1 de enero de 2014

Los primeros periódicos y la prensa insurgente en América Latina



Los primeros periódicos
y la prensa insurgente en América Latina

José Villamarín Carrascal *

Con algo más de un siglo de retraso en relación con Europa aparecieron los primeros periódicos en América Latina. Las razones son varias: por un lado, la condición de colonias españolas, que llevó a estos países a ser objeto de fuerte censura, control y represión, tanto civil como eclesiástica, lo que redujo al mínimo la libertad de expresión. Por otro lado, el alto costo del papel y de los instrumentos tipográficos, que dificultaron las labores periodísticas, incluso oficiales.

El periodismo regular en América Latina puede dividirse en dos etapas: la primera, la de la prensa oficial y pro colonialista (S. XVIII), y la segunda, la de la prensa revolucionaria e insurgente (inicios del S. XIX). Los periódicos de la primera etapa fueron básicamente informativos y, los de la segunda, político-panfletarios. Y en medio de los dos, como un puente que se tiende entre el colonialismo burocrático e indolente y los movimiento libertarios e independentistas, los periódicos científicos culturales, casi navegando entre dos aguas.

Prensa oficial y pro colonialista

1722 es la fecha del aparecimiento del primer periódico latinoamericano: La Gaceta de México y noticias de Nueva España, un mensuario editado en México por Juan Ignacio Castoreña Ursúa y Goyeneche, considerado por ello como el primer periodista de América Latina. Castoreña fue funcionario del Virreinato de Nueva España (México) y después obispo de Yucatán. Obviamente, las orientaciones del periódico no podían se otras que las apegadas a los intereses de la Corona.

Fue un medio de comunicación muy completo; tenía secciones oficiales, religiosas, comerciales, sociales y marítimas. Al igual que los europeos, las noticias aparecían agrupadas por regiones: México, Zacatecas, Guadalajara, etc., y estaban situadas en un lugar fijo. Algunas noticias, como las provenientes de California o La Habana, eran publicadas con un atraso de meses.1

¿Por qué aparece en México y no en otro país el primer periódico latinoamericano? El Virreinato de Nueva España, como se conocía entonces a México, no sólo era uno de los centros más adelantados de la América colonial, sino que además tuvo una de las más antiguas y destacadas instituciones culturales del continente: la Universidad de México (1551). Su presencia implicó una importante actividad intelectual que demandaba nutrirse de información más oportuna y periódica. Esto llevó a Castoreña a sustituir las hojas de noticias que salían de manera muy irregular, por esta gaceta que la publicó regularmente cada mes.

Siete años más tarde apareció el segundo periódico latinoamericano: La Gaceta de Guatemala (1729), órgano oficial de las autoridades coloniales españoles (prácticamente una reproducción de la Gaceta de Madrid), cuyo principal objetivo era informar sobre asuntos administrativos de la Colonia y sobre sucesos ocurridos en Europa.

A Perú le corresponde ser el tercer país de Latinoamérica en tener un periódico. Se trata de la Gaceta de Lima (1743), publicación bimestral de contenido similar a la Gaceta de México. Fue también sucesora de la Gaceta de Madrid, que se imprimió en Lima a inicios de siglo.

Dos razones explican el aparecimiento de los primeros periódicos en estos países: primero, porque eran los enclaves sociales, políticos y económicos más importantes de la Colonia y, segundo, porque allí (por esa misma razón) se instalaron las primeras imprentas.

Los demás periódicos de América Latina se imprimieron a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Cuba, Colombia y Ecuador fueron los siguientes países en tener su primer periódico. En Cuba apareció la Gaceta de la Habana (1764, semanario); en Colombia, el Papel Periódico de Bogotá (1791, semanario) y en Ecuador, Primicias de la Cultura de Quito (1792, quincenario). “El resto, un total de 14, fueron publicados en las cinco primeras décadas del siglo XIX. El último, en 1845, fue El Paraguay Independiente, en Asunción”.2

Los cuatro primeros periódicos no por coincidencia tienen el nombre de Gaceta, pues fueron esencialmente informativos y oficiales, al igual que su antecesor, la Gazette de Francia (de donde tomaron su nombre), el primer periódico oficial y de Estado, que nació para defender la monarquía absoluta.

Los primeros periódicos de Colombia y Ecuador, en cambio, fueron científicos, culturales y literarios, aunque el primero combinaba con informaciones nacionales e internacionales favorables a la Corona.

Los primeros periódicos latinoamericanos, al ser oficiales, sirvieron para mantener el dominio de los colonizadores sobre la población, para lo cual utilizaron dos viejas estrategias: informar sólo lo que convenía a sus intereses y ocultar aquello que les era opuesto.

Algunos de esos medios hicieron uso conciente de la propaganda como instrumento para cumplir eficientemente el papel de brazo ideológico de la Colonia. En la Gaceta de México, por ejemplo, se presentaba en forma favorable la penetración pacífica de los colonizadores españoles en las Filipinas. Y cuando no era prudente hacer mención de sucesos locales, se relataban acontecimientos sucedidos en otros países, con lo que se reedita una antigua práctica de los periódicos europeos cuando querían eludir los escabrosos temas de la política interna.

La división que José Benítez establece para las noticias publicadas en la Gaceta de México es aplicable a la generalidad de los periódicos informativos de la época, dado el tronco común que los une: su carácter de oficiales. Según el historiador cubano, las noticias se dividían en eclesiásticas, administrativas, comerciales e informativas. Las primeras eran las más numerosas. De hecho, las noticias sobre la capital mexicana, por ejemplo, hacían referencia en buena parte a procesiones y actos religiosos en los que intervenían las más altas autoridades españolas.

Ibarra de Anda, citado por Tarín-Iglesias,3 señala tres características para el periodismo latinoamericano de entonces: burocrático (desde el punto de vista de los encargados de realizarlo), oligárquico (por la clase social a la cual iba dirigido) y elitista (dado el alto índice de analfabetismo de la sociedad colonial).

Los periódicos científicos y culturales: una puerta a la libertad

El acento liberal y espíritu renovador de la Ilustración, producto de la Revolución Francesa, fue acogido en la España gobernada por Carlos III y pronto llegó a las colonias americanas. Bajo el mandato de este emperador se expulsó a los jesuitas de América (1675) y se impulsó la creación, en las principales capitales americanas, de las Sociedades de Amigos del País, fundadas con elementos seglares (a la postre, gérmenes de la gesta libertaria).

En el ámbito literario y filosófico, la Ilustración “hizo fructificar en los países americanos ese tipo indiferenciado del científico, del erudito, del geógrafo y del médico, que en realidad era el reflejo del enciclopedista, y a quien se dio el asignar en todos los países el título de sabio. Estos sabios fueron los periodistas de esta época, los académicos, y los miembros de esas sociedades llamadas Amigos del País (...) cuyo tentáculo extendido hacia la opinión eran las hojas periodísticas de carácter patriótico que surgieron como órganos de esas agrupaciones”.4

Empero, como lo recuerda Renán Silva, “todo ello dentro de una perspectiva ortodoxa que no incluía ningún elemento de crítica profunda de la Monarquía (pues) el proceso no sólo fue creado e impulsado por las autoridades, sino que ante todo fue bajo su control como se adelantó…”.5

Al tener el aval de la Corona, estos medios no eran –no podían ser– combatientes ni revolucionarios. Unos, como el Papel Periódico de Bogotá, fueron abiertamente oficiales. Otros, comoPrimicias de la Cultura de Quito, si bien no tocaron la estructura colonial, tampoco aparecieron para defender los intereses de la Corona.

Lo que sí hicieron fue, en la línea del pensamiento ilustrado, exponer sus ideas sobre educación, libertad, democracia. Como dice Gustavo Adolfo Otero, estas publicaciones “están cargadas de inquietudes y en el juego de sus ideas de largo alcance se establece desde sus columnas un diálogo rebelde con la metrópoli, sin tocarse, ni herirse, pero ofreciendo la incesante explosión de sus metrallas”.6

Algunos otros títulos que están en esta línea son el Diario Literario de México (1768), que fue suspendido por orden del gobierno colonial. Cuatro años más tarde, igualmente en México, apareció el Mercurio Volante (1772), uno de los primeros medios de divulgación científica del continente y cuyo director era opuesto a muchas teorías religiosas de la época. El Mercurio Peruano (1791) fue igualmente un importante difusor de la cultura del país incaico. Estos medios fueron, sin duda, la semilla del periodismo revolucionario que iba a explotar en los años siguientes.

Prensa revolucionaria e insurgente

A inicios del siglo XVIII, los vientos libertarios empezaron a inundar la América española. Uno de los hechos que contribuyó a crear este clima fue el aparecimiento y difusión de la traducción al español de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa que, por otro lado, circulaba libremente en España. Don Antonio Nariño, precursor de la independencia de Colombia, fue el primero en traducir e imprimir, en 1793, una hoja suelta con los Derechos del hombre y del ciudadano, lo que le valió 10 años de prisión en una cárcel de África.7 La traducción la hizo de un libro prestado por el propio virrey, según algunas versiones.

El artículo 11 de estos Derechos decía: “La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre. Todo ciudadano en su consecuencia puede hablar, escribir, imprimir libremente, debiendo sí responder de los abusos de esta libertad en los casos determinados por la Ley”.

Se pasó entonces del periodismo informativo oficialista y del científico cultural a uno revolucionario e insurgente, practicado por los patriotas americanos y utilizado como arma para la liberación del coloniaje. En este nuevo escenario, los primeros periódicos de algunos países latinoamericanos que aún no tenían prensa propia vieron la luz con objetivos claramente revolucionarios.

Allí está El Telégrafo (1811) primer periódico de Bolivia, que fue fundado por el patriota general argentino Juan José Castelli, quien también introdujo la primera imprenta a ese país andino.La Aurora de Chile (1810), primer periódico de ese país, fue fundado por Camilo Henríquez, por iniciativa del gobierno transitorio, uno de cuyos miembros fue Bernardo O’Higgins, padre de la patria. Camilo Henríquez, un religioso del convento de La Buena Muerte, es considerado el primer periodista de Chile.

Como es obvio, en este período se enfrentaron los medios que luchaban por la independencia con los que abogaban por el mantenimiento del estatus colonial. Salvo nimias excepciones, en ésta y no en otra perspectiva se encuadró la prensa de entonces, que no aceptaba ambigüedades aunque sí cambios de bando, de acuerdo a los intereses dominantes, lo que nos recuerda otra vieja práctica europea, desarrollada por maestros como DeFoe, en Inglaterra.

Varios ejemplos de esta práctica tenemos en América. Uno fue el de la ya mencionada Gaceta de Guatemala, periódico oficial del colonialismo, el cual, luego de haber desaparecido por algunas décadas, reapareció, pero esta vez como vocero de la resistencia anticolonial; luego, volvió a sus orígenes pro ibéricos y terminó nuevamente en la orilla revolucionaria, en un incesante ir y venir de intereses político-ideológicos.

Momentos nada agradables vivió también el periódico ecuatoriano El Colombiano del Guayas (1822-1830): el mismo día que manifestaba su defensa del ideal bolivariano de la Gran Colombia (confederación formada por Venezuela, Colombia y Ecuador) se rompía tal unidad. El periódico se vio obligado a cambiar de posición y hasta justificó tal ruptura. Luego volvió a aplaudir nuevos intentos confederativos y terminó apoyando a los gobernantes de la recién nacida República del Ecuador.

La Gaceta de Caracas, primer periódico de Venezuela (1808), pasó por similar proceso. Fundada por el gobierno de la colonia, “estuvo al lado de los colonizadores hasta 1810, con los republicanos hasta 1812, con Domingo Monteverde Hasta 1813; con Bolívar a partir de entonces. El periódico, ciertamente, no dejó un recuerdo agradable, debido a su variabilidad, y las opiniones sobre él no son nada gratas”.8

El primer cuarto de esta centuria fue el apogeo de la prensa insurgente, motivada no sólo por los movimientos independentistas, sino también por la publicación, en España, de la Constitución de Cádiz de 1812, en la que se promulgó la libertad de imprenta. Esto no significó, ciertamente, la implantación inmediata de la libertad de prensa en las colonias americanas. Al contrario, en algunos países como México se instauró una censura aún más fuerte, para evitar precisamente el apoyo a los procesos independentistas.

A un inicio, la prensa de esta época fue doctrinaria y panfletaria. Pero luego tuvo un “marcado acento administrativo, donde se registrarán los decretos, disposiciones, órdenes gubernamentales y los partes de las batallas que se destacan en medio de los artículos y de las misceláneas”.9

Una cifra que demuestra la incidencia de la prensa en este período es la señalada por Tarín-Iglesias. Basado en “la primera estadística que se conoce sobre la prensa mundial”, difundida en 1826, el autor español dice que en una población de 38 millones de habitantes que poblaba entonces el continente americano, se publicaron 978 periódicos.10

Los periodistas de entonces fueron militares y políticos.11 En realidad, y siguiendo a Otero, durante las campañas de la independencia, la prensa fue una prolongación del ejército. Su papel era el de cooperar a las milicias para mantener la moral en el pueblo, dando cuenta de los triunfos –como las acciones incontenibles del cura Morelos en México– y también de los reveses –como el fusilamiento del cura Hidalgo en el mismo país azteca–; se reproducían las opiniones favorables a nuestra independencia que se manifestaban en Estados Unidos o Europa; se difundían las actas de independencia de los países que la iban adquiriendo; se reproducían los discursos del Libertador Bolívar, en fin, como dice Benítez, la divulgación de los órganos era, en realidad, un grito de combate.

