4 de diciembre de 2013

VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA

JORGE RUBIANI

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 VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA - Por JORGE RUBIANI


VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA - Por JORGE RUBIANI


VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA - Por JORGE RUBIANI

Asunción - Paraguay

(212 páginas)

PRESENTACIÓN


"No queramos escribir y oscurecer el pasado para disculpar el presente.
No alteremos la verdad de ayer para desfigurar la verdad de hoy".
JUAN BAUTISTA ALBERDI


La Historia se debe al rigor. A la necesidad de ser precisa. En lo posible, justa. Pues si incide en la memoria colectiva e inevitablemente ayuda a construir las identidades simbólicas de los pueblos, la responsabilidad de escribirla obliga la inquietud por la verdad. La Historia hace imprescindible abordar los hechos desde la perspectiva más cercana a los fenómenos que les dieron origen. De los que los entornaron. Apegados siempre a consagrar valores y merecimientos sin importar el bando al que pertenecieran los protagonistas.


Y si enaltecidas algunas gestas, será porque dieron lugar a la conquista de la libertad, a la erradicación de la ignorancia; a la formación de instituciones democráticas o a cualquier otro objetivo logrado en beneficio de un pueblo y en medio de grandes penalidades. O porque sus actores fueran personas altruistas, honorables, que amaron a su gente y sostuvieron elevadas consignas morales. Pero aquel mismo código, debería inducir también a otorgar iguales condenas a pecados similares.


En ningún otro hecho de la HISTORIA DEL PARAGUAY sin embargo, fue concertada una selección tan cuidadosa de "virtudes" o "pecados" como en la Guerra de la Triple Alianza. Y como en ningún otro, fueron consagrados o condenados sus protagonistas de acuerdo al bando que pertenecieran. Traidores o patriotas según la causa que defendieran. El bronce o el escarnio de acuerdo al criterio de los que escribieran las crónicas. Tanto que la lectura de la inmensa cantidad de impresos sobre la contienda pareciera enfrentarnos a hechos distintos. Ocurridos lejos unos de otros. En el tiempo y en el espacio.


En algunos de ellos, no hubo defectos o yerros que no fueran exagerados; como virtudes que no se elevaran hasta las "alturas de la gloria". El detalle apuntaló los enconos de cada partido e indujo a casi los mismos vicios en el bando opuesto.


Es inevitable concluir entonces que, más allá de la guerra misma y sus graves secuelas, la Guerra de la Triple Alianza es un capítulo no resuelto en los países protagonistas de la contienda. Y revela claramente, un tratamiento desfigurado y parcial, muchas veces inexacto del tema. Que no dejó conclusiones claras ni lecciones aprendidas. Prueba de ello es que sigue el debate con el aporte de las mismas contradicciones e imprecisiones que al principio. Siguen vigentes los motivos de aquella insensata confrontación y continúa el reclamo airado de los países de la región y el resto de América, sobre cualquier despojo que sufrieran en el pasado. Pero que encuentran legítimas e innegociables las conquistas exitosas que ellos mismos emprendieron.


Inmersos en esta incoherencia, repiten el modelo anacrónico que dicen, o dijeron, combatir. Todo en nombre de la patria, de la civilización y en detrimento de las otras patrias que sufrieron la derrota y sus nefastas consecuencias.


(Este trabajo está basado en la obra de Jorge Rubiani:

"LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA", publicada por el diario ABC Color
-en formato fascículo- a partir del 18 de Marzo de 2000, al 1º de Marzo de 2001).



I. PRESUNCIONES GENERALES SOBRE LAS CAUSAS DE LA GUERRA



Las crónicas que señalan las causas de la Guerra de la Triple Alianza han tenido -casi siempre- al mariscal Francisco Solano López, como sujeto de la mayoría de las acusaciones. Aunque el interés de colocarlo en primer plano para enfatizar sus culpas o disculpar sus errores, hizo que se desdibujaran las verdaderas razones del conflicto.


Parangonado a un siniestro `Atila sudamericano", el Mariscal paraguayo se convirtió en la pista más segura para encontrar los hilos que condujeran aquel desastre. La versión se propagó desde las primeras crónicas conocidas tras su conclusión y fueron legitimadas por el eco del bando ausente. Por alguna razón Juan Bautista Alberdi sentenció que "...los triunfadores escribieron la historia y decidieron que iba y que no iba en los textos". Y a cargo de todas las versiones escuchadas y difundidas, se justificaron descalificando al adversario.


Debe hacerse notar por lo mismo, que toda visión sin contrapesos ni contrastes, inducirá siempre a trasponer el andarivel que delimita la verdad de la fantasía. Porque a nadie pudo haber escapado entonces que no hubo "lopiztas" en la pos guerra. Que la única fuente de información nunca pudo ser contrastada y que mal podrían hacerlo los que, penosamente, se reagrupaban en los poblados devastados con el ilusorio intento de recuperar propiedades y pertenencias.


Porque si los paraguayos sufrieron la guerra y sus secuelas, en su condición de prisioneros en su propia tierra padecieron también la de derrotados. Esa escala social que se deriva de todo enfrentamiento armado y en la que nunca es posible encontrar quien tenga interés en debatir los detalles de su infortunio.
Y fue así hasta bien iniciado el siglo XX, más de 30 años después.


LISTADO DE ACUSACIONES


Compilado de muchas fuentes -paraguayas y extranjeras- el listado de acusaciones a López es extenso y resulta difícil encontrar respuestas a todos los cuestionamientos. Muchos de ellos carecen de sustento lógico ni explicación posible. Los que fueron transmitidos de boca en boca habrían sufrido alteraciones de una generación a otra. La fantasía suplió en otros casos lo que el tiempo sustrajo de la mente. Es evidente también que algunas acusaciones son inexcusablemente certeras y las críticas, absolutamente justificadas y legítimas.


Pero en el tratamiento de la guerra en general, hubo abundancia de adjetivos y análisis reduccionista. En el caso de los que especularon que todos los paraguayos o residentes en el Paraguay habían seguido a López, no repararon en el hecho que nadie haría lo que el pueblo guaraní sólo por seguir a un caudillo. Los autores de elucubraciones tan simples, nunca pensaron que existirían algún sentido de compromiso colectivo y una clara conciencia de responsabilidad social. Que el Paraguay era una entidad nacional con "orgullo de ser" desde la primera centuria del tiempo colonial. Que sus habitantes ejercitaban sentimientos de pertenencia que no tenían otras naciones del Plata. Y por último, que aquel linaje de "familias descalzas" estaría dispuesto a responder con dignidad a la afrenta que, una vez mas, se le planteaba desde el Sur. A través de los que -desde la colonia- habían sido empecinadamente hostiles a cualquier intento de los paraguayos, de husmear el mundo por sobre sus impedimentos.


"No en una ocasión sino en varias, en el curso de aquella larga retirada -escribe Arturo Bray- hizo saber el mariscal al pueblo sus deseos y hasta sus órdenes de que mujeres y niños dejaran de marchar en pos de sus ejércitos, intimándoles a que hicieran alto y allí esperaran la llegada de las tropas brasileñas, en cuya generosidad les instaban confiasen... "(1). Y pocas veces y muy pocos, aceptaron la oferta.


De esto mismo se trató también el reclamo que el periodista uruguayo Juan Carlos Gómez, hizo al -ya ex mandatario argentino- Mitre, durante una polémica de prensa mantenida entre ambos, hacia finales de 1869: "Con el argumento (...) de las crudezas que la guerra feroz desató, no se justifica ni atenúa, el proyectado desmantelamiento de un solar étnico. ¡Ahogar en llanto a una raza, haber intentado extinguir su nombre!... ¡esa es la arista mas bárbara, la mas bárbara, de la Guerra del Paraguay!" (2).


Muchos de los juicios y condenas al Mariscal se debieron a sus víctimas. Quienes además de sufrir la guerra, fueron implicadas en conspiraciones o acusadas de traición a la patria. O por ser amigos, simples parientes o accidentales interlocutores de los acusados. Y que por cualquiera de estos motivos, fueron vejadas y torturadas.


Pero apenas finalizada la contienda, aquellas víctimas elevaron sus padecimientos o los de sus familiares, al pedestal de causa nacional. "López fue un tirano porque mató a mi padre". En la simple definición, la sentencia. Aunque también debe señalarse que la gran mayoría de los incidentes que motivaron estas expresiones, sobrevinieron ya bien promediada la guerra y nunca pudieron provocarla.


No obstante, si justificadas la indignación y anhelos de justicia de aquellos damnificados, no es razonable que la historia de una nación se reduzca a los padecimientos de algunas familias. O que víctimas y descendientes conviertan sus penurias en excusa para promover la "lucha por la libertad" de cuya consecuencia -precisamente- los paraguayos postergaran su conquista por mucho tiempo mas. O como pretexto para el "acceso a la civilización", mientras se rapiñaban y destruían los vestigios del arduo esfuerzo realizado en los años precedentes para radicarla en el país.


Porque aunque justas aquellas reivindicaciones, no ha sido menos justificado el dolor de quienes arriesgaron la vida en los esteros y en las trincheras para que después fueran testigos de las lisonjas y honores prodigados a los que se habían empeñado en el exterminio del Paraguay. Y que para consumarlo, fueron mucho mas allá de lancear inocentes.


La prueba es tan contundente como simple: al término de la guerra, con López muerto y la campaña "por la libertad y la civilización" ya concluida, había que aplicarse a cumplimentar el Protocolo Anexo del Tratado Secreto: recoger el botín. En el reparto de aquellos despojos remanentes del pillaje mayor ya consumado, libertarios y liberticidas realizaron una solidaria y provechosa tarea conjunta para completar la devastación.


Y para colaborar en aquel menester, no importaba que alguno fuera "soldado de López" o de "la libertad".


RAZONES PARA LA GUERRA


Si fuera posible determinar las verdaderas causas de la guerra, muy pocas serían atribuibles al Paraguay o a su gobierno. Los distintos factores que la provocaron se diluyen en acontecimientos aun anteriores a la Independencia de Mayo de 1811, excediendo por lo tanto las penurias de familias, intereses de grupos o conveniencias de partidos.


Algunas fueron presentadas como desencadenantes del incendio. Éstas, las llamadas causas aparentes, nunca llevaron tanto combustible como para encender el fuego. Las causas reales SI. Tanto que debieron permanecer ocultas. Secretas como el tratado que iba concertándose también secretamente.


Porque la guerra obedeció a un plan concebido meticulosamente. Urdido lejos de la luz pública y que como uno de sus componentes esenciales, buscó herir al Mariscal para que efectivamente, él proveyera los motivos. Y logrado este propósito, la ofuscada reacción del Jefe paraguayo, su falta de aplomo, su carencia de alternativas y la ausente capacidad de Estado del Paraguay, fueron evidenciadas por una- continua y persistente tarea de propaganda de sus enemigos. Enredado en este juego, López fue crucificado con las culpas de la guerra.


Aquel plan fue concebido de esta manera porque ninguno de los aliados habría querido asumir simplemente que el Paraguay, con la excusa de su mal gobierno, era una molestia a eliminar.


LAS CAUSAS APARENTES


Además de lo que fue calificada como provocación de López: la captura del buque brasilero "Marqués de Olinda" y la invasión a Corrientes, los motivos esgrimidos frecuentemente en los medios aliados para justificar la guerra, fueron básicamente tres:


·         Armamentismo o militarización del “Atila de América”.
·         Necesidad de "civilizar" al Paraguay; y
·         Liberarle de la dictadura.


NOTAS:



(1)   Bray, A., “Solano López, soldado de la gloria y el infortunio”, pág. 384.
(2)   Juan Carlos Gómez al general Bartolomé Mitre, a finales de 1869.
Texto citado por Luis A. de Herrera, en el “Drama del `65”



PRESUNCIONES SOBRE LAS CAUSAS  GENERALES DE LA GUERRA
Listado de acusaciones / Razones para la guerra / Las causas aparentes
ARMAMENTISMO O "MILITARIZACIÓN" DEL PARAGUAY




Gran parte de la fama militar atribuida al Paraguay surgió de hechos e informes que transmitidos de boca en boca, fueron exagerándose hasta ocasionar la consiguiente alarma a miles de kilómetros de distancia. Uno de aquellos, casi trivial, fue el desfile militar realizado en Humaitá el 1° de Enero de 1861 cuando la inauguración de la iglesia consagrada a San Carlos de Borromeo. En aquella ocasión marcharon frente a los invitados, algunos de ellos extranjeros, alrededor de 12.000 hombres "... distribuidos en cuerpos de artillería, rifleros, infantería y escolta de tiradores". La disciplinada disposición de aquel contingente " ...hirió intensamente la imaginación de los asistentes y dio pávulo a versiones, tan antojadizas cuanto fantásticas".


Pero si diéramos por cierto que el Paraguay era un país militarizado y agresivo al extremo de poner en peligro la estabilidad de la región o la seguridad de sus vecinos, la verificación de su verdadero potencial, permite igualar la situación a la generada recientemente cuando la estrategia guerrera de Estados Unidos y sus aliados, excusara como inevitable y absolutamente indispensable la intervención armada a Irak. Y comprobado que en esta ocasión no hubo tal peligro, como no lo hubo en aquella, el "armamentismo paraguayo" siguió siendo un buen motivo para justificar la prolongación de la Triple Alianza. De la misma manera que la tesis del expansionismo militar del Paraguay fue funcionalmente útil para disfrazar las defecciones militares aliadas.


Pero ambas excusas, pisan terreno resbaladizo como argumentos que motivaran la guerra.



PARAGUAY NO ERA UNA POTENCIA MILITAR


El Paraguay "...distaba de ser una potencia militar incontrastable" (2). El detalle puede verificarse en cualquier libro que realice un inventario de los aparatos bélicos de cada protagonista en el conflicto. Y si no se contara con un dato exacto, la población que cada cual tuviera podría darnos una aproximación a su fuerza militar. Debe aclararse no obstante que en el campo de la estadística, las informaciones de ese tiempo tampoco se presentaban muy fidedignas ni exactas.


El almanaque "El Siglo" de Adolfo Vaillant por ejemplo, adjudicaba al Paraguay una población de 1.337.000 habitantes antes de la guerra y a Asunción, sólo 21.000. La primera cifra significaría que tomando como base los 238.862 habitantes del censo confeccionado en 1846, en menos de 20 años el país aumentó en casi seis veces su población. Algo tan imposible como el dato que le asignaba a la capital solamente el 1,5% de la población total del país (3).


"La Nación Argentina", diario de Buenos Aires, daba por seguro que al inicio de la lucha el ejército paraguayo no contaría con más de 40.000 combatientes. Dato que coincide con el brindado por el general Francisco Isidoro Resquín y también semejante al aparecido en las memorias del coronel Juan Crisóstomo Centurión. Otorgan más valor a estos testimonios el hecho que ambos oficiales fueron protagonistas del conflicto y miembros del Estado Mayor de López. La cifra mencionada sitúa al Paraguay como menos militarizado que sus enemigos aliados. Sin siquiera dimensionar el armamento, la capacidad logística y la de reposición de armas, municiones y pertrechos de cada ejército.


De todos estos cotejos, no resultará el Paraguay -en ningún caso- como el mejor armado ni el de efectivos militares mas numeroso. Y si analizamos los niveles de formación entre los y oficiales, las diferencias a favor de los aliados, son aun considerablemente mayores.


 En efecto, es mas que sabido que los oficiales y tropas del ejército paraguayo se hallaban alineadas a las propias características sociales y culturales del país. Careciendo éste de academias militares, todos los oficiales emergían de la tropa. Y a diferencia del campo aliado, no recibieron el aporte de un importante número de extranjeros.


Aunque de éstos hubo muy pocos y de muchos años de residencia en el país. Como los casos del coronel Francisco Wisner de Morgenstern (austro-húngaro, desde 1845; falleció en la posguerra), el coronel ingeniero Luis Federico Myskowski (polaco, recaló en Paraguay aproximadamente en 1850; fue una de las pocas pérdidas paraguayas en Curupa'yty); el coronel Dionisio Lirio (español, desde 1855; falleció en Cerro Corá) y el Sargento Mayor Sebastián Bullo (italiano, desde "sus años mozos" vivió en Villarrica; murió en el segundo ataque a Tuyutí) (4). Los demás aportes extranjeros fueron el santafesino Telmo López y los porteños Bartolomé Quintanilla y Juan Benítez.


 Algunos mas se presentaron a la hora del combate. Como Pedro Sipitría y los hermanos Pedro y Justiniano Salvagnach, uruguayos, los que junto a otros orientales acompañaron la malograda columna del teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia.


Otros alistados se remitieron a los residentes extranjeros contratados durante el gobierno de Carlos Antonio López en la década anterior (1851 en adelante). Salvo el coronel George Thompson, casi todos ellos operaron en la retaguardia o acompañaron al ejército como médicos, farmacéuticos o maquinistas de las naves armadas.


No sucedía lo mismo con el ejército aliado, especialmente el argentino y brasileño. A saber: el Imperio del Brasil fue un trasplante del Imperio de Portugal en América. Y esto como resultado de la invasión de Napoleón I a la península Ibérica en 1808. Brasileños a partir de 1822 pero todavía Imperio, las huestes de los Pedro, I y II, eran europeos de estirpe y cultura. Ahí no hubo mestizaje como se había dado en todo el Río de la Plata y específicamente en Paraguay, matriz poblacional de la región.


El traslado de aquella potencia -entonces mundial- no fue sólo el desplazamiento de su población. Se trató de la re instalación de modelos institucionales, culturales y sociales ya vigentes durante siglos en el imperio de origen. Hasta la emergencia de la guerra y aun un poco después (1889), el Brasil fue una nación europea en suelo americano. Por lo que algunos de sus jefes y oficiales, eran nobles o elevados a la nobleza. Y profesionalmente fueron producto de prestigiosas academias y en algunos casos, con experiencias militares en el extranjero. El ejército argentino se hallaba conformado -como el del Brasil- por un numeroso contingente de profesionales con larga experiencia guerrera. Un repaso de los acontecimientos bélicos que afectaron a la región del Plata desde la independencia de las Provincias Unidas, permite verificarlo. Adicionalmente, el gobierno de Mitre realizó una consistente tarea de "enganche" de militares desocupados en Europa para combatir bajo la bandera argentina. Hubo de todas las procedencias. '... españoles, británicos, franceses, polacos y combatientes -surenos y norteños- de la Guerra Civil de los Estados Unidos recién llegados de su patria" (5). A todos ellos se sumaron los jefes uruguayos que habían acompañado al general Bartolomé Mitre durante su largo y sangriento conflicto contra los Federales.


A propósito de las características y diferencias entre el Estado Mayor Aliado y el paraguayo, el historiador brasileño Fernando Baptista, hace una colorida pintura de la "noche antes" del primer ataque a Tuyuti. Del relato se deduce la siguiente escena: en el centro del campamento de Paso Pucu y en una pequeña casa de adobe con pisos de tierra apisonada, al atardecer del 23 de Mayo de 1866 López y su Estado Mayor se reunían para planear el ataque. Entre los más viejos y alguna experiencia, estaban los generales Isidoro Resquín y Vicente Barrios, el ya canoso coronel Felipe Toledo, "..aun del tiempo de Don Carlos". Los otros presentes eran jóvenes, debutantes de recién un par de años atrás. Con poca experiencia y algo más de treinta años: José E. Díaz, Hilarlo Marcó, José María Aguiar, Paulino Além, Francisco Pereira, Pantaleón Balmaceda, el todavía teniente Bernardino Caballero con 26 años, Manuel Antonio "Cala’a" Giménez con 20 "...y De Jesús Martínez, un muchacho de diez y ocho años, grande, valiente y siempre sonriendo" (6).

¡Notable diferencia con el Estado Mayor aliado, nutrido de mariscales, condes, barones y generales experimentados! Es cierto que entre los paraguayos ya no estaban Robles, Estigarribia, Meza, Herreros, Duarte; pero todos éstos habían sido de la misma extracción popular y de idéntica formación profesional. Se habrían iniciado inevitablemente como soldados rasos sin asistencia alguna de academias militares...¡Pudo un país de guerreros empíricos, jóvenes e inexpertos, poner en peligro a los poderosos adversarios de la vecindad?.


MEMORIA SECRETA


En cuanto al armamento, al Paraguay no le iba mejor. El gobierno pretendió anticiparse a las posibles limitaciones de enfrentar la guerra con lo escaso disponible, realizando algunas adquisiciones en Europa. Pero ninguna de ellas llegaron a concretarse antes del bloqueo impuesto por los aliados. El armamentismo paraguayo se fundamentó entonces en lo ya existente, además de algunos pocos fusiles, uniformes y calzados que pasaron el filtro del Río de la Plata antes del inicio de las hostilidades. Los cuerpos de infantería se limitaron a los ya obsoletos "...fusiles de chispa, de ánima lisa y bala esférica, cuya acción era casi ineficaz por su extremada lentitud y por otros mil inconvenientes" (7). Sólo algunas pocas unidades de infantería llegaron a tener "... fusiles rayados de retrocarga, sistemas Witons y Minié" (8).


Para tener una idea de las dificultades que ofrecía este armamento, debe hacerse notar que el fusil de chispa pesaba unos 4 kilos, medía un metro y cuarenta centímetros de largo; disparaba con escasa precisión un proyectil esférico de plomo a un blanco que no estuviera a mayor distancia que unos 60 u 80 metros. La eficacia del disparo dependía del estado de la pólvora, de la mecha, del terreno y hasta del estado del tiempo. Para realizarlo, el soldado tenía en la cartuchera los saquetes de pólvora y en otro compartimiento, los proyectiles. Adicionalmente, un saquito de cuero con pólvora suelta, pendiente del cinturón. El poner a punto el arma para el disparo implicaban unos 12 pasos u operaciones diferentes con todos los elementos mencionados, en posición de pié y a pecho gentil frente al enemigo. Éste, se hallaba enfrascado entretanto en los mismos operativos aunque en la mayoría de los casos, mucho mejor protegido y con mejores y más efectivas armas.


El gobierno paraguayo era consciente de estas dificultades. Durante el Congreso Extraordinario del 16 de Octubre de 1862, el general López presentó a la consideración del plenario una "MEMORIA SECRETA" sobre el grado de preparación y eficiencia militar del Paraguay, producto de una investigación realizada durante el tiempo que ocupó la cartera de Guerra y Marina en el gobierno de Don Carlos, su padre.


El documento indicaba -sin subterfugios ni afeites- el verdadero potencial militar del Paraguay: "...El armamento del ejército -decía- se halla perfectamente cuidado y atendido, pero siento decir que todo ello pertenece al antiguo sistema (...) Hay algunos cuerpos de artillería armados con fusiles fulminantes como registran los estados; así como algunas compañías con armamento rayado (...) Las artillerías de sitio y campaña se hallan en el mismo caso que el armamento portátil y demanda una reforma, tal vez todavía más urgente que de las armas portátiles (...) La flota nacional no puede llamarse todavía con propiedad marina de guerra. El cuerpo de oficiales de la marina no se ha elevado a la importancia numérica que le corresponde (...) Considerando los últimos mejoramientos introducidos en el armamento naval, el de nuestra marina, es escaso e imperfecto" (9).


De esta situación de carencia y precariedad verificada a finales de 1862, hubiera sido difícil pasar en menos de tres años a un espectacular mejoramiento. Tanto que hiciera del Paraguay una potencia militar como dramáticamente se difundiera. Las partidas que pudieron arribar a Asunción antes del bloqueo en ciernes, llegaron en Diciembre de 1864 así como en Febrero y Marzo de 1865.


El total de estos cargamentos no alcanzó a 500 fusiles de ánima rayada, sables, fulminantes, espoletas y otros accesorios. Y fueron las únicas y las últimas antes del inicio de la guerra (10). Aunque entre estas partidas vino un arma fundamental: el cohete "a la Congreve".


Frente a los enormes recursos armamentísticos y pertrechos bélicos de los aliados ... ¿podría llamarse armamentismo a esto?...


LA FUERZA NAVAL


La Marina de Guerra paraguaya, apuntalada con creativos recursos, también era precaria en poder bélico. Sin elementos indispensables para hacer frente a la poderosa escuadra del imperio, tuvo las mismas carencias que las demás fuerzas y tampoco fue ajena a la improvisación.


Fracasadas las adquisiciones de acorazados y monitores en astilleros de Francia y el Reino Unido, el Paraguay no contaba sino con un buque “armado para la guerra": el "Tacuary", adquirido en 1854. Los demás eran buques mercantes "sin condiciones bélicas de ninguna clase" más allá de haber admitido la instalación de cañones con cureñas fijas de madera en sus respectivas cubiertas. Los calibres de esta artillería oscilaban entre 2 y 32, todos de ánima lisa. Sólo el "Jejuí”, contaba con una pieza de ánima rayada calibre 12.


Con el mismo procedimiento llegaron a armarse 21 embarcaciones. Todas ellas, incluida el "Tacuary"; contaban con cascos de madera. Y para hacerlas aun más vulnerables "..sus máquinas estaban colocadas arriba del nivel de agua, y de consiguiente expuestas a los disparos enemigos" (11). A esta marina se sumaron "...seis lanchones, con un cañón de 68 cada uno" (12). El arma naval así constituida era complementado con la fusilería de la tripulación que "...usaba rifles Witons, con sables bayonetas" (13). Toda esta fuerza naval fue destruida en la batalla de Riachuelo, el 11 de Junio de 1865.

¡La armada de la tan mentada "potencia militar ", puesta fuera de combate en un sólo día, en una sola batalla y ni bien comenzada la guerra!


LA ARTILLERÍA


El Paraguay contaba "...con tres regimientos de artillería volante y una batería de cañones rápidos de acero, de á 12. El resto era de todos los tamaños, formas, peso y metal imaginables, variando su calibre entre 2 y 32. La mayor parte de ellos acababan de ser montados en Asunción" (14).


