14 de enero de 2014

La Coronación de Isabel I

La Coronación de Isabel I

El 14 de enero de 1559, Isabel I, reina de Inglaterra desde hace dos meses, se dirige en procesión desde la Torre de Londres a Westminster, donde va a ser coronada. 




Londres es entonces una gran ciudad con casi 150.000 habitantes, casas de madera, edificios estrechos de fachadas pintadas, iglesias y jardines que pertenecieron a los antiguos monasterios. En las calles se escuchan ruidos de martillo y sierras, se hacinan tenderetes de zapateros, mesas de carniceros y pescaderos, pupitres de amanuenses públicos y bancos de cambistas. Hay montones de basura por todas partes. No circulan carruajes, y quien no quiere ensuciarse va a caballo o en litera. Pero a pesar de la suciedad y de los muchos mendigos no se aprecia en la ciudad un ambiente de miseria. Son tiempos duros, porque las persecuciones religiosas han paralizado los negocios, la peste ha causado estragos y la guerra dificulta las exportaciones de lana, principal fortuna de Londres; pero los londinenses no han agotado todas las riquezas acumuladas. Las tiendas están bien provistas. 




Por los estrechos pasadizos que descienden al Támesis se ven las barcas y chalanas que remontan el río. Dominándolo todo se erige la catedral de San Pablo. Y al este se encuentra la Torre, en la que la reina acaba de pasar dos noches. Al sur, en la orilla derecha del Támesis y unido a la izquierda por un puente cubierto de casas, se extiende el arrabal de Southwark, dominio de los hortelanos, mujeres públicas, actores y gente de mal vivir. Al oeste se halla el Temple, ahora lugar entregado a gentes de ley. Siguen a lo largo del río los barrios elegantes de la Fleet, el Strand y Charing, con algunas mansiones en estilo florentino. 




La Coronación de Isabel I






Como las calles son tan estrechas y están mal conservadas, sólo por agua se atraviesa cómodamente. Isabel había descendido el Támesis en una barca hermosamente decorada, recorriendo así el trayecto desde su palacio de Whitehall hasta Westminster y la Torre de Londres, pero ahora quiere tomar contacto con sus súbditos y opta por hacer por tierra el trayecto inverso. 




Durante el recorrido ve las casas recubiertas de tapicerías o telas de terciopelo y los improvisados arcos de triunfo. Flotan banderas en las almenas y oriflamas en lo alto de los mástiles erigidos por todas partes. Cae la nieve en menudos copos, pero el frío no disminuye el entusiasmo de los londinenses, ansiosos por aclamar a esa reina de 25 años, apenas conocida pero esperanza de todos. Las gentes arrojan a su paso guirnaldas y ramas de olivo. 




En la Torre se baja el puente levadizo y el cortejo real entra por la puerta abovedada. Cabalgan en cabeza timbales y trompetas, seguidos por heraldos y reyes de armas. Siguen varios centenares de caballerizos y señores empenachados con monturas ricamente engualdrapadas. Los últimos en aparecer son los jefes de las grandes casas feudales, portadores de las regalías o insignias monárquicas para la coronación: la Corona de Alfredo el Grande, el cap of maintenance, el globo, el cetro con la cruz, el cetro con la paloma, la espada del Estado, la espada de la Justicia temporal, la espada de la justicia espiritual, la espada de la Misericordia, el anillo místico y las espuelas de oro. El duque de Norfolk cierra esa primera parte del cortejo con el bastón de mando. 




La Coronación de Isabel I






Tras un espacio, y entre una doble fila de hombres de armas vestidos de raso carmesí, aparece la litera real, especie de plataforma cubierta de paño de oro y sostenida por cuatro mulas con gualdrapas de la misma tela. La plataforma tiene un dosel sobre el trono de la reina. A derecha e izquierda hay servidores con libreas escarlata, encargados de conducirla. 




Isabel lleva un vestido de brocado de oro con mangas repletas de rellenos y abundantes perlas, topacios, jacintos y granates. Sonríe con sus labios delgados y sus ojos azules, muy separados. Quiere parecer graciosa, y su mano no para de saludar, esas manos blancas de las que se siente tan orgullosa. Por todas partes resuena el grito de “¡Dios salve a la reina!”. Ella se inclina a derecha e izquierda, dando las gracias y enviando besos. 