De hecho, no había ninguna diferencia entre revolucionarios, políticos y periodistas, pues las funciones estaban compartidas. Simón Bolívar y José Martí, dos de los más destacados revolucionarios de nuestra América –aunque corresponden a épocas diferentes–, fueron también periodistas. Bolívar fundó El Correo del Orinoco (1818) y dispuso la publicación de La Gaceta de Santa Fe de Bogotá (1819). José Martí, en Cuba, fue muy prolífico: cuando tenía apenas 16 años, creó El Siboney, redactado a mano por los estudiantes secundarios de La Habana para apoyar el levantamiento de Céspedes en contra de la corona. Luego, fundó El Diablo Cojuelo y La Patria Libre, donde reafirmó su posición independentista y revolucionaria.

En Ecuador, el mariscal Antonio José de Sucre, líder de la independencia nacional, creó El Monitor (1823). En Colombia, el prócer Antonio Nariño fundó La Bagatela (1811). En Venezuela, el patriota Francisco Miranda introdujo la primera imprenta para utilizarla como arma de combate contra el colonialismo. En Argentina, Manuel Belgrano publicó el Correo del Comercio(1810) y Domingo Faustino Sarmiento dirigió El Nacional. El general José de San Martín, uno de los forjadores de la independencia de América del Sur, publicó La Gaceta, en Chile.

Los intelectuales también estuvieron vinculados al proceso revolucionario a través de la prensa. El caso más promisorio fue el del venezolano Andrés Bello, que fundó en Colombia tres periódicos: el Censor Americano (1820), La Biblioteca Americana (1823) y el Repertorio Americano (1826). Luego fundó en Chile El Araucano (1830), para apoyar al gobierno revolucionario que destituyó al tirano Diego Portales.

Con Bello y los demás patriotas americanos se cumple lo que sostiene el cubano José Benítez: la patria de esos hombres estaba más allá de las fronteras del país de su nacimiento. Si partimos de este espíritu integrador del hombre americano, la idea del libertador Simón Bolívar, de formar una sola nación del Río Bravo hacia el sur, no sólo era plausible, sino factible, pues así lo evidenciaba el espíritu integrador de todos los habitantes de lo que él llamó Nuestra América, donde se exceptuaba a los Estados Unidos.

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Notas:

1 José Antonio Benítez, Los orígenes del periodismo en nuestra América, Lumen, Buenos Aires, Argentina, 2000, pág. 43.
2 Ibid., pág. 42.
3 Ibarra de Anda, citado por José Tarín-Iglesias, en Panorama del periodismo hispanoamericano, Biblioteca General Salvat, Salvat Editores, Navarra, 1972, págs. 46-47.
4 Gustavo Adolfo Otero, La cultura y el periodismo en América, 2da. Edición, Casa Editora Liebman, Quito, 1953, pág. 91.
5 Renán Silva, El periodismo y la prensa a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX en Colombia, Universidad del Valle, Cali, s/e, p. 26.
6 Ibid., págs. 95-96.
7 Antonio Cacua Prada, Historia del periodismo colombiano, pág. 58.
8 Benítez, op. cit., pág. 128.
9 Otero, op. cit., pág. 111.
10 Tarín-Iglesias, op. cit., pág. 47.
11 Ramiro Duchén Condarco, Aproximaciones a la prensa boliviana en sus inicios (1823-1855), Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz, Centro de Estudios de la Información y la Comunicación, La Paz, Bolivia, 1991, pág. 5.

* José Villamarín Carrascal es director de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Las Américas, en Ecuador. Es autor de los libros Síntesis de la Historia Universal de la Comunicación Social y el Periodismo (1997) y Periodismo de Opinión e Interpretación (2001). Es licenciado en Periodismo, magíster en Comunicación Empresarial y doctor en Literatura y Letras. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.




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