En relación a la variada vetustez de algunas piezas, el historiador uruguayo Eduardo Acevedo afirma que aquel parque de artillería "...hubiera podido transformarse en un museo, tal era la diversidad y la antigüedad de algunas de sus piezas. Entre los materiales capturados en Curuzú figuraba un cañón que tenía grabados el nombre de Felipe IV y el año: 1664" (15). Algunos de estos se encuentran también en el Museo de la Historia de Río de Janeiro (Casa do Trem); otra pieza está frente a las ruinas de Humaitá y otro más, frente al antiguo cuartel del ejército paraguayo en dicha ciudad.


Este armamento otorgaba a la artillería paraguaya un total de 400 bocas de fuego, aproximadamente. Exiguo número superado ampliamente, sólo por el de los buques de la armada brasileña. Ya ni hablar del potencial de la artillería aliada en su conjunto.


LA CABALLERÍA


Disponía de 100.000 caballos, de los cuales "... ni la tercera parte eran fuertes y resistentes". En descargo de éstos, debe decirse que estaban perfectamente acostumbrados al forraje natural de los esteros del Ne’émbucu; a diferencia de los del ejército aliado. El que después de Tuyutí había quedado prácticamente sin montados debido a que "...la caballada comprada al caudillo Urquiza había muerto casi toda comiendo mio-mio." (16).


Los jinetes paraguayos que podían contar con armas de fuego tenían carabinas de chispa. Si las dificultades para el uso de este armamento eran ya más que notorias para la infantería, podemos imaginar aun mayores para quienes equilibrándose sobre un caballo y en combate, debían efectuar todos los complejos operativos para concretar algún disparo.


Sólo "...la escolta del presidente se componía de 250 hombres de caballería armados con carabinas rayadas, de cargar por la recámara, sistema Turner (..) Como no se batieron hasta los últimos días de la guerra, no pudieron ensayar sus armas" (17).


Todo lo anterior es afín a las precariedades de los arreos de montar. Éste " ...era sumamente sencillo. Consistía en el clásico recado, riendas, con bocado casi siempre y estribos criollos" (18). Y como los jinetes paraguayos combatían descalzos, las boleadoras colgando a ambos lados del caballo, les permitía prescindir de los estribos. Para esto, enganchaban los dedos de los pies descalzos en las bolas de piedra. Aun así, no dejaban de usar las enormes espuelas nazarenas. Para los arneses primó la misma inventiva pues las riendas no siempre terminaban en los frenos metálicos, sino que los mismos tientos de cueros introducidos en la boca del animal, cumplían dicha función.


El sobre dimensionamiento del poder bélico paraguayo previo a la guerra, luce como un sarcasmo enfrentado a la admirativa crónica de combatientes argentinos, brasileños o uruguayos. La mayoría destacó la bravura, el temple y la capacidad de sacrificio del soldado paraguayo. Nunca el poder de sus armas. La que sigue, a modo de ejemplo, es una descripción contenida en el libro "Recuerdos de la Guerra del Paraguay", del general argentino José Ignacio Garmendia: "...Ahora atacaba la caballería paraguaya. Pintoresco espectáculo representaban aquellos bravos enemigos vestidos con camisetas rojas y chiripás morteros, jineteando a la criolla en rústicos aperos; colgados del sudado cuello, flameaba al viento de la carrera el grande y suco escapulario.


Hombres de gran porte, con la tez color cobre y la mirada feroz y aguardentosa; el pesado morrión de cuero tirado hacia atrás, sujeto por la nuez; el brazo musculoso levantado, blandiendo el afilado sable curvo, sacudiendo con entusiasmo sus estandartes embarrados y laureados de agujeros gloriosos; las delgadas piernas, nerviosas y desnudas, oprimiendo los flancos de los potros recién domados, que desenfrenadamente se arrojaban sobre nuestros soldados.


No se oía sino la voz animosa de sus oficiales gritándoles en guaraní que no vacilaran, y el repicar de aquellas enormes espuelas nazarenas que sangraban los costados de sus torpes redomones. Veloces como el rayo embestían, sucediéndose los unos a los otros, rodando en sangrientas caídas, levantando nubes del agua de los esteros por donde pasaban inmensos en sus escuadrones, pero una disciplina sobrehumana cerraba aquellos horribles claros con una rapidez digna de loor".


"TECNOLOGÍA DE LA CRISIS"


Sin militares profesionales, sin armamento suficiente y frente a la imposibilidad de renovarlos, el poder militar paraguayo se hubiera resentido casi inmediatamente si el Mariscal y sus hombres no hubiesen tenido capacidad innovadora y, fundamentalmente, espíritu de sacrificio.


Porque junto a los inconvenientes mencionados, también se sumaron los desgastes que generaba la guerra. La falta de posibilidades de reposición de materiales y pertrechos, obligó a una verdadera carrera de ingenio. Y afloró lo que el historiador brasileño Fernando Baptista llamó acertadamente la "tecnología de la crisis": "En el campo paraguayo escaseaba todo -escribía- excepto la valentía, la disciplina, el mate y el humor" (19).


Ante la necesidad de paliar la aguda escasez de pólvora, los paraguayos previeron un sistema sencillo y expeditivo. Para la fabricación del fulminante, se extraía el salitre "... de la sal de la orina del personal de la tropa que orinaban en grandes tachos que permanecían al sol para que evaporara el líquido". Las municiones para los cañones y fusiles eran fabricados con los restos de herramientas, ollas y armas ya destruidas.


Los vapores ya inservibles fueron desarmados y con este metal fundido, se construyeron nuevos cañones. No faltó "...quien inventara un cañón de retrocarga (el cañón rifle, de calibre 24) nuevas especies de bombas (de humo, incendiarias y de iluminación) y coheteras simplificadas”:


Y hasta las campanas de las iglesias fueron fundidas para la construcción de los únicos cañones de gran porte y ánima rayada que dispuso el Paraguay: el "General Díaz" (destruido durante las pruebas), el "Cristiano" (todavía en el Museo Histórico Nacional de Río de Janeiro) y el "Criollo". Este último junto al “Aca Vera", de hierro, se conservan frente al edificio del Parlamento Nacional en Asunción.


Se construyeron “puentes portátiles" y hasta nuevos aparatos telegráficos. Saturio Ríos inventó uno "...sencillísimo, mediante el cual podían recibirse los despachos a oído, sin emplear la cinta de papel, que también ya no era abundante" (20).


Cuando fueron hundidas las cadenas que cerraban el río a la altura de Humaitá, se construyeron otras de madera. Pues estas flotaban a diferencia de las de hierro que necesitaban canoas o boyas para sostenerlas. Estos soportes metálicos eran constantemente tiroteados por los acorazados brasileños, lo que hizo necesario aquel invento.


En Agosto de 1867 y en medio de absolutas carencias, se daba instrucciones a la población para que iniciaran la producción masiva de fibras de coco y caraguatá; así como experimentar “con otras hojas filamentosas" y nuevos tintes. Fruto de esta indicación, llegaban a los campamentos en el Abril siguiente, los primeros ponchos, chiripás, camisetas y calzoncillos para los soldados. Mientras tanto, proseguían las pruebas con los tintes de manera a obtener un tono firme de rojo destinado a los uniformes. Para este proceso se hacía “una mezcla de azafrán y grana".


Las restricciones alcanzaban al papel, que desde tiempo atrás también se fabricaba de las fibras del caraguatá y el algodón. Robert von Fisher-Treuenfeld se encargaba de la tarea. Pero aun así, los documentos fueron reducidos de tamaño y los oficiales recibieron órdenes de llenarlos "con letra menuda" para mayor rendimiento del material.


La tinta -que también se había agotado- "comenzó a obtenerse de las cenizas de una haba negra abundante en el Chaco, de rápido secado".


Las carencias paraguayas junto a la desaparición de su potencial naval, hizo que la tecnología de la crisis, echara mano a los "brulotes" para combatir a la escuadra aliada. Aquel era el nombre asignado a un "...barco cargado de materiales combustibles e inflamables que se dirigía sobre los buques enemigos para incendiarlos". Aunque fueron escasas las posibilidades que tal cosa ocurriera, bastaba la colocación de "una hilera de damajuanas vacías" para que algún convoy aliado fuera paralizado en el río, dado el temor a la creatividad bélica paraguaya.


Mas tarde, ya mas prevenida pero siempre en avance, la armada imperial fue atacada también con torpedos. Estos, muy distintos a los de la actualidad, eran preparados por el inglés Guillermo Cruger y el coronel polaco Luís Federico Myzkowski y dirigidos por verdaderos suicidas. Para el efecto se aprovechaba una noche de niebla "...y un individuo" seguía al proyectil flotante "...en una pequeña canoa llevando en la mano una larga soga de caraguatá, y un hilo que correspondía a los gatillos" de aquella máquina infernal (21).


La tecnología de la crisis, hizo fructificar igualmente otras iniciativas aplicables en todos los terrenos; desde las trincheras á la retaguardia. Y logró finalmente que la guerra perdurara. Pero aun a pesar de las carencias, los paraguayos se empeñaron en cumplir con las formalidades y la disciplina: hasta el día antes del "día final", el general Resquín y Panchito López anotaron en un pequeño pedazo de cuero los partes sobre la tropa con todos sus detalles.


** Por eso pudo saberse que fueron 412 hombres los que hicieron frente a la embestida de los cerca de 18.000 de la alianza que ingresaron a Cerro Corá, para eliminar en aquel 1° de Marzo de 1870, la última resistencia paraguaya.



¡ERA TODO LO QUE QUEDABA DEL "ATILA SUDAMERICANO"
Y DE SU "MILITARIZADA NACIÓN"!


NOTAS:



1. Cárcano, R.J., "Guerra del Paraguay - Orígenes y causas", pág. 489.
2. De Marco, M.A., "La Guerra del Paraguay", pág. 21.
3. Rivas, B.G. de. "Las consecuencias demográficas y sociales de la guerra de la Triple Alianza". Monografía.
4.  Franco, V.I., "Un hispano y un italiano en la Guerra contra la Triple Alianza", págs. 17 y 28.
5. De Marco, M.A., "La Guerra del Paraguay", pág. 65.
6. Baptista, F., "Madame Lynch. Mujer de mundo y de guerra", pág. 200.
7. O'Leary, J. E., "Álbum Gráfico del Paraguay", edic. Arsenio López Decoud, pág. 122.
8. Mariotti, R., Informe especial para "La Guerra de la Triple Alianza", de J. Rubiani, tomo 1, pág. 324.
9. García Mellid, A., "Proceso a los falsificadores de la Historia del Paraguay", tomo II, págs. 224 y sigtes.
10. Cardozo, E., "Hace 100 años", tomo 11, págs. 224 y sigtes. Y Centurión, J.C., "Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay", págs. 50 y sigtes.
11. O'Leary, J. E., "Álbum Gráfico del Paraguay", edic. Arsenio López Decoud, pág. 121.
12. O'Leary, J. E., ob. cit., pág. 123. 13. 0, Leary, J. E., ob. cit., pág. 121. 14. Thompson, G., cit.p/O'Leary en ob.cit., pág. 123.
15. Acevedo, E., "Anales históricos del Uruguay", tomo III, pág. 388. 16. Baptista, F., ob.cit., pág. 212.
17. Thompson, G., cit.por Mariotti, R., "Informe Especial". 18. O'Leary, J. E., ob. cit., pág. 123.
19. Baptista, F., ob.cit., pág. 260.
20. O'Leary, J.E., "Nuestra Epopeya", pág. 220.
21. Sin mención de autor: "La Armada Nacional en la Historia", tomo 1, inédito.







2. NECESIDAD DE "LIBERAR" AL PARAGUAY




      Otro de los motivos recurrentemente esgrimidos para justificar la alianza contra el Paraguay. O contra López, como aparecía en la prensa porteña. A principios de Diciembre de 1864, "La Nación Argentina" de Buenos Aires exponía la tesis en estos términos. "..El Brasil y el Paraguay se hallan hoy separados por una declaración de guerra... ¿Qué harán los pueblos argentinos? ....El gobierno brasileño es un gobierno liberal, civilizado, regular y amigo de la República Argentina. Su alianza moral con ésta está en el interés de muchos países y representa el triunfo de la civilización en el Río de la Plata... Los hombres que tienen el tacto de la política, que descubren los resultados inevitables de ciertos acontecimientos, ven claramente que el gran peligro para la República Argentina está en la preponderancia del dictador paraguayo, que aspira a ser el Atila de Sudamérica... Triunfante el Paraguay nada lo detendría... Él tiene toda su nación militarizada... "(1).

         Una perspectiva completa de esta exhortación obliga a tener en cuenta que el diario era el órgano oficial del mitrismo y oficioso del presidente Mitre. Pero las manifestaciones de los propios protagonistas, previas al conflicto, así como la verificación de sus resultados han desmantelado la alarmante posibilidad enunciada por aquel medio. Habría que preguntarse sin embargo.

         ¿Por qué si "Atila" fue aceptado López para mediar en un conflicto que terminó la sangrienta lucha entre Federales y Unitarios de la Argentina?

         ¿Porqué si "incivilizado y gran peligro" para este país, tantos tratados firmados, tanto intercambio de correspondencia y protestas de amistad y consideración?.

         Y... ¿por qué era necesario liberar al Paraguay? Y si fuera necesario hacerlo... ¿Por qué tenía que atribuirse ese derecho una potencia como Brasil donde -como toda monarquía imperial- no existía la igualdad social y que basaba toda su energía productiva en la labor de sus esclavos?

         ¿Porqué un estado disperso como Argentina? Tan disperso que los habitantes de sus provincias odiaban explícitamente el centralismo porteño... ¡y ni siquiera tenían la libertad que se demandaba a López! (*). ¿Con qué atribuciones podría liberar al Paraguay un hombre como Flores, quien con la ayuda de dos potencias -casualmente sus aliados contra aquel- hizo derrocar al gobierno constitucional de su país para firmar el Tratado Secreto, al sólo efecto de devolver los favores recibidos?

         Pero con las motivaciones que el Paraguay "tenía que aportar" para "adobar las cosas", según la gráfica expresión del historiador José María Rosa, vale la pena conocerse de qué maneras aquellas debían producirse. Según este autor: "...la inmensa mayoría de los argentinos era partidario de Paraguay en una guerra contra Brasil en defensa de la libre determinación de los estados del Plata. Solamente una minoría (los liberales mitristas de Buenos Aires) querían enredar a la República en la alianza con el Imperio" (2).

         Por lo que había que generar la reacción paraguaya y presentar la guerra como una lucha de la "libertad contra la tiranía...". Y "...ocultar la declaración de guerra paraguaya y cuando llegasen las noticias de las primeras operaciones bélicas" presentarlas como una inicua agresión del Atila de América, que ambicionaba conquistar a la Argentina y "había ofendido en plena luz su pabellón" (3).



(*) Ya en 1814 y manifestada la voluntad de consolidar el centralismo en torno a la capital porteña, Artigas lanzó el documento llamado "Instrucciones del Año XIII" en el que propugnaba que cada provincia "...tuviera su propia constitución y hasta su propio ejército y a que el gobierno central estuviera precisamente fuera de Buenos Aires".



1. Acevedo, E., "Anales históricos del Uruguay", tomo III, pág. 336.

2. Rosa, J. M., "La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", pág. 178.

3. Rosa, J. M., ob. cit. pág. 178.





         3. NECESIDAD DE "CIVILIZAR" AL PARAGUAY



         No puede dejar de señalarse el evidente cinismo consignado en el Tratado Secreto cuando expresa que "...la paz, seguridad y bienestar -se considera-... imposible mientras el actual gobierno del Paraguay exista", habida cuenta de la estadística que resume el "desarrollo institucional" de los países signatarios. Si se incurre en el imprescindible ejercicio de confrontar las respectivas historias nacionales antes del conflicto, se verá que el Paraguay no tuvo ninguna injerencia negativa en los países que firmaron la alianza a lo largo de la historia común. Mientras que la Argentina y el Imperio SI tuvieron que ver con la falta de paz y seguridad en el Paraguay y la Banda Oriental, desde la instalación de la colonia en el Río de la Plata hasta los procesos independentistas iniciados con el siglo XIX.

         El Paraguay fue, SI, impedido de participar en la defensa del gobierno constitucional uruguayo, tanto como contribuyeron Argentina y Brasil para su derrocamiento.

         El territorio paraguayo no fue escenario de violencias semejantes a "la hecatombe de Quinteros" que significó el ajusticiamiento del general uruguayo César Díaz y sus compañeros en 1859. Ni a las que desembocaron en el sitio y matanza de Paysandú, con el fusilamiento del general Leandro Gómez y otros oficiales tras la rendición de la plaza, el 2 de Enero de 1865.

         En Paraguay nunca hubo algo parecido a la "matanza de Cañada Gómez", el 22 de Noviembre de 1861. En relación a este hecho acontecido luego de concluida la batalla de Pavón y refiriéndose al papel del general Venancio Flores, el general Juan Andrés Gelly y Obes, Jefe del Estado Mayor argentino durante la guerra de la Triple Alianza, escribía: "...el suceso de Cañada Gómez es uno de esos hechos de armas muy comunes por desgracia en nuestras guerras, que después de conocer sus resultados, aterroriza al vencedor" (1).

         Situaciones como las que se mencionan jamás se vivieron en el Paraguay, ni su gobierno contribuyó a que se concretaran en otros países. Nunca se enseñoreó -ni en tiempos de Francia ni en el de los López- la violencia "...repleta de asesinatos célebres, como escribiría Cárcano en relación a los crímenes con los que la Argentina, "construía civilización". Y en el inventario de este prestigioso historiador y literato argentino, se mencionan las muertes violentas del Virrey Liniers y la del Gral. López Jordán; pasando por las de Mariano Moreno, Quiroga, Dorrego, Lavalle, Castelli, Varela, Virasoro, Aberastain, el "Chacho" Peñaloza, Urquiza y los hijos de éste, por citar sólo a los de mayor notoriedad.

         Al finalizar la presidencia del Gral. Mitre, el diputado Nicasio Oroño, "...elaboró una estadística reveladora, demostrando que el régimen (...) había sido una calamidad nacional". Según el prestigioso político de Santa Fe, durante el período del mandatario, entre Junio de 1862 y Junio de 1868, "...habían ocurrido en las provincias (argentinas) 117 revoluciones y 91 combates con la muerte de 4.728 ciudadanos" (2). Semejantes datos verifican un promedio de casi 20 revueltas por año (casi dos por mes), 15 combates (más de uno por mes) con más de 315 muertos en cada uno de ellos.

         De esta breve síntesis sobre la trayectoria política e institucional de los países involucrados en la Guerra de la Triple Alianza, puede verificarse que el Paraguay era, desde su independencia en 1811, el único que no había estado en guerra con ningún país extranjero ni había sufrido revuelta interior alguna.

         Todos estos antecedentes destacan que la amenaza a "...la paz, seguridad y bienestar" de las naciones signatarias del Tratado Secreto no podía venir de ninguna manera del Paraguay.

         No sólo por la pavorosa estadística registrada en los países aliados, sino porque su gobierno -cualquiera de los que haya tenido después de la Independencia- nunca tuvo pretensiones hegemónicas, alentó el "equilibrio de las naciones del Plata" y pretendió siempre arreglos de límites que se ajustaran a los territorios sobre los que poseía títulos genuinos. Y finalmente, mal podría el Paraguay significar una amenaza para la paz o la seguridad y mucho menos para el bienestar de los aliados, ante sus dificultades de comercio, de comunicación y contactos derivados de su desventajosa situación geográfica.

         Ya ingresados al ámbito de la Triple Alianza y a propósito de las intenciones altruistas excusadas en el Tratado Secreto, los paraguayos -aun aquellos que no querían a López- buscaron el refugio de su ejército luego de los primeros contactos con los operadores de la "civilización". De las huestes del sargento mayor Pedro Duarte, los que no habían perecido en Yatai (17 de Agosto de 1865) o no fueran degollados después de la batalla, fueron objeto de incalificables agresiones.

         "...Pero donde el abuso asumió mayores proporciones fue en Uruguayana"  -agrega el coronel León de Palleja, militar español al servicio del Ejército Uruguayo, en referencia a los incidentes ocurridos tras la rendición del sitio- "... Cuando la caballería riograndense vio que se trataba de rendición, se desbandó y avanzó a las murallas en procura de un paraguayito que alzaban en ancas y lo llevaban a su campo... No he visto desorden más grande. Había que bayonetearlos o dejarlos hacer... Durante la noche y todo el día siguiente estuvieron sacando paraguayitos para todo el mundo. No hay casi un oficial de los tres ejércitos que no sacara un paraguayito" (8).

         Cuando la capitulación de las fuerzas del teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia (Uruguayana, 18 de Septiembre de 1865) y ante la verificación de lo denunciado por Palleja, el mismo Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas y Presidente de los argentinos, general Bartolomé Mitre, explicó lo ocurrido al Dr. Marcos Paz, Vice presidente en ejercicio: "...Nuestro lote de prisioneros en Uruguayana fue un poco mas de 1.400. Extrañará a usted el número, pues debieron ser mas; pero la razón es que por parte de la caballería brasileña hubo en el día de la rendición tal robo de prisioneros que por lo menos se arrebataron de 800 a 1.000 de ellos, lo que demuestra a usted el desorden de esa tropa y la corrupción de esa gente, pues los robaban para esclavos y hasta hoy mismo andan robando y comprando prisioneros del otro lado" (4).

         Estas cosas sucedieron y no solamente en Yatai o Uruguayana, porque fueron objeto de atención en el mismo Tratado. Las demandas de "civilización" para el Paraguay habían sido sólo para el público y para excusar la guerra. La realidad fue otra pero no distinta a lo que se había previsto. El destino final de los prisioneros paraguayos era el mercado de esclavos del Brasil, donde fue a parar la mayoría de los que fueron sustraídos del "equitativo reparto" consagrado en aquel documento.

         Los primeros tramos de la guerra ya delataron en qué consistía la civilización prometida al Paraguay. Lo verificado en los sitios mencionados, nos recuerda que la Historia de la Humanidad está plagada de ejemplos que muestran de qué maneras muchas sociedades tribales resistieron con ferocidad los variados intentos para ser incorporados a la civilización. No porque no aceptaran mejores condiciones de vida. Sino porque se percataban que sus redentores eran en muchas ocasiones, más crueles -y más refinados en la crueldad- que ellos mismos.



1. Abad de Santillán, D., "Historia Argentina", vol. III, pág. 57.

2. Pereira, C., "Francisco Solano López y la Guerra del Paraguay", cit. p/Ramos, A., en "Revolución y contra revolución en la Argentina", pág. 169.

3. Acevedo, E., "Anales Históricos del Uruguay", pág. 380/1.

4. Acevedo, E., ob. cit., pág. 381



IV. ERRORES DEL MARISCAL FRANCISO SOLANO LÓPEZ
DURANTE EL CURSO DE LA GUERRA




         "La inmortalidad es a la vez gloria y castigo de los héroes. Ni aun en el sepulcro pueden morir, ni aun en el seno de la tierra logran descansar. Entregados para siempre al turbio parecer de las edades, a las vanas disputas de los hombres, han de sufrir, cuando ni rastros queden de sus cuerpos, los tizonazos de la envidia, los ultrajes del rencor".

         Ricardo León.



         "Una guerra gana quien comete menos errores", escribió uno de los tantos cronistas de la Triple Alianza (1). Ante la propuesta, habría que considerar sin embargo el largo tiempo del desarrollo de la contienda y su resultado final. Si lo primero y realizado un inventario de hombres -no sólo de calidad profesional sino de efectivos-, de recursos, de armamentos y disponibilidad de pertrechos; y lo cotejáramos con el tiempo que duró la guerra, puede afirmarse categóricamente que López tuvo muchos menos errores que sus adversarios. Aun considerando el resultado final de la lucha.

         Pues para calificar la calidad profesional de cada conducción, también deberían tenerse en cuenta algunos aspectos que no tuvieron que ver exactamente con planes, estrategias o movilizaciones militares. Que la mayor parte de la guerra por ejemplo, se desarrolló en territorio paraguayo. Y que la lucha involucró al componente civil de su sociedad, que limitó los movimientos de la población y paralizó la actividad productiva. Además del bloqueo implementado por el enemigo, que impidió al Paraguay aprovisionamientos de pertrechos o armamentos, de medicinas, de alimentos, junto a la posibilidad de obtener cualquier otro tipo de auxilios. Todas estas circunstancias tuvieron mayor incidencia en la contienda que los errores militares eventualmente cometidos.

         Pero ya en la misión de contabilizarlos, debe afirmarse -fuera de toda duda- que López los tuvo. Y en su caso y por la ya mencionada ausencia de un Estado Mayor, todos los que se cometieron desde el campo paraguayo fueron enteramente suyos. Es el factor autoritario que juega contra los que lo ejercen. Si las decisiones son exclusivas, las responsabilidades también. Y además, intransferibles. Ante los éxitos y los fracasos.

         López se equivoca cuando demora el auxilio al Uruguay esperando el arribo del material encomendado en Europa. Privilegia entonces la campaña del Norte por la necesidad de cubrir la retaguardia y hacerse de pertrechos y armas. Comete otro error porque pierde tiempo.

         Se equivoca aun mas en la espera del apoyo de su compadre Urquiza y la posible rebelión de las fuerzas de Entre Ríos y Corrientes.

         Y tras esto, comete su más grave y decisivo error.



