16 de enero de 2014

Angola: 39 años de independencia


Angola: 39 años de independencia


El 11 de noviembre de 1975 se proclamó la independencia de Angola. Se inició así una larga y cruel contienda, inevitable y necesaria para consolidar y desarrollar el gran país africano


Los años 60 del pasado siglo vieron el derrumbe del sistema colonial que durante siglos explotó a los pueblos africanos, extrajo sus riquezas y condenó a países enteros a la discriminación más abyecta. Francia, Inglaterra, Bélgica y hasta España, de un modo u otro fueron retirándose de sus territorios imperiales, dejando una infausta huella de hambre, enfermedades e incultura.

Solamente Portugal, gobernado por una dictadura, conservó sus posesiones. Al sur, el régimen del apartheid sudafricano mantenía su presión hegemónica sobre los países colindantes. Una bien aceitada propaganda racista presentaba al soldado sudafricano como invencible.

Desde 1961 patriotas del Movimiento para la Liberación de Angola, una de las colonias portuguesas más ricas y geográficamente más estratégicas, habían comenzado la lucha por su liberación. Una vez que sus vecinos accedieron a sus respectivas independencias, comenzaron a entrenarse y a actuar desde sus territorios contra el vetusto imperio lusitano.

Otras organizaciones se fueron creando, algunas de ellas dependientes de los países occidentales, que preveían el final portugués y se preparaban para lanzarse sobre las riquezas de las ya anacrónicas colonias. 

El Movimiento para la Liberación de Angola fue fundado en 1961 por el patriota Agostinho Neto, un notable intelectual que dedicó su vida a la lucha, no solamente por la liberación de la metrópolis portuguesa, sino a la edificación, tras la independencia, de un país próspero, ajeno a las pretensiones de las ávidas potencias occidentales.

Tras la Revolución de los Claveles en 1974 y el consiguiente cambio de gobierno en Lisboa, el fin del colonialismo portugués era inevitable. Hastiados de aquella guerra, los nuevos gobernantes portugueses entablaron conversaciones con las organizaciones en lucha: el MPLA, pero también el FNLA, de derecha y vinculado con Europa Occidental, y la UNITA, dirigida por un hombre ambicioso y sanguinario, Jonas Savimbi.

El difícil trayecto hacia la independencia

El camino a la independencia se trazó en los acuerdos de Alvor, en enero de 1975. En las elecciones que siguieron, la victoria correspondió a Neto y al MPLA. Pero la suerte posterior de Angola no corrió los caminos esperados de la felicidad y de la construcción de un nuevo país.

El petróleo angolano era desde entonces explotado y anhelado por intereses occidentales. No fue difícil alentar a las organizaciones derrotadas en las elecciones, para que intentaran derrocar al nuevo gobierno. En ese acto de vasallaje, estas fuerzas llegaron a unirse al propio ejército racista sudafricano, que comenzó a organizar lo que creyó un inocente y victorioso paseo militar hasta Luanda.

El 11 de noviembre se proclamó la independencia de Angola y Agostinho Neto tomó posesión como nuevo presidente del nuevo país.

Lo que ocurrió después forma parte de la épica revolucionaria de todos los tiempos. 

La inmediata agresión contra el nuevo gobierno por parte del FNLA, apoyada por mercenarios y por fuerzas sudafricanas, fue abruptamente detenida y derrotada a las puertas de Luanda. Las pocas decenas de militares cubanos, que colaboraban en el adiestramiento del nuevo ejército del MPLA, sumaron sus armas y escribieron páginas imborrables de lucha y de victoria. Según se cuenta, en los tanques sudafricanos destruidos por las baterías de lanzacohetes katiushas, que dispararon frontalmente sobre ellos, había invitaciones para las fiestas de la victoria sobre el MPLA.

A lo largo de los años siguientes se unieron al recuerdo de la primera y decisiva batalla de Kifandongo, incontables episodios de valentía y positivos resultados militares.

El 11 de noviembre comenzó una lucha estratégica para el futuro de África. Por la posición geográfica de Angola, de haber ocupado el ejército sudafricano y sus aliados Luanda y haber destruido al MPLA, casi la mitad del continente habría caído bajo la influencia directa del ominoso régimen del apartheid y de los intereses que lo acompañaban.

La victoria sobre esas fuerzas abrió un camino diferente y no solamente para Angola. Zimbabwe fue independiente. En 1990, Namibia, luego de años también de lucha, alcanzó su independencia, y Sam Nujoma, líder de la SWAPO -la prestigiosa organización de liberación nacional—, se convirtió en su primer presidente.

La victoria de las armas cubanas en Cuito Cuanavale clavó en la frente del apartheid la negra bandera de su derrota final, como reconoció Nelson Mandela.

Las tropas cubanas se retiraron paulatina y honorablemente a inicios de los 90. De Angola solamente se llevaron los cadáveres de algo más de dos mil combatientes que cayeron en cumplimiento, no de una ambición extraterritorial ni en un acontecimiento de la guerra fría -como tratan de enseñar los grandes medios en las falaces realidades que construyen a diario. Cayeron en cumplimiento del deber internacionalista que ya practicaba y siguió practicando la Revolución Cubana. Solo quedaron, hasta hoy centenares de colaboradores civiles en la reconstrucción y el desarrollo del país.

Hoy Angola, dirigida por el MPLA, es uno de los países mayores de África. El de segundo lugar en crecimiento económico anual. Uno de los grandes productores de petróleo del continente y del mundo. Y su paisaje ya no es el del escenario bélico que fue durante treinta años: los grandes ingresos del país apoyan planes de desarrollo y de ascenso social que va dejando atrás la oscura herencia del colonialismo y de la guerra impuesta a aquel país que, bajo amenaza de muerte, alcanzó su independencia el 11 de septiembre de 1975.




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