Detrás va su caballo, con gualdrapa de tela de oro y conducido por la brida de manos de Robert Dudley. Sigue un cortejo de damas ataviadas con magnificencia y montadas en mulas. Detrás avanzan gentes de Iglesia, y por último un tropel de jinetes con armadura. 




La Coronación de Isabel I






El cortejo se detiene de vez en cuando para escuchar los cumplidos en latín de los magistrados y para presenciar las escenas que los gremios representan para ella. En Gracechurch, por ejemplo, hay una alegoría que representa la Unión y la Concordia, y en Little Conduit el viejo Saturno, con una hoz en la espalda, lleva el árbol de la sabiduría a su hija la Verdad, la cual sostiene una Biblia que entrega a la reina. Isabel besa el libro y lo estrecha contra su pecho. 




—Tened la certeza —responde al discurso del Lord Alcalde—que no omitiré nada de lo necesario para ser una buena reina y que, a fin de asegurar la tranquilidad de mi pueblo, estoy dispuesta a derramar mi sangre si es necesario. 




Es de noche cuando, a la luz de las antorchas, se llega a Whitehall. A la mañana siguiente, muy temprano y ataviada como un ídolo, se dirige a la abadía para ser coronada. 




El arzobispo de Canterbury ha muerto y aún no se ha designado sucesor. El de York se ha negado a oficiar la ceremonia, por ser la soberana abiertamente favorable a la Reforma. Finalmente es Oglethorpe, obispo de Carlisle, quien la preside. Empieza por presentar a Isabel los puntos cardinales, repitiendo en cada ocasión la fórmula consagrada: 




—Señora, ésta es vuestra reina legítima. Vosotros, venidos aquí para rendirle homenaje, ¿consentís en hacerlo? 




Silla de la coronación con la piedra de Scone



Silla de la coronación con la piedra de Scone




Tras estas palabras estallan los vivas mezclados con el redoble de tambores, el sonido de trompetas, órganos, campanas y el estrépito de las salvas de artillería en el exterior. Sigue el juramento, la unción y la coronación propiamente dicha. Isabel, con la corona en la cabeza y el globo y el cetro en las manos, es conducida hasta el trono de Eduardo el Confesor, en el que se encuentra engastada la piedra de Scone, la piedra del destino, arrancada a Escocia en 1296. La reina recibe el homenaje de los pares, que sucesivamente se arrodillan ante ella, le besan la mejilla izquierda y tocan con el dedo la corona que, por este acto, se comprometen a defender. Ella tiene para cada uno una palabra amable. 




Entre cánticos, comulga con las dos especies, pero para satisfacción de los protestantes, en el momento de alzar se retira tras el altar por un momento. Algunas de las plegarias se recitan en inglés, por lo que los papistas ocultan mal su descontento. 




Después el cortejo deja la abadía y llega al palacio de Westminster para celebrar el banquete tradicional. Se suceden los platos: lechas de carpa, peces cebados, venados, cisnes enteros, pavos reales con sus plumas y gigantescas empanadas de las que salen niños tocando la viola y el oboe; vinos de Francia, de España y de Chipre, hidromiel y cerveza amarga. 





La Coronación de Isabel I






El paladín de la reina, a caballo y con armadura damasquinada, sale a desafiar a los adversarios de su señora y lanza un guante que nadie recoge. Hora tras hora Isabel se muestra inasequible a la fatiga y a la carga de su pesada corona. Ríe, se burla incluso de algunos aspectos de la ceremonia, logrando escandalizar al enviado del duque de Mantua: “Soy de la opinión de que esta mujer ha traspasado los límites que impone el decoro”, llegaría a decir. 




Pero los ingleses no comparten esta opinión. Desde el primer momento la nueva reina les ha conquistado el corazón.










Bibliografía:

Isabel I de Inglaterra - Jacques Chastenet










Publicado por La Dame Masquée

No hay comentarios: