primera vez que todo había acabado: la guerra estaba perdida. Pero él no saldría de Berlín, no huiría al Sur a dirigir desde allí el Tercer Reich. Permanecería en Berlín, defendiendo personalmente la ciudad, y si ésta caía él se suicidaría. Ese mismo día dio órdenes al ministerio de propaganda para que transmitiese al pueblo una proclama que anunciase su decisión.

Los asistentes a la reunión quedaron desconcertados. Era la primera vez que Hitler desesperaba de su misión y arrojaba la toalla. Todos le solicitaron que reconsiderase su postura y saliese de Berlín ahora que aún era posible, pero Hitler se negó. Dijo que no lo haría, y que renunciaba al mando de las fuerzas armadas. No tenía más órdenes que dar. Quien quisiera podía irse de Berlín, y los que deseasen seguir la lucha tendrían que hacerlo bajo las órdenes de Göring. Y si no querían luchar que negociasen con el enemigo, pero a través de Göring, que seguramente lo haría mejor que él. Los generales protestaron, pero conocedores de los cambios de humor de Hitler decidieron esperar y darle tiempo para serenarse.

Horas más tarde Hitler estaba más calmado y entonces el mariscal de campo Keitel le indicó que el 12º ejército del general Walther Wenck, que a diferencia del de Steiner estaba bien pertrechado, en esos momentos luchaba al Sudoeste de Berlín contra los americanos. Keitel sugirió dar la orden a Wenk de despegarse de los estadounidenses y acudir al rescate de la capital del Reich. Hitler se animó con esta idea y ordenó a Keitel que partiese inmediatamente hacia el cuartel general de Wenk para transmitirle personalmente la orden de salvar Berlín.

Cuando Keitel dejó Berlín para ir en busca de Wenk otros dos importantes acontecimientos tenían lugar fuera de la capital del Reich.

Hermann Göring, cuya relación con Hitler se había enfriado debido al fracaso de la Luftwaffe, había abandonado Berlín y acudido a su cuartel de Berchtesgaden, en Baviera. Allí, el 23 de abril, recibió la noticia del violento arrebato de Hitler del día anterior. Entendiendo que Hitler estaba renunciando a la jefatura del Estado consideró su deber hacerse cargo de ésta. Göring envió entonces un telegrama al búnker, preguntando a Hitler si consideraba oportuno que se hiciese cargo del gobierno del Reich, en virtud del decreto de 1941 que lo nombraba su sucesor. Dado que las comunicaciones con el búnker cada vez eran más difíciles, Göring dio como plazo para recibir una contestación las 22 horas de ese mismo día, de manera que si para entonces no tenía una respuesta del Führer entendería que su libertad de acción se había perdido y asumiría el poder.

Cuando el telegrama de Göring llegó al búnker, el operador de radio se lo entregó a Martin Bormann. Éste, irreconciliable enemigo de Göring a quien consideraba un rival, se lo enseñó a Hitler, destacando que el Mariscal del Reich le estaba dando un ultimátum para usurpar el poder. Hitler, como siempre, se dejó llevar por Bormann e, indignado, envió a Göring un telegrama acusándolo de traición y despojándole de sus pretendidos derechos a la sucesión. El Führer advirtió a Göring que la pena que le correspondía era la muerte, pero que en atención a sus servicios la conmutaría si el Mariscal del Reich dimitía de todos sus cargos. Göring dimitió y Hitler, satisfecho, ordenó al destacamento de las SS de Berchtesgaden que pusiera al antiguo comandante en jefe de la Luftwaffe bajo arresto.

La presunta traición de Göring supuso un duro golpe para Hitler. Sin embargo otro mucho peor se estaba gestando cerca de la frontera danesa. El Reichsführer de las SS Heinrich Himmler desde hacía tiempo albergaba dudas acerca de la suerte que correría Alemania después de la guerra. Pensaba que el caos se haría en el Reich una vez que Hitler muriese y la guerra hubiera terminado. La única fuerza capaz de mantener el orden, pensaba Himmler, serían las SS que él dirigía, y por tal razón se consideraba a sí mismo como la persona más idónea para gobernar Alemania una vez que Hitler hubiese desaparecido.

Los manejos conspiratorios de Himmler nunca pasaron de ahí. Estaba decidido a esperar pacientemente la muerte de Hitler, ya que no tardaría mucho en producirse. Además, no tenía necesidad de traicionarlo porque estaba convencido de que el poder vendría mansamente a sus manos cuando el Führer falleciese.

Sin embargo no todos sus consejeros eran de su misma opinión. El Brigadeführer de las SS Walter Schellenberg apremiaba a Himmler desde hacía tiempo para que tomase el poder cuanto antes. Schellenberg opinaba que Hitler tardaba mucho en morir y que para cuando lo hiciese Alemania habría caído en poder del ejército soviético y ya nunca podría recuperar su poderío político y militar.

Walter Schellenberg era un jovencísimo general de las SS. En abril de 1945 tenía 35 años y ocupaba el cargo de responsable del servicio de espionaje en el extranjero de las SS. Gracias a ese puesto tenía línea directa con Himmler, a pesar de que jerárquicamente entre él y el Reichsführer había dos mandos: el director del RSHA Ernst Kaltenbruner y el director de la Gestapo, o policía secreta, Heinrich Müller.

El 23 de abril, mientras el telegrama de Göring ocasionaba a su autor graves complicaciones, Schellenberg consiguió por fin convencer a Himmler de que debía decidirse a actuar antes de que fuese demasiado tarde. El plan de Schellenberg consistía en negociar un armisticio con los angloamericanos en el Oeste y continuar la guerra en el Este contra los soviéticos. Himmler ofrecería a los aliados occidentales deponer a Hitler, asesinándolo si ello era preciso, y ocupar su lugar, asegurando la lealtad de Alemania ante la inminente guerra estadounidense con la Unión Soviética.

Para emprender las negociaciones Schellenber se dirigió al conde Folke Bernadotte, diplomático y presidente de la Cruz Roja sueca. Himmler hizo llegar a Bernadotte una carta para el general Eisenhower con su ofrecimiento de paz separada y quedó a la espera de la respuesta estadounidense, convencido de su aceptación.

Entre tanto la situación en Berlín era cada vez más desesperada. Se luchaba casa por casa. Los alemanes habían movilizado incluso a ancianos y niños de doce años a los que estaban enviando a combatir al Ejército Rojo sin adiestramiento ni equipo alguno. Las SS recorrían las calles ahorcando por deserción a todo aquel que, a su juicio, no había empuñado las armas en defensa de la ciudad. La consigna de Goebbels era: “resistid, en poco tiempo llegará el ejército de Wenk y salvará la ciudad de los soviéticos”. Sin embargo, a pesar de todo, los rusos fueron venciendo la resistencia nazi durante el 24 de abril y así, el 25, consiguieron rodear completamente la ciudad. El asedio de Berlín había empezado.

La moral de los ocupantes del búnker estaba por los suelos. Hitler se preguntaba cómo era posible que Wenk tardase tanto en llegar, y repetía a todos sus colaboradores que en ningún caso caería en manos de los rusos. Físicamente no podía empuñar un arma y salir a luchar, pues el riesgo de ser herido y hecho prisionero era altísimo. Así pues, en el último momento, cuando los rusos estuviesen a las puertas del búnker se suicidaría. Hitler repartió entre todos los miembros de su círculo íntimo ampollas de cianuro de potasio, un veneno muy potente que actúa con rapidez provocando la muerte y dejando en el ambiente un olor intenso a almendras amargas.

No obstante Hitler aún no había perdido completamente la fe. El mismo día que se cerró el cerco sobre Berlín, el Führer llamó al general de la Luftwaffe Ritter von Greim, comandante de la Luftflotte 6, y le pidió que fuese a Berlín. Greim se encontraba en el Sur, en Múnich, y a pesar de que se trataba de un viaje suicida se montó en un avión que pilotó el mismo y emprendió viaje a la capital del Reich. Con él viajó la piloto de pruebas Hanna Reitsch, una valerosa y menuda mujer fiel al propio von Greim y la causa nacionalsocialista.
Varios cazas acompañaron a Greim para distraer a los aviones soviéticos con los que lucharon en las cercanías de Berlín. El propio general fue gravemente herido en un pie. Pero milagrosamente consiguió aterrizar y, con gran esfuerzo, entró en el búnker donde fue atendido por el médico de Hitler, el Dr. Stumpfegger. Una vez curado, Hitler informó a Greim de la traición de Göring, lo ascendió a mariscal de campo y le puso al mando de la Luftwaffe. Greim, emocionado al igual que Hanna Reitsch, manifestó al Führer su deseo de permanecer a su lado hasta el final y compartir su suerte.

Sin embargo no todos en el búnker estaban por la labor de morir por Hitler y la causa nazi. Horas antes de la llegada de Greim y Reitsch, un oficial de las SS se escabullía sin permiso del búnker con el objeto de abandonar la ciudad tan pronto como le fuese posible: se trataba del Obergruppenführer de las SS Hermann Fegelein.

Fegelein era un hombre inculto y antipático cuya fortuna se labró el 3 de junio de 1944 cuando se casó con Gretl, la hermana de Eva Braun. A partir de entonces fue admitido en el restringido círculo de íntimos de Hitler, ocupando el cargo de oficial de enlace de su superior, Heinrich Himmler. En la práctica Fegelein deambulaba por el búnker pasando mensajes de Hitler a Himmler.

Con el tiempo, todos los habitantes del búnker llegaron a sentir una sincera antipatía por Hermann Fegelein. Era percibido como un arribista e ignorante al que su relación con Gretl, que estaba embarazada de ocho meses en abril de 1945, le importaba menos que nada.

La relevancia de Fegelein en la vida del búnker era tan limitada que su huida pasó desapercibida durante dos días. Finalmente, el 27 de abril, Hitler solicitó su presencia y entonces se descubrió que llevaba tiempo ilocalizable. En el refugio de la Cancillería se respiraba continuamente el aroma de la traición, y Hitler ordenó a su cuerpo de guardaespaldas que saliesen a buscar a Fegelein y lo trajesen de vuelta al búnker de inmediato.  

El teniente coronel de las SS Peter Högl, del cuerpo de guardaespaldas de Hitler, se puso al frente de una cuadrilla de guardias y se dirigió directamente al domicilio particular de Fegelein, donde lo encontró en compañía de una mujer. Högl ordenó a Fegelein que se vistiese para acompañarlos al búnker. El “cuñado” de Hitler solicitó que antes se le permitiese telefonear a su cuñada Eva Braun. Högl accedió y Fegelein habló con ella. Le pidió que tratase de convencer a Hitler para dejarle marchar al Sur a hacerse cargo de Gretl y su hijo, pero Eva le respondió que debía regresar al búnker inmediatamente. Una vez allí fue degradado y enviado a una celda en un edificio próximo de la Gestapo.

El día siguiente, sábado 28 de abril, fue otra jornada de tensa espera. Los ocupantes del búnker desesperaban aguardando noticias del ejército de Wenk. El bombardeo ruso se hizo más intenso y sus tropas se acercaban cada vez más a la Cancillería. Hitler, desquiciado, envió un telegrama al mariscal de campo Keitel preguntándole dónde estaba Wenk y cuánto faltaba para su llegada a Berlín.

La situación empeoró aún más a las nueve de la noche, cuando un funcionario del ministerio de propaganda llegó al búnker con una nota de prensa de Reuters en la que se informaba de algo que ni el más pesimista de los nazis podía sospechar. El funcionario que llevó la noticia, temeroso de que se culpase al mensajero, entregó una copia al criado de Hitler, Heinz Linge, y se escabulló a toda prisa. El mensaje afirmaba que el Reichsführer de las SS Heinrich Himmler había ofrecido la capitulación en el Oeste a los aliados, pero que éstos la habían rechazado.

Lo que siguió fue definido por los que lo vieron como el peor ataque de ira que Hitler sufrió nunca. Era lo último, la peor de las puñaladas que podían darle. Sus SS, el cuerpo más fiel y leal, le había abandonado. Ni siquiera podía confiar en su más noble e incondicional camarada, Himmler, quien había basado las SS sobre el principio de la lealtad. Hitler se convenció de que aquello era el fin. No había salida posible para él. Definitivamente se suicidaría.

Pero antes debía evitar que los traidores se saliesen con la suya. Cuando conoció la noticia de la traición de Himmler se le abrieron los ojos. Ya sabía por qué el ataque Steiner había fracasado: fue Himmer quien ordenó a Steiner no moverse. Todo aquello era un complot de las SS contra él, en el que también estaba implicado Hermann Fegelein. Por eso había huido.

En realidad todas esas sospechas de Hitler eran infundadas, pues nunca hubo ningún complot de las SS contra su vida, ni ninguna orden a Steiner para que no atacase. No obstante la venganza del Führer se cumpliría igualmente. Hitler dio instrucciones al jefe de la Gestapo, Heinrich Müller, para interrogar a Fegelein y después fusilarlo. El prisionero fue llevado al búnker y las órdenes se cumplieron.

Acto seguido Hitler ordenó a Ritter von Greim salir inmediatamente de Berlín pues tenía dos misiones para él. La primera lanzar todos los efectivos con que contase la Luftwaffe en ayuda de Wenk para liberar la capital del Reich. La segunda, detener al traidor Himmler. El nuevo comandante supremo de la Luftwaffe protestó, solicitando cumplir las instrucciones desde el búnker y correr en Berlín la misma suerte que el Führer. Pero la orden era definitiva: debía irse. Greim llamó entonces al cuartel general de la Luftwaffe solicitando un aparato para salir de Berlín. Horas después, y a pesar de no disponer ya de ningún aeropuerto en poder de los nazis, un avión alemán conseguió aterrizar en una pista improvisada en el Tiergarten, el espléndido parque berlinés que ahora se había convertido en zona de guerra. Greim y Hanna Reitsch consiguieron despegar y, volando a baja altura, superar el fuego ruso. Fue el último avión que abandonó Berlín antes de la capitulación.

Una vez que Greim y Reitsch consiguieron salir de la capital del Reich, Hitler empezó con los preparativos de su suicidio. Justo después de medianoche, ya en 29 de abril, Goebbels hizo venir al búnker a un funcionario para desposar a Hitler con Eva Braun. La ceremonia duró pocos minutos y se ofició en la sala de los mapas, donde Hitler celebraba las conferencias militares. Los contrayentes manifestaron su consentimiento y firmaron el acta. Eva Braun empezó escribiendo “Eva B...” pero entonces tachó la “B” y escribió “Eva Hitler, née Braun”. A continuación se celebró un discreto desayuno de bodas donde unos pocos invitados tuvieron ocasión de felicitar a los recién casados.

A las dos de la madrugada Hitler se retiró a una sala adyacente para dictar a su secretaria Frau Junge su testamento político y su testamento personal. El primero de ellos se trataba de una proclama política donde Hitler se declaraba inocente del estallido de la guerra. Él no quería la guerra, y de hecho en varias ocasiones ofreció el desarme. Pero el judaísmo internacional y sus financieros habían preferido la guerra. La historia, según Hitler, no podía considerarlo responsable de ella. Asimismo el Führer exhortó al pueblo alemán a continuar la lucha contra el bolchevismo y el judaísmo, y anunció que se disponía a morir una vez que la capital del Reich y la residencia del canciller no pudiesen ser defendidas durante más tiempo. El testamento político terminaba con un último recuerdo para sus antiguos camaradas Hermann Göring y Heinrich Himmler. Ambos eran desposeídos de todos sus cargos y pasaban a la historia nacionalsocialista como los peores traidores. En lugar de Göring, Hitler nombraba su sucesor al Gran Almirante Dönitz, un marino nazi y leal. Asimismo designaba canciller del Reich a Joseph Goebbels, un nombramiento algo extraño, pues su mandato habría de durar muy poco al estar él también sitiado en Berlín.

En el testamento personal, Hitler explicaba los motivos de su matrimonio y disponía de sus bienes. Ocupado por el trabajo a su patria nunca tuvo ocasión de compartir su vida con ninguna mujer, y ahora que ésta llegaba a su fin le pareció justo que la persona que más devoción le había mostrado muriese junto a él como su esposa. Sus posesiones se las legaba al partido, y si éste no existía, al Estado. Los testamentos se firmaron a las cuatro de la mañana y después Hitler se retiró a descansar.

Mientras el Führer reponía fuerzas, Goebbels dictó a Frau Junge un apéndice al testamento político de Hitler. En él expresaba su deseo de morir en Berlín junto al Führer, puesto que en el futuro que esperaba a Alemania los ejemplos serían más importantes que las personas. Y él pretendía donar un ejemplo de fidelidad a las generaciones venideras.

A las cinco y media de la mañana el Führer se levantó para vivir sus últimas diez horas en este mundo.
Hitler se despertó poco después de haberse acostado. Los generales prepararon los informes y empezó la conferencia militar en donde se expuso la última hora de la batalla de Berlín. Básicamente la situación era más o menos la misma que la noche anterior, aunque conforme avanzó la mañana se deterioró bastante. A mediodía los rusos habían conseguido avanzar en todos los frentes estrechando el cerco sobre la Cancillería. En poco tiempo conseguirían acceder al búnker.

Durante las primeras horas de la mañana las puertas del refugio se cerraron. A los soldados se les entregó sus raciones para todo el día y se les desalojó de la Cancillería, pues se pretendía que ningún testigo accidental presenciase el ritual del suicidio del Führer. Mientras tanto Otto Günsche, el ayudante de las SS de Hitler, ordenó al chófer Erich Kempka que buscase 200 litros de gasolina y los depositase en el jardín de la Cancillería.

A las dos de la tarde Hitler almorzó en compañía de sus secretarias y la cocinera. Eva Braun prefirió quedarse en su habitación. Después de comer, Hitler se retiró a descansar a sus habitaciones. Más tarde, a las tres de la tarde, salió al corredor con Eva Braun para despedirse de sus más allegados. Allí estaban, entre otros, Bormann, Goebbels, los generales Krebs y Burgdorf, los escoltas Rattenhuber y Högl, el ayudante Günsche, el criado Linge, la cocinera y las secretarias. La mujer de Goebbels, Magda, a quien días antes Hitler había homenajeado entregándole su propia insignia de oro del partido que llevaba en el pecho, no se encontraba entre los presentes pues se sentía indispuesta ante la inminente muerte de sus seis hijos pequeños, a los que pensaba envenenar.

Hitler fue dando la mano a todos sin decir nada. Después entró en sus habitaciones con Eva Braun y las puertas se cerraron. Günsche se apostó delante para impedir que nadie importunase al Führer.
Pocos minutos después se oyó un disparo. Günsche abrió la puerta y entraron. Hitler y Eva Braun estaban sentados en el sofá, muertos. Él se había disparado en la boca. Ella había preferido ingerir un veneno. Eran las tres y media de la tarde del 30 de abril de 1945.

Se empezó entonces a preparar el funeral del Führer. Justo entonces llegó Artur Axmann, el jefe de las juventudes hitlerianas, y le dejaron entrar a ver el cadáver. Taparon el cuerpo de Hitler con una manta, cubriéndole la cabeza ensangrentada, y lo sacaron por el pasillo hacia las escaleras de la salida de emergencia que llevaban directamente al jardín de la Cancillería. Los que allí estaban pudieron reconocerlo gracias a sus pantalones negros. A Eva Braun no hizo falta cubrirla, pues su muerte no había sido sangrienta.
Todas las puertas que daban al jardín habían sido cerradas, y los guardias retirados para que no hubiese observadores inoportunos de lo que iba a suceder. Sin embargo el centinela de la torre de vigilancia, Erich Mansfeld, alarmado por el ir y venir de gente bajó de su puesto de observación para ver lo que ocurría. Al hacerlo se dio de bruces con la comitiva fúnebre. Otto Günsche le ordenó que desapareciese de allí de inmediato, y Mansfeld regresó a la torre.

Dejaron los dos cadáveres a unos 10 metros de la salida de emergencia y se les roció con la gasolina de las latas que había dejado allí el chófer Kempka. Justo entonces empezó un bombardeo ruso sobre la Cancillería, y todos los miembros del cortejo buscaron refugio en la puerta del búnker. Günsche dejó un reguero de gasolina hasta el lugar donde se encontraban, encendió un trapo y lo arrojó sobre el combustible. Los cuerpos prendieron inmediatamente y los presentes los despidieron con el saludo hitleriano. Después accedieron al búnker por la salida de emergencia y se dispersaron.

Las horas siguientes fueron abundantes en actividad. Para empezar, se dio orden al SS-Obersturmbannführer Franz Schädle, que se encontraba herido en una pierna, para que buscase tres hombres de total confianza para enterrar los cadáveres. Mientras tanto, aproximadamente a las seis de la tarde, unos soldados de las SS salían al jardín a echar más gasolina sobre los cuerpos de Hitler y Eva Braun. Caída ya la noche, los hombres seleccionados por Schädle salieron a enterrar los cadáveres. Eran las once de la noche.

El ayudante de las SS Günsche y el criado de Hitler Heinz Linge relataron al resto de ocupantes del búnker lo sucedido durante la muerte y cremación del Führer. Linge dijo que los cuerpos habían sido quemados hasta no dejar de ellos rastro alguno, lo cual era erróneo, puesto que la gasolina vertida sobre ellos ardiendo al aire libre sobre la arena pudo haber quemado la piel y los tejidos, pero los huesos habrían soportado el fuego con total seguridad. Tales huesos no han sido encontrados nunca.

Joseph Goebbels estaba decidido a suicidarse en las próximas horas, pero el secretario Martin Bormann aún tenía esperanzas de salir de Berlín con vida. Urdió entonces un plan para cumplir su objetivo. El testamento político de Hitler nombraba sucesor al Gran Almirante Dönitz, que se encontraba al Norte, en Plön. Bormann pensó ofrecer a los rusos la rendición de Berlín y obtener de ellos el permiso para ir a Plön y recabar de Dönitz la ratificación de esa orden. Goebbels, nombrado por Hitler en el testamento canciller y por lo tanto legitimado para decidir, estuvo de acuerdo con el plan. Se decidió entonces que la persona más indicada para ir a parlamentar al cuartel general soviético era el general Krebs. Krebs había trabajado como agregado militar en la embajada alemana en Moscú, hablaba ruso y era un reconocido defensor de la amistad germano-soviética.

El general Krebs salió a ver a los rusos esa noche y negoció con ellos hasta bien entrada la mañana del 1 de mayo. Regresó al búnker con malas noticias: los soviéticos solo aceptaban una rendición incondicional. Aquello supuso el final de toda esperanza.

A las tres y media de la tarde Goebbels envió su último telegrama como canciller. Estaba dirigido a Dönitz y en él le informaba de la muerte de Hitler y del nombramiento de Dönitz como nuevo Führer. Poco después, su mujer Magda Goebbels envenenó a sus seis hijos.

A las 8.30 de la noche, el matrimonio Goebbels subió las escaleras de la salida de emergencia del búnker y salieron al jardín. Allí, por orden de Goebbels, un soldado de las SS los mató de un tiro en la cabeza. Rociaron los cadáveres con la poca gasolina que había quedado y dejaron los cuerpos ardiendo en el jardín.
A las 9 de la noche Mohnke ordenó a unos soldados quemar las habitaciones privadas de Hitler. Como solo les quedaba una lata de gasolina, optaron por incendiar únicamente el salón de conferencias.

Eran las 11 de la noche del 1 de mayo de 1945. El resto de los ocupantes del búnker se dividieron en grupos y fueron saliendo del búnker intentando alcanzar las líneas alemanas en una huída a la desesperada.
La mayoría de ellos fueron apresados por los rusos.



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