27 de diciembre de 2013

LA CONQUISTA DEL NUEVO REINO DE GRANADA



EPITOME DE LA CONQUISTA DEL NUEVO REINO DE GRANADA

SALAZAR RAMOS, R.J.; Filosofía de la Conquista en Colombia, Ed. El Buho, Bogotá 1983.

Selección de textos e introducción.

Gonzalo Ximénez de Quesada

Entre la Provincia de Santa Marta y la de Cartagena está un río que divide estas dichas dos Provincias y llaman el río de la Magda­lena y por nombre más conocido llamado comúnmente el río Grande porque en la verdad lo es harto, tanto, que con e ímpetu y furia que trae a la boca, rompe por la mar y se coge agua dulce una legua dentro por  aquel paraje.

Los de estas dos Provincias de Santa Marta y Cartagena, aunque más los de Santa Marta, porque estuvo poblada mucho antes que Cartagena, desde que Bastidas la pobló, iban siempre por este río Grande arriba los Gobernadores o sus Capitanes descubriendo las tierras y Provincias que hallaron pero ni los de la una goberna­ción ni la otra subieron el dicho río arriba de cincuenta o sesenta leguas. Los que más allegaron,que es hasta la Provincia que llaman de Sompayón, que está poblada a orilla del dicho río, porque aunque siempre tenían esperanza, por lenguas de indios, que muy adelante el río arriba había grandes riquezas y grandes provincias y señores de ellas dejaban de pasar adelante.

Las veces que allí llegaron, unas veces por contentarse con las riquezas que hasta allí habían ganado o rescatado de los indios, otras veces por impedi­mentos de grandes lluvias que encenagaban toda la vía y costa del dicho río por donde habían de subir. Las cuales aguas son muy importunas y ordinarias casi siempre por aquel río arriba, y en la verdad bien pudieran ellos vencer estos impedimentos, sino que los de Santa Marta se contentaron con la ramada de una provincia pequeña pero rica, que está cerca de la misma Santa Marta, hasta que la acabaron y destruyeron, no teniendo respeto a otro bien público ni privado sino a sus intereses.