         EL ERROR MÁS GRAVE



         Materializadas las decepciones ya dichas, la situación se agravó con los sucesivos fracasos de Meza en Riachuelo, de Estigarribia en Uruguayana y de Robles en Corrientes. Fue cuando quedó al desnudo uno de los más graves errores del Mariscal: su dirección "a control remoto" de aquella fase de la guerra. Además del fiasco que representó la elección de los responsables para la misma, el Jefe paraguayo no pudo haber permanecido en Humaitá mientras una división "descansaba en Goya" y la otra en Uruguayana, separadas por miles de kilómetros y a mayor distancia, ambas, del campamento del Mariscal. En una etapa en que la campaña requería de agilidad y sorpresa, los chasques con órdenes hacia y desde los dos frentes y hasta el Comando de López, "tardaban semanas..... " (2).

         Aun así, el ejército paraguayo pudo resistir en el cuadrilátero defensivo de Ñeembucú. Pero -otra equivocación del Mariscal- debería haberlo hecho con mucha más economía de hombres que el derroche de heroísmo y vidas. Actitud que, finalmente, raleó las fuerzas y debilitó su capacidad operativa.

         Frente a esta repetida contingencia, los errores militares de López se produjeron -en algunos casos- por omitir la evaluación de riesgos o la posibilidad de reducirlos. Tanto como la necesidad de implementar medidas para atenuar las condiciones desventajosas de una determinada acción. Pocas veces el Jefe paraguayo apeló a la prudente actitud de desmantelar algún ataque por las importantes pérdidas que pudieran derivarse del mismo; o ante la posibilidad de sus muy escuálidos beneficios. Y muchas de estas acciones se plantearon sobre el simple ejercicio de la temeridad. De la valentía de los paraguayos para multiplicarse, supliendo con coraje o arrogancia lo que no fuera producto de un plan. Algunas de aquellas condujeron solamente a "morir con gloria" (Corrales, Banco Purutué o los dos asaltos a los acorazados); dadas las casi imposibles condiciones para el éxito.

         Y cuando los oficiales del Mariscal incurrieron en sus respectivos errores (en Riachuelo, en Uruguayana, Estero Bellaco; o en los dos ataques a Tuyuti), se debió generalmente a que estuvieron atados a la imposibilidad de considerar alternativas frente a las emergencias. Y tampoco podían disponer del arbitrio del desistimiento. Aunque tuvieran los mayores e imprevistos contratiempos.

         Y en este recuento, sólo se mencionan casos en los que el ejército paraguayo todavía contaba con capacidad operativa (Mato Grosso, Corrientes, Campaña del Uruguay, Campaña de Humaitá). No cuando la reacción ya no fue sino un reflejo condicionado por el heroísmo y un innegable espíritu de lucha y sacrificio.



         EL ESTADO MAYOR ALIADO



         No fueron menos sus errores que los del Mariscal. Pero pudieron haber reducido drásticamente la prolongación de la guerra. Un par de ejemplos resalta la afirmación:

         El primero se remite a que después de producida la derrota de Riachuelo, López inició pruebas de disparos con las piezas de artillería de Humaitá. El procedimiento buscaba verificar si los cañones disponibles en la fortaleza podrían contener a los acorazados brasileños.

         El resultado fue desolador. Colocadas las chapas de las mismas características que las que protegían aquellas embarcaciones y sometidas a los disparos del mejor armamento paraguayo disponible, apenas era mellada la superficie de las planchas de acero. El daño sería aun mucho menor para los monitores. Se hizo evidente entonces que la escuadra podía trasponer Humaitá cuando quisiera, prácticamente sin daños.

         Pero habiendo tenido el dominio absoluto del río desde los albores de la guerra, y de haberse obligado al costoso y penoso operativo de "flanqueamiento" por Tuyucué muy al Este de Humaitá, los aliados tardaron más de dos años para adquirir coraje y realizar el cruce náutico frente a la fortaleza. Lo hicieron en la madrugada del 19 de Febrero de 1868. Exactamente como López había sabido dos años atrás: sin contratiempos.

         El segundo ejemplo se asienta en el hecho que a partir del retorno de los paraguayos después de los desastrosos resultados obtenidos por las columnas del Sur, los aliados sólo observaron, indolentes, el paso de ¡todo aquel ejército! frente a sus acorazados (*). Ganado, pertrechos y hombres, valiéndose apenas de las embarcaciones sobrantes del desastre en Riachuelo, además de canoas y balsas improvisadas.

         Alguna iniciativa entonces, alguna mínima acción de las fuerzas de la alianza que YA se encontraban en el sitio junto a toda la armada imperial, pudo haber ocasionado un terrible daño. Pero no hubo un sólo disparo. Aunque fuera de advertencia.

         Un detalle menor -pero curioso- sobre estas mismas deficiencias lo brinda el coronel George Thompson. El militar inglés, reiteradamente crítico a López, si se le quisiera atribuir alguna parcialidad, desnuda en su libro sobre la guerra las deficiencias defensivas de Pikisyry. Aunque, agrega el coronel "...no importaba nada porque tratándose de un general como Caxías (luego Mariscal, Duque y Patrono del Ejército del Brasil), que indudablemente descubriría el punto más fuerte para atacarlo" (3).

         Al término de la batalla de Lomas Valentinas (21/27 de Diciembre de 1868), el mismo general Caxías se hallaba "postrado física y moralmente" y planteó retirarse de la guerra. Ante una apelación del Ministro de Guerra, Marqués de Paranaguá, aquel Jefe le escribe desde el frente: "Estoy dispuesto a sufrir de todo desde que cometí la burrada de salir de mi casa ya siendo viejo, con la misión de deshacer las burradas que se hicieron acá" (4).

         En otra carta, el mismo Jefe señalaba que "si no fuera consciente de que el general José Luís Mena Barreto -quien lo sustituiría en el mando de las fuerzas imperiales- era incapaz de comandar el Ejército, seguramente ya habría dado parte de enfermo, retirándome de aquí para tratarme" (5).

         Caxías no fue menos indulgente con otros Jefes y con el propio Mitre. Al final, próximo al 20 de Enero de 1869, se retiraría. No sin antes aclarar que él no era un "capitao-do-mato (**) para andar cazando a López" (6).

         Podría agregarse a estos ejemplos el hecho que en cada batalla y especialmente después que los Aliados desembarcaran .en territorio paraguayo, siempre tuvieron superioridad de recursos, humanos y bélicos. Además del contacto con el mundo exterior y con él, la posibilidad de obtener refuerzos y el siempre renovado crédito financiero. Para todo lo necesario. Y nada de estas incontrastables ventajas sirvió para la aceleración del trámite guerrero.

         De manera que, cotejando errores y aciertos, aparecen los responsables de la alianza -por su determinación a los designios del Tratado, por su capacidad diplomática y militar, además de los recursos disponibles- mucho más comprometidos en la emergencia de la guerra como en su extensión. Por lo que hicieran o dejaran de hacer:

         a). Si López no estuvo en ninguna batalla (estuvo directamente en dos), los Jefes de la alianza -salvo Flores- no estuvieron en ninguna. Pedro II sólo vino a recibir la rendición de Estigarribia en Uruguayana.

         b). Frente a los caprichos de López, mas tozudo e irracional resultó ser el emperador del Brasil, que rechazó toda posibilidad de paz que no implicara la cabeza de su enemigo. Y de paso... sus territorios. La actitud podría haber sido propia de Genghis Kan, pero no de quien enarbolaba la civilización como pendón.

         c). Mas irresponsable habría sido quien prometió estar en tres meses de campaña en Asunción y cuando se cumplieron tres años, abandonó el campo de batalla. Fue el caso de Mitre. Flores se fue antes. Aunque éste, sin ninguna promesa.

         Y si finalmente, el Mariscal no estuvo en los campos de batalla en la misma medida del gusto de sus detractores, llegó hasta el final, al frente de lo que quedaba de su ejército... como había prometido. Aunque en esto y más que su mismo sentido del honor, hubo más responsabilidad en la obsesiva determinación que llevaban sus enemigos para liquidarlo.





(*) La columna del general Wenceslao Robles. La del teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia se había perdido completamente en la rendición de Uruguayana.

(**) En Brasil eran conocidos con este nombre los que se dedicaban a cazar esclavos negros fugitivos (traducción consignada en el libro de F. Doratioto, "Maldita Guerra").

1. Baptista, F., "Madame Lynch, Mujer de mundo y de la guerra", pág. 310.

2. Cárcano, R.J., "Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza", tomo I, pág. 170.

3. Thompson, G., "La Guerra del Paraguay", tomo II, pág. 93.

4. Doratioto, F., "Maldita Guerra", pág. 371.

5. Doratioto, F., ob. cit., pág. 371.

6. Doratioto, F., ob. cit, pág. 371.





         1. ¿PORQUÉ NO COMPLETÓ LA ADQUISICIÓN DE PERTRECHOS Y ARMAMENTOS ANTES DEL INICIO DEL CONFLICTO?



         Muchos se preguntan: ¿Fueron suficientes las precauciones tomadas por López en vistas a la guerra? Y si aun suficientes... ¿fueron tomadas a tiempo? ¿Evaluó el Mariscal correctamente el potencial del enemigo a enfrentar? Especialmente el del Imperio de Brasil que, iniciada la década del '60 en el siglo XIX, era la segunda potencia naval de América después de los Estados Unidos del Norte?

         En el primer caso, la respuesta es un rotundo NO. Las tomó... pero no a tiempo. Que es lo mismo.

         En el segundo, si López no ignoraba el potencial de la armada enemiga, tampoco dimensionó correctamente su propio equipamiento para contrarrestar la evidente ventaja de los aliados. Debió tener en cuenta -por ejemplo- que las columnas de Estigarribia y Robles avanzaron paralelas a los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, dentro del radio de influencia de la poderosa escuadra brasileña. No podía haber ignorado el mandatario paraguayo que, cualquiera fuese el resultado de aquellas ambiciosas expediciones, tenía que disputar la posesión de los ríos a la flota imperial. Esta contaba entonces con 45 barcos de guerra, 33 de ellos impulsados a vapor. La fuerza naval paraguaya sólo tenía el buque de guerra "Tacuary". Los demás eran mercantes artillados de los cuales, el más grande, no superaba ni la mitad de la potencia de cualquiera de las naves brasileñas.

         "Ya tarde -sentencia O'Leary- cuando Solano López se convenció de que Mitre y Pedro II gestaban en las sombras una coalición contra nuestro país, pensó en un armamento moderno y dispuso su adquisición en Europa. Y vino la guerra antes que ese material, que nos hubiera hecho invencibles, nos llegara. La invasión nos sorprendió así con fusiles de chispa, de fabricación criolla y viejos cañones coloniales" (1).

         Efectivamente, ya muy tarde el Mariscal había ordenado la adquisición de armamento, además de lo ingresado antes del inicio de la guerra (ver el Capítulo 1 "Armamentismo y militarización del Paraguay"). El agente paraguayo en Europa, Cándido Bareiro, recibió indicaciones para adquirir "10.000 fusiles modernos". Pero "su proverbial indolencia (...) impidió que la operación se realizase a tiempo" (2). Durante el mismo periodo, también fueron encargadas en Francia, Prusia y Gran Bretaña otras piezas de artillería y proyectiles correspondientes. Junto a "algunos miles de fusiles -dichas armas ya pagadas- no fueron despachadas oportunamente y permanecieron en los depósitos de Nantes, Havre y Liverpool" (3).

         Por el mismo conducto, también se ordenó la construcción de varios buques blindados acorazados. En Francia se construiría el "Némesis"; con 1150 toneladas, 60 metros de largo y artillado con cuatro cañones Whithworth (de ánima rayada) de 5,8 pulgadas. Otros dos más fueron ordenados en los artilleros Lairds & Birckenhead de Gran Bretaña: el "Bellona" de 1330 toneladas y el "Minerva" de 1008 toneladas, con una torre giratoria armada de 2 cañones y con coraza de acero de 4.5 pulgadas. Cualquiera de éstos superaba en dos veces -en tamaño y potencia- al "Tacuary" el buque insignia de la armada paraguaya.

         Cardozo afirma que habrían sido cuatro los "monitores acorazados" encargados; tres a ser construidos por la "Casa Arman de Burdeos y el cuarto por la Casa Blyth de Londres" (4).

         Pero iniciadas las hostilidades y con el bloqueo aliado, el gobierno paraguayo ya no pudo completar las operaciones de adquisición. De manera que los pagos remanentes fueron hechos por el Brasil y los buques utilizados en la guerra contra el Paraguay. El "Némesis" se convirtió en el "Silverado", el "Bellona" en el "Lima Barros", y el "Minerva" en el "Bahía". Aquí cabe plantearse un interrogante: ¿Pudo haberse informado a los aliados -desde Europa- sobre estas adquisiciones? ¿Pudo aquella información -si la hubo- acelerar el inicio de la guerra? A este respecto, en una de las notas que enviara a Bareiro, López hace notar esta inquietante observación: "...Por la sola cita que hace de mi correspondencia confidencial en los términos dichos, se ve que esa correspondencia y sus copiadores, es pertenencia de la Legación y no a personal de ella. Lo mismo digo de las cartas confidenciales de mi finado Padre. El archivo de ellas debe constituir las instrucciones de la Legación. Las cartas que son particulares y notadas como tal, son de su propiedad, pero las confidenciales no pueden pertenecerle ni en copia, sino por un abuso... " (5).





1. O'Leary, J. E., "Nuestro ejército del 65", Revista Militar N° 71, 1931. Cit. p/Manual de Historia Militar. Escuela Superior de Guerra, República Argentina.

2. Bray, A., "Solano López, soldado de la gloria y el infortunio", pág. 216.

3. Bray, A., ob. cit., pág. 216.

4. Cardozo, E., "Hace 100 años", vol. 1, pág. 143.

5.      Nota de López a Bareiro, Julio 21 de 1864. Archivo del Museo de la Historia Militar.







         2. LLEVÓ AL PARAGUAY A UNA GUERRA SUICIDA



         "No siempre se combate por la victoria sino también por el honor y el deber".

         José María Zubiría,
         en el Congreso Constituyente Argentino, 1853



         Como muchos otros juicios sobre la Triple Alianza, esta acusación surge recién a la luz de los hechos consumados. Al respecto de la posibilidad que fuera una guerra suicida y que la responsabilidad fuera enteramente de López, Cárcano lanza esta pregunta: "¿Porqué Paraguay pierde la guerra, siendo la nación mejor preparada para vencer?". Y el mismo autor se responde: "Por la insuficiencia militar, política y diplomática del mariscal... desgraciado el pueblo que depende sólo de la voluntad de un hombre, por alta que sea su eminencia" (1). Pero independientemente de la acertada conclusión, no parece concordar en que López llevara al Paraguay a la muerte.

         Otros autores tampoco creyeron que la guerra fuera suicida. Si así quiere significarse la nula opción de triunfo. Y hasta atribuyeron mayores posibilidades al ejército paraguayo. De indudable e insospechada imparcialidad, el inglés Horton Box por ejemplo, declara: "Un examen sincero de los hechos sugiere que López tenía muchas posibilidades en su favor cuando se jugó el porvenir de su patria" (2).

         Adicionalmente al hecho de que nada que hiciera el mandatario paraguayo pudo haber evitado la guerra, también puede alegarse que los Estados no siempre han combatido con la certeza de una victoria. En el pasado ni en el presente. Y aunque la tuvieran, la convicción personal de los generales o conductores de armas nunca representaron un certificado de garantía.

         ¿Cuán suicidas fueron los pueblos que se embarcaron en otras guerras, antes o después de la Triple Alianza? ¿Cuán suicidas -o criminales- fueron los que desataron la Primera Guerra Mundial? ¿O la segunda?

         ¿Cual la guerra que no implicara la muerte de miles de seres humanos? Y ¿cuál de ellas, una sola, que no tuviera alternativas de paz -desestimadas tantas veces- ante la "inminencia de la victoria"? ¿O subordinadas al orgullo, a la ambición, a la ceguera de los hombres, mientras las armas agotaban su cosecha de muerte y desolación?

         Resumir con una acusación semejante el conflicto de los estados o de las sociedades, en las etapas de su formación o consolidación, es especular con nuestra capacidad mental. Y si pretendemos que la especie fuera una de las razones inventadas por la frustración de la posguerra, luce como una de las tareas de propaganda para restarle todo sentido a la heroica resistencia paraguaya. Para decir por ejemplo que al mismo tiempo que López llevaba al Paraguay a una "guerra suicida", los aliados le redimían con la "libertad" y la "civilización".

         El Jefe paraguayo siempre supo -no puede decirse que afortunadamente- mucho antes que muchos, que la guerra "era a muerte". Y que los aliados contaban con la suya para acabar con la contienda.

         Con lo que no contaron quienes se prestaron al juego, es que también incluía la muerte del Paraguay. Y fue en lo único en que la "guerra fue suicida".



1. Cárcano, R. J., "Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza", tomo I, pág. 359.

2. Box, Pelham Horton. "Orígenes de la Guerra de la Triple Alianza", pág. 261.







         3. ¿POR QUÉ NO ACCEDIÓ A LA PAZ?



         "Justa es la guerra para quienes es necesaria,

y Santas son las armas en manos de quienes ninguna esperanza tienen sino en ellas".


         Tito Livio.



         Todas las iniciativas para el logro de la paz, verificadas durante la guerra y puestas en conocimiento del gobierno paraguayo, tuvieron la buena disposición de López. La primera de aquellas fue conocida en Febrero de 1866. Fue abortada en el campo aliado ni bien planteada. Es que en esta fase de la contienda no prosperaría ninguna vocación pacifista en la alianza debido a los contrastes sufridos por los paraguayos (Riachuelo, Yatai, la rendición de Uruguayana y el retorno de la División del Sud); hecho que alentaría la posibilidad de mayores dividendos militares.

         Aunque un buen motivo para aquel escaso entusiasmo para la paz, se encuentre en lo escrito por el coronel Hernando de Palleja, una de las voces más sensatas de la guerra: "Ignoro y casi no puedo prever una solución honrosa para nuestras armas, por medio de negociaciones, de cualquier clase que ellas sean, todas las ventajas estarán a favor del Presidente López, y habremos contribuido a afirmarle más en el poder y darle más importancia de la que tenía antes de la guerra" (1).

         Hacia mediados de aquel mismo año, se ofrecería la mediación de Chile y los gobiernos del Pacífico. La iniciativa se concretó en una nota presentada en Buenos Aires y fechada el 1° de Agosto de 1866 (2). El documento fue posterior a una protesta radicada ante los gobiernos de la alianza por Toribio Pacheco, canciller del Perú (3); procedimiento éste que fue juzgado por Mitre como "una verdadera canallada". Por lo mismo, instruyó a Elizalde para que procediera "con el acierto de costumbre" en su contestación (4). Por las mismas fechas y luego de conocido el texto del Tratado Secreto, hubo también otra "canallada": la protesta del gobierno de Colombia.

         Casi al mismo tiempo que los sucesos mencionados, el propio López asumía la iniciativa de convocar a una conferencia de paz. En esta ocasión y si bien interesado en lograrla, el jefe paraguayo habría pretendido también demorar el ataque a Curupayty, ya previsto por los aliados. Pero aquella convocatoria tampoco fue bien recibida por los Jefes de la alianza. El único en asistir al bosque de Yataity Corá, lugar previsto para el encuentro, fue Mitre. Flores sólo estuvo para intercambiar con López alguno que otro insulto antes de retirarse y Osorio, comandante de las fuerzas del Imperio negó su concurrencia asegurando que él tenía órdenes de combatir al Jefe paraguayo y no de conversar con él.

         Por lo que la conferencia derivó sólo en eso: una conversación. Amable, por momentos cordial, pero sin ningún resultado práctico. Fuera de las disposiciones del Tratado -insistían los aliados, en eso muy solidariamente- no había posibilidades para la paz.

         De hecho, las instrucciones impartidas por el canciller Ottaviano a José Antonio Saraiva, consejero del Imperio, en Noviembre del año anterior (1865), anticipaban una desautorización absoluta a cualquier gesto, en cualquier sentido por fuera del mencionado acuerdo: "Ninguna autoridad brasileña -decía el documento- bien sea diplomática o bien pertenezca al ejército o a la armada podrá tratar con el Mariscal López ni con ninguna otra autoridad ni otra persona, sea o no paraguaya, que hable en

su nombre o en defensa de sus intereses, ni siquiera en nombre de un gobierno provisional o permanente que en sustitución del suyo se constituya en la República, mientras se halle en territorio de ésta, de cualquier modo que sea, el presidente López" (5).

         Y a continuación, Saraiva detallaba las condiciones adicionales al Tratado:

         "... 1. Extrañamiento de Solano López.

         2. Inhabilitación de toda persona de su familia para el desempeño de todo cargo del Estado.

         3. Disolución inmediata del ejército paraguayo.

         4. Continuación de la estancia de los ejércitos aliados en el territorio de la República hasta que se celebre el tratado definitivo de paz, pudiendo también continuar en dicho territorio una parte cualquiera de dichas fuerzas, si así se establece en el Tratado.

         5. Destrucción inmediata por la escuadra de los aliados de todas las fortificaciones situadas en la margen del río Paraguay, que puedan impedir el libre acceso de todos los buques de guerra y mercantes, quedando expresamente vedada la construcción de otras semejantes al mismo fin.

         6. Entrega de todo el material a los ejércitos aliados.

         7. Indemnización de los gastos de guerra y de los perjuicios causados al Estado y a los particulares antes de las hostilidades y durante ellas.

         8. Convocación inmediata de un Congreso, etc. (sic).

         9. Libertad de navegación en los ríos Paraguay y Paraná para los buques de guerra y mercantes.

         10. Aceptación de los límites señalados en el tratado de alianza"

         ¿Qué conferencia de paz sería ésta -concluye Bray- si ya todo quedaba reglado y definido?" (6).

         No finalizaría aquel año (1866) antes que el gobierno de Chile ofreciera una nueva mediación. En esta ocasión, Elizalde excusó el interés del gobierno argentino argumentando simplemente: "No necesitamos explicar a las demás naciones nuestra conducta porque ya está explicada".

         En Diciembre del mismo 1866, fue ofrecida oficialmente una Conferencia de Paz en Washington. La iniciativa partió del gobierno norteamericano y fue la primera que se hacía llegar al gobierno paraguayo. López la acepta.

         Durante el trámite para su concreción, Charles Washburn, ministro norteamericano ya acreditado ante el gobierno paraguayo, se trasladó hasta el campamento aliado. Si bien disfrutó de las comodidades y la hospitalidad brindadas por el general Caxías, Washburn pronto notó que como en las anteriores ocasiones, la iniciativa no sería tenida en cuenta (7). En una nota fechada el 30 de marzo de 1867 y firmada por el ministro Elizalde, el gobierno argentino anunciaba oficialmente a Washington el rechazo de su propuesta. Sin argumentos (8).

         Un año más tarde, le tocó el turno al Reino de Gran Bretaña. El ofrecimiento fue puesto a consideración del Mariscal por el secretario de la Legación en Buenos Aires, Mr. G.F. Gould. El presidente paraguayo comisionó al coronel Luís Caminos para que debatiera con el diplomático, un borrador que apuntara a concretar positivamente su misión. Ambos representantes intercambiaron algunas consideraciones sobre el conjunto de disposiciones posibles, aunque se detuvieron puntillosamente en la salida de López del Paraguay. Punto sin el cual los aliados no tendrían ningún interés en la propuesta.

         Finalmente se acordaría un borrador para la Paz, sobre los siguientes puntos:

         "S.E. el señor Mariscal presidente habiendo concluido la guerra con honor para su Patria, y plenamente asegurada su independencia y sus instituciones, dejará con el asentimiento del Congreso Nacional (o sin reunirlo), el gobierno en manos de SE el señor vicepresidente a fin de irse a Europa por algún tiempo en el interés de descansar de las fatigas de la guerra. El Gobierno declarará que se ha engañado en cuanto a los proyectos ambiciosos que él atribuía erróneamente al Brasil, y que siente las medidas hostiles que bajo esta falsa impresión había emprendido no solamente contra el Brasil, sino también contra la Confederación Argentina" (9).

         Los otros puntos aceptados por Caminos, sobre un presunto acuerdo con el Mariscal, fueron los siguientes:

         "...1. Una inteligencia secreta propondría previamente a las potencias aliadas la aceptación por el gobierno del Paraguay de las proposiciones que ellas estuviesen dispuestas a hacer.

         2. La independencia y la integridad de la República del Paraguay serían formalmente reconocidas por las potencias aliadas.

         3. Todas las cuestiones relativas a territorios o límites en disputa antes de la guerra actual serán reservadas a una inteligencia ulterior o sometidas al arbitraje de potencias neutrales.

         4. Las tropas aliadas se retirarían del territorio de la República del Paraguay, lo mismo que las tropas del Paraguay evacuarían las posiciones ocupadas por ellos sobre el territorio del Imperio del Brasil desde que la conclusión de la guerra fuese asegurada.

         5. Ninguna indemnización sería exigida por los gastos de la guerra.

         6. Los prisioneros de guerra serán de una parte y de la otra puestos inmediatamente en libertad.

         7. Las tropas paraguayas serían enviadas a sus hogares, excepto el número de hombres absolutamente necesarios para el mantenimiento de la tranquilidad interior de la República".

         Obtenido este acuerdo, Gould presentó la propuesta a los Jefes aliados el 12 de Septiembre de 1867, coincidente y exactamente un año después de la reunión celebrada en Yataity Corá.

         Caxías habría aconsejado la aceptación del ofrecimiento británico. En cuanto a la entrevista de Gould con Mitre -ya camino a Paso Pucú- se conoce una carta de éste al Dr. Marcos Paz, vicepresidente en ejercicio:

         "...Me dijo con toda franqueza (aunque confidencialmente) que el objeto ostensible era pedir permiso para hacer subir a la Dotorell (que está en Corrientes) hasta el frente de Curupayty, para recibir a su bordo a las viudas e hijos de los contratados ingleses, únicos a quienes López ha permitido salir pues respecto de los demás dice haber de antemano prohibido la salida de todo extranjero de territorio paraguayo. La verdadera franqueza consistió en decirme que venía con ese objeto ostensible; pero que en realidad venía de acuerdo y consentimiento de López, trayendo bases de arreglo, que podrían hacer tal vez cesar la guerra, satisfaciendo la principal de la nuestras exigencias, con equidad para todos en cuanto era posible. Son más o menos sus propias palabras", concluía Mitre (10).

         De regreso al campamento de López, toda la estantería de Gould se vino abajo. Caminos objetó los cambios al artículo primero; el que mencionaba las condiciones para el extrañamiento del Mariscal. Otra versión aduce una condición puesta por el Jefe paraguayo de manera que su ausencia del país no superara los dos años. Y una tercera, sostenida por el coronel Centurión, alegaba que enterado López de una posible nueva revuelta en Argentina, habría desistido del proyecto de paz porque esperaba que la nueva situación incidiera en beneficio de la reducción de la campaña guerrera.

         Fuera de las razones que motivaran este nuevo fracaso, el mismo Gould se encargó de manchar su buena disposición inicial, si es que la tuvo desde el principio: fue cuando el 10 de Octubre siguiente, de regreso a Europa y de paso por Buenos Aires, visitó al Dr. Marcos Paz. El frustrado componedor dijo al mandatario que le preguntara "todo cuanto quisiese", que él le contestaría "con toda franqueza". El diplomático inglés - comenta Cardozo- "...no creyó violar sus deberes que le imponían la neutralidad y se apresuró a explayarse sobre cuanto lograra saber del poderío paraguayo durante su permanencia en Paso Pucú. Paz, a su vez, no tardó tiempo en transmitir a Mitre todas las informaciones" (11).

         Dos hechos más denuncian la indudable mejor disposición del gobierno paraguayo para acceder a la paz.

         El primero de ellos es el reconocimiento del propio gobierno norteamericano al agradecer al Paraguay su amistosa determinación al mismo tiempo de destacar las interferencias halladas en el campo aliado (12).

         El segundo refiere la absoluta negativa de Pedro II de tratar nada con López. Al punto de amenazar con abdicar en el acto si se llegara a negociar con el mandatario paraguayo alguna forma de arreglo sin que previamente se tuviera su rendición incondicional, además de las exigencias que ya estipulara el Tratado (13).

         "La paz sin decoro es una servidumbre", escribió Cárcano en uno de sus libros. Es el tipo de paz que finalmente se impuso al Paraguay al término de la guerra. La paz que López no quiso, ni podía aceptar. El hecho, como tantos otros de aquel drama hoy mejor dimensionados, deja también una revelación: que quien cierra todos los caminos que conducen a la finalización de la guerra, bien pudo estar tan interesado en su emergencia como en prolongarla lo más que se pudiera.

         Sólo el resultado final nos explica mejor que muchos argumentos, las razones de aquella clara e irrevocable determinación mientras se persiguiera a López, siempre habría posibilidad de que su ejército se raleara al punto de la extinción. Por lo que todavía era posible lograr lo que se frustró al difundirse el secreto del Tratado.





1. Cardozo, E., "Hace 100 años", tomo III, pág. 130.

2. Cardozo, E., ob. cit., tomo IV, pág. 133.

3. Cardozo, E., ob. cit., tomo IV, pág. 135.

4. Cardozo, E., ob. cit., tomo IV, pág. 188.

5. Bray, A., "Solano López, soldado de la gloria y el infortunio", pág. 323.

6. Bray A., ob. cit., pág. 324.

7. Cardozo, E., ob. cit., tomo VI, págs. 16 en adelante hasta la 38.

8. Cardozo, E., ob. cit., tomo VI. pág. 74.

9. Cardozo, E., ob. cit., tomo VII. págs. 113 en adelante.

10. Cardozo, E., ob. cit., tomo VII, pág. 120.

11. Cardozo, E., ob. cit., tomo VII, págs. 203 en adelante.

12. Cardozo, E., ob. cit., tomo VII, págs. 226 y 227.

13. Cardozo, E., ob. cit., tomo VII, págs. 172 y 173.









         4. ¿POR QUÉ NO SUFRIÓ LAS MISMAS PENURIAS QUE SU EJÉRCITO?



         La guerra de la Triple Alianza fue todo penurias. Especialmente del lado paraguayo. ¡Y vaya si López las tuvo! No por supuesto en la misma medida que cualquiera de sus soldados. Aquellos que en cada jornada se jugaban la vida y que como todo alimento, mascarían una hoja de tabaco o sorberían un par de tragos de caña para combatir al enemigo. Y también el hambre, el sueño, el miedo, el frío... o lo que les afectara en cualquiera de los terribles momentos de aquel infierno.

         A dos años de iniciada la guerra en el campamento paraguayo ya "...no había pan, ni batata ni verduras; desaparecieron el vino, la cerveza, el café y el té. Los únicos vegetales que figuraban en la mesa, eran el maíz y la fariña de mandioca" (6). Llama la atención las pretensiones del cronista porque las infusiones o las bebidas alcohólicas -fuera de la caña- como el vino o la cerveza, fueron siempre un privilegio. De los oficiales de alta graduación o de los comisionados extranjeros que muy esporádicamente llegaron hasta donde se encontrara López y su ejército. Pero la escasez no se limitaba al alimento; alcanzaba también a las mantas y a las prendas de vestir (Ver Capítulo I, "Tecnología de la crisis"). Especialmente en tiempos de mucho frío cuando la que había, ni siquiera era suficiente para los altos jefes.

         Y si los soldados tenían poco, el pueblo llano debía limitarse a casi nada. Es una de las razones por la que la gente quería estar cerca de los campamentos; pues la poca comida que pudiera conseguirse se concentraba cerca de los soldados. De manera que puede afirmarse categóricamente que en las condiciones en que se sobrevivía la guerra del lado paraguayo, implicaba un gesto heroico en sí mismo; e inevitablemente la utilización de algún subterfugio, un "rebusque", una picardía, junto a una enorme capacidad de resistencia y resignación. Hasta los objetos de valor perdían importancia ante la necesidad del alimento. Testimonios de quienes fueron residentas o acompañaron al ejército en cualquier condición mencionan que llegaron a canjear sus alhajas por un "puñito de sal".

         Debe tenerse en cuenta también que si hubo batallas campales en lugares y días específicos, el bombardeo en los campamentos era constante. "Nos despertamos a cañonazos, comemos a cañonazos y nos acostamos a cañonazos", recuerda Natalicio de María Talavera. Y durante el intercambio de disparos, los artilleros se esmeraban en batir las casas de los jefes. La de Díaz era permanentemente buscada. La de Flores en Tuyutí, fue volada de un cañonazo perdiendo el Jefe Oriental hasta sus ropas de remuda. Y el Mariscal cobijó la suya en Paso Pucú detrás de un enorme terraplén. Allí, con su familia, se pretendía una vida lo mas doméstica posible... pero con los cañonazos sacudiendo la actividad de todos los días.

         Y finalmente -y aunque él ya no lo habría visto- López sufrió la muerte de dos de sus hijos en Cerro Corá. Y una tercera, Adelina, falleció durante la epidemia de cólera. ¿No son suficientes penurias para que al menos éstas merezcan alguna piedad de sus detractores?

         Probablemente se pretendiera que la vida de López fuera monástica, frugal, en un entorno de harapos; que no se tuvieran mínimos fastos con los que representar la República aun en medio de la guerra. Porque en la crítica se ignora que aunque en un campamento, el Estado Paraguayo, su Presidente y Comandante en Jefe requerían -todavía en el peligro- de mínimas comodidades para desempeñar tales responsabilidades. Si con carencias, al menos con dignidad. Lo que no debería significar que se hayan ignorado las penurias del ejército y del resto de la población.



1. Von Versen, M., "Historia da Guerra do Paraguay", pág. 107.







         5. ¿POR QUÉ SIGUIÓ LA LUCHA DESPUÉS DE LOMAS VALENTINAS?



         En realidad, López ya contaba con muy pocas posibilidades de victoria después de la derrota de Riachuelo, el 11 de Junio de 1865. Y en su escape de Lomas Valentinas, tuvo el ejército aliado -como en otras oportunidades- mayores responsabilidades o culpas que el mismo Mariscal. A éste no le quedaban en aquella ocasión sino menos de 100 hombres relativamente sanos. Y con ellos se retiró "al trote moderado de su cabalgadura". El jefe de su escolta, el anciano coronel Felipe Toledo había muerto en la batalla. La línea de Angostura se había rendido. Y Bernardino Caballero, apenas con 30 efectivos de caballería se encargaría de cubrir aquella sorprendente retirada.

         De manera que las culpas por la continuación de la guerra, dan una cabriola hacia el campamento enemigo, lejos del Mariscal. Al respecto Bray se pregunta: "¿Porqué los brasileños no iniciaron la persecución, dando alcance a Solano López, si no esa misma noche, el día después o en los que siguieron luego?". Y el mismo autor se responde con las dudas que aun se retuercen entre los variados intentos de explicar lo inexplicable: "¿Excesiva prudencia o propósitos perversos de prolongar aquella guerra -que como todas- era fuente de ganancias y utilidades para más de uno?" (1).

         Sobre lo mismo y ya apuntando hacia el general Caxías, el coronel Thompson se pregunta: "¿O lo hizo (permitir el escape) para dar a López el tiempo necesario para reunir hasta el último paraguayo con el objeto de exterminarlos en guerra civilizada" (2).

         Francisco Doratioto ofrece una completa explicación sobre el incidente. Con alegaciones y versiones de testigos, como fundamentados en archivos. En la que no se omite la presunta responsabilidad del Jefe brasileño en el hecho. Entre las primeras versiones aparecen las conocidas: que el ministro Mc Mahon, hermano masón como Caxías, había negociado la salida de López con la promesa de que éste se retiraría de la guerra. Que hubo otros emisarios para el mismo proyecto de escape y que incluso -y esto es una novedad dentro de la bibliografía sobre la guerra- habría habido una conversación entre Caxías y López.

         Para explicar esta sorprendente posibilidad, Doratioto acude a un escrito del capitán del ejército brasileño Jacob Franzen en el que éste afirmaba que "el 26 de Diciembre hubo una conferencia entre Caxías y López donde el general brasileño solicitó la liberación del mayor Cunha Mattos -quien había sido aprisionado el 3 de Noviembre en el ataque paraguayo a Tuyutí- y el dictador paraguayo puso como condición para atender tal pedido que lo dejasen salir de Ita Yvate" (3). De acuerdo a esta misma versión, "al día siguiente López envió a Cunha Mattos y entonces se le permitió la salida" (4).

         El prestigio de que goza -y gozaba entonces- Caxías en el Brasil, atenuó la desconfianza generada hacia su protagonismo en el incidente. Pero no evitó que en la misma Cámara de Senadores (Caxías era Senador por el Partido Conservador) y en un discurso pronunciado el 15 de Julio de 1870, el ex conductor del Ejército Imperial explicara las razones de su inacción de aquel momento: "...Yo no podía saber por dónde había huido López, el ejército enemigo se deshizo frente a nosotros (...) López se había escapado por la picada del potrero Mármol con sesenta jinetes. ¿Cómo había de perseguirlo en una circunferencia de tres leguas (20 kilómetros), que era lo que comprendía el área de operaciones? Yo estaba en un punto, López huyó por el otro, internándose en el bosque. ¿Cómo perseguirlo? No obstante, yo había ordenado ubicar a la caballería en esos lugares; pero él podía pasar por el bosque sin que lo notase la caballería. En un gran combate, un grupo de sesenta hombres pasa inadvertido. Además, este grupo se internó en un bosque que nadie sabía adónde conducía. A mi retaguardia se encontraba Angostura (...) ¿cómo habría de internarme en esos caminos desconocidos por el ejército? No era posible, sobre todo con el enemigo ocupando Angostura en nuestra retaguardia (...) Hoy en día no hay nada más fácil que discurrir sobre la manera de haber atrapado a López; pero allá, ¿quién sabía dónde estaba, en tan considerable extensión de terreno ocupado por las fuerzas combatientes?..." (5).

         Puede notarse en este relato, que muchos de los puntos expuestos por Caxías son discutibles y pueden admitir razonables dudas. De lo que no se dudaba entonces, era que la guerra había finalizado. Si de Ita Yvaté se retiraron menos de 100 hombres y las fuerzas de Angostura se rindieron al día siguiente… ¿quién mas quedaba? ¿El menos del millar de desesperados que se arrastraban, nadaban -o morían- en el estero del Ypekuá rumbo a Azcurra? De manera que Caxías y Osorio pensaron que efectivamente, así había sido. Que la guerra terminó. Y fueron hasta Asunción a preparar sus maletas.

¿Por qué sería entonces López culpable de que la lucha continuara? ¿Tendría que haber ido a advertir a sus enemigos que todavía estaba vivo? Y que de acuerdo al Tratado Secreto -si él todavía vivo y no se rendía- ¿la guerra no podía terminar?



1. Bray, A., "Solano López, soldado de la gloria y el infortunio", pág. 369.

2. Thompson, G., "La Guerra del Paraguay", tomo II, pág. 103.

3. Doratioto, F., "Maldita guerra", pág. 359.

4. Doratioto, F., ob. cit., pág. 359.

5. Doratioto, F., ob. cit., pág. 363.







         6. ¿POR QUÉ HIZO PELEAR A LOS NIÑOS?



         Uno de los motivos de crítica más frecuentemente recurridos para enjuiciar al mandatario paraguayo, fue la presencia de niños en el ejército. Y efectivamente el contingente paraguayo alimentó y completó con pre adolescentes y niños su dotación desde los mismos orígenes de la guerra. Y no sólo después de la   devastación tras la campaña del Pikysyry. López demostraría con esto -al decir de Cunninghame Graham- "...su odiosa falta de humanidad" (1). Y sus defensores argumentarían -también como en muchos otros casos- que el Mariscal no había ordenado semejante cosa. O no sabía de lo que pasaba en la retaguardia o en los procedimientos de leva. Y ambos argumentos, por interesados en desvirtuar la verdad, son falaces.

         Ya en días posteriores a la rendición de Uruguayana, "La Tribuna" de Montevideo daba informes al respecto, transcribiendo declaraciones de Cándido Bustamante: "...Hoy me han sido entregados por el general Flores bajo custodia 1400 prisioneros (paraguayos), los que serán distribuidos en los cuerpos de infantería. Me consta que hay como 500 más en los otros batallones. La mayor parte son jóvenes; los hay hasta de 13 años" (2).

         Si no puede excusarse esta hipoteca sobre el futuro del Paraguay por el estéril sacrificio de sus jóvenes y niños, es difícil sin embargo, como ante cualquiera de las consignas morales que la guerra proscribe, otorgar una condena definitiva al hecho. No al menos sin atisbar en todas las características y situaciones que aquella deparó. Porque si ya muertos sus padres y hermanos mayores y peregrinantes tras los ejércitos... ¿cual era el destino de estos niños? ¿Cómo podrían escapar de la estrepitosa soledad que la guerra les deparaba? ¿Ser vendidos como esclavos, como comprobadamente sucedió a lo largo de la contienda? ¿O, como también sucediera, enviados como regalos a las fazendas del Brasil? ¿Ser vejados o degollados una vez hechos prisioneros, como tantas veces?

         Si se dudara de esto, el general Garméndia, nos habla de la "piedad aliada" hacia estos infantes guerreros. Durante la batalla de Avaí (11 de diciembre de 1868): "...aterrados y anonadados, sin escape, se agrupan entre si los paraguayos (5000 frente a 22000 aliados); los mas bravos, venden cara su vida, otros sucumben sin sentirlo; los niños lanzan sus armas y se arrojan a los pies de los soldados brasileños, se arrastran y oprimen sus rodillas, pidiendo compasión. La piedad no da oídos en aquella expansión de odios sin resistencia (...) Las atrocidades del tirano paraguayo habían endurecido el corazón de sus enemigos: ni un destello de piedad... La represalia está admitida en los ejércitos de la civilización, es el modo de humanizarse los pueblos bárbaros (3).

         Tras la caída de Piribebuy (12 de Agosto de 1869) el Conde de Taunay verificaba mortificado el "elevado número de niños muertos junto a las trincheras paraguayas recién conquistadas. ¡Cuántos niños de 10 años o menos aun -recordaba- muertos por heridas de bala o lanceados!" (4).

         La presencia de niños en la guerra no fue finalmente un aporte exclusivamente paraguayo. Del lado brasileño "...niños y jóvenes mal entrados en la pubertad, también combatían, mataban y morían". Es conocido el caso de José Gomes Pinheiro Machado, mas tarde Senador de la República "que se alistó con poco mas de 13 años" (5).

         Un decreto de Mitre fechado el 26 de Abril de 1865 (sin firmarse aun el Tratado Secreto) convocaba a las armas admitiendo "...el alistamiento de niños en el Batallón Belgrano, siendo condición para el efecto que no bajen de 15 años y que tengan el consentimiento de sus padres o tutores" (6).

         Hubo otros ejemplos. El abanderado del batallón Florida era Antonio Rivas, "una criatura de 12 años" según lo certifica el mismo León de Pallejas, comandante de dicho cuerpo (7). En rigor, de esta edad -o menos- eran todos los abanderados.

         No deja de ser inquietante por los detalles mencionados y ante un ejército como el aliado que, además de niños, enrolaba esclavos para el dudoso "honor" de morir libres; o criminales bajo el eufemismo de "hombres de mala fama"... ¿cuán condenable pudo haber sido la decisión de los paraguayos que sin otras alternativas dejaran que los niños se acoplaran en sus filas? O que frente a la exaltación de las virtudes heroicas con las que en el bando aliado se glorificó la actuación de estos pequeños, preguntarse con García Mellid: "…¿porqué era barbarie en López, lo que en Mitre o Flores era prematura expresión de heroísmo? (8).

         Finalmente y ante tanta sensibilidad: ¿No se dieron cuenta los aliados de su presencia, cuando después de las batallas incendiaban los campos de muerte llenos de niños heridos o simplemente ocultos entre los matorrales en el desesperado intento de huir, aunque fuera momentáneamente del horror?





1. Cit. p/ García Mellid, A., "Proceso a los falsificadores de la Historia del Paraguay", pág. 216.

2. Acevedo, E., "Anales Históricos del Uruguay", tomo III, pág. 381.

3. Garmendia, J.I., "Recuerdos de la Guerra del Paraguay", págs. 84 y 85.

4. Taunay, cit. por Ricardo Salles en "Guerra do Paraguay - Memoria e Imagens", pág. 129.

5. Salles, R., ob. cit., pág. 128,

6. García Mellid, A., "Proceso a los falsificadores de la Historia del Paraguay", pág. 215.

7. García Mellid, A., ob. cit., pág. 215.

8. García Mellid, A., ob. cit., pág. 216.





         7. ¿POR QUÉ FUERA DE LOMAS VALENTINAS Y CERRO CORÁ, NO PARTICIPÓ DE OTRAS BATALLAS?



         Además de las que se mencionan en el título, López no combatió en otras batallas. Si ese es un defecto que menoscabe su protagonismo y siempre con la intención de igualar errores o virtudes, habría que preguntarse: ¿estuvieron los otros en más batallas? Flores sí. Pero Pedro II estuvo a más de 1000 kilómetros de distancia durante toda la contienda. Mitre y el Jefe Oriental abandonaron, no sólo el campo de batalla sino la guerra misma a falta de dos años para su conclusión.

         Debe anotarse sin embargo -incluso en mérito a los conductores aliados- que si los enfrentamientos se produjeron en lugares y fechas específicas, nadie estaba ajeno a las armas y sus peligros, aun en los campamentos. Si ya señalamos que el error más grave de López fue la dirección de la guerra "a control remoto", puede resultar elemental y anodino acentuar sin embargo que los jefes no tenían que demostrar como en un lejano pasado, que fueran los más valientes o los de mayor fortaleza física sino, los más inteligentes, los de mayor capacidad intelectiva y de mayores responsabilidades.

         Pero aun si se pusiera en tela de juicio el coraje o la temeridad -el "inútil sacrificio" como le llamaron quienes pretendieron devaluar la resistencia paraguaya- bien vale el relato del coronel Centurión, testigo presencial de los siete días de batalla de Lomas Valentinas: "...El Mariscal mandaba en persona y se encontraba a caballo en el mojinete de la acera del cuadro de la derecha del cuartel general, rodeado de sus ayudantes, que caían a su lado, heridos o muertos. El hombre estaba inmutable, dando pruebas de mayor serenidad y sangre fría. Cuando el enemigo consiguió dominar por un momento la primera meseta, avanzó sobre la segunda, llegando hasta media cuadra del punto donde él estaba; pero ni aun entonces hizo el menor movimiento, manteniéndose tranquilo con la mayor impavidez" (1).





1. Centurión, J.C., "Memorias o reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay". tomo III. Citado por A. Bray, ob. cit. pág. 366.







         8. QUE HUYÓ SANO AUN, DE CERRO CORÁ



         Una imputación relativamente novedosa. Pero la simple lectura del reporte médico que certificó las heridas recibidas por López testimonian como ninguna otra prueba, su enfrentamiento al enemigo. Porque enfrentar quiere decir "hacer frente". La diferencia numérica no obstante -18000 aliados contra 412- permite asegurar que aquello no fue otra cosa que un empecinamiento cruel, antes que una persecución de unos a otros.

         El momento que precedió a la muerte del Mariscal está fielmente retratada en relatos de muchos testigos presenciales; paraguayos y brasileños. Y este último acto de la guerra se perfila claramente en la crónica del coronel Silvestre Aveiro, uno de los pocos que acompañó a López hasta aquellos instantes: "... Seis eran los enemigos de caballería, inclusive el Cabo (Francisco Lacerda) que los encabezaba, que llevaba lanza, y que marchaban al galope tomando el flanco izquierdo nuestro, y en una ensenada que forma el arroyo pudieron cortar la retirada a López, a quien le intimaron rendición (...) se acercaron a López, el cabo por un lado, y otro, por el otro, con ademán de tomarle de los brazos y este que llevaba un espadín desenvainado, quiso tirar de punta al cabo, quien ladeó el golpe al mismo tiempo de pegarle una lanzada en el bajo vientre, y el otro a su vez le dio un hachazo en la sien derecha...". Aun herido López se mantuvo -según el relato- "...siempre a caballo en un bayo tomado en la laguna Chichí a los brasileños" (1).

         La descripción hecha por Aveiro denota las enormes diferencias entre las fuerzas enfrentadas en Cerro Corá. Situación que desmentiría por sí sola la supuesta huida. Por lo que el Presidente de la República del Paraguay, Mariscal de su Ejército y Comandante en Jefe (dada el jaez de la acusación, parece que es necesario recordarlo), se encontraba sin armas, sin escolta y sin ninguna otra fuerza que lo defienda, sólo y rodeado del numeroso ejército enemigo. En tales condiciones, ni siquiera pudo haber persecución, huida o algo que se le parezca. Ni siquiera batalla "...por la simple razón de que en Cerro Corá no hubo, ni pudo haber habido, lo que se llama una batalla. Toda lucha de proporciones era imposible, quimérica y fantásticamente imposible, entre aquella cincuentena de soldados andrajosos, roídos por el hambre y las enfermedades, y los escuadrones bien nutridos y soberbiamente armados del general Cámara. Aquello fue una cacería humana, una simbólica resistencia de agonizante, un estéril y hermoso ondear de banderines desteñidos y hechos jirones, un ronco y desangrado ¡Viva la Patria!" (2).

         "...El Mariscal pereció asesinado" -concluye Bray en lapidaria crónica- "No de otra manera merece calificarse de repudiable acto de ultimar a un hombre herido, agonizante, debatiéndose en el momento final de su existencia, sin más armas que un espadín de ceremonia, que esgrime desfallecido, pero soberbio" (3).

         Y en cuanto al desesperado e incomprensible intento de cualquier ser humano, de prolongar la agonía aun con la muerte ya cercana y previsible; y con la pretensión de distanciarse de aquel momento fatal, huyendo hacia cualquier parte, el historiador brasileño José Bernardino Borman nos deja anotada esta semblanza: "¿Pensará salvarse? No; porque sabe que semejante a los dientes del áspid, cuya mordedura es mortal, ese fierro terminado en media luna que le penetrara en las vísceras, ha depositado allí los gérmenes de la muerte, que se le desenvolverán por instantes y que en breve lo tumbarán para siempre. Pero él quería huir, bien lejos, al interior del bosque solitario y sombrío que cubre la margen del Aquidaban nigüi, para esconder en su seno su última agonía. Él, el dictador temido y respetado como una divinidad, no podía morir como el común de los combatientes, enseñando las contorsiones producidas por el dolor a los ojos de sus enemigos. Sería una humillación. Quería, pues, entregar su último suspiro a los genios de la floresta, para que lo mezclasen al murmullo de las aguas de aquel río y resonase en el oído del pueblo paraguayo, como una plegaria por su engrandecimiento y libertad, si no como un anatema, como un grito de cólera y de vindicta, terriblemente amenazador, como deben ser la cólera y la vindicta de las divinidades..." (4).



1. Revista del Instituto Paraguayo, págs. 420/466.

2. Bray, A., Citado por J. Rubiani en "La Guerra de la Triple Alianza", tomo I, fascículo 98.

3. Bray, A., ob. cit. p/ J. Rubiani, fascículo 98.

4. Citado por E. Cardozo, en el diario "La Tribuna", Asunción, 1° de Marzo de 1970.



ENRIQUE RIVERA. Argentino  "José Hernández y la Guerra del Paraguay"





ENRIQUE RIVERA. Argentino

"José Hernández y la Guerra del Paraguay"



RAMÓN J. CÁRCANO. Argentino  "La Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza"


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"La Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza"



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VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA - Por JORGE RUBIANI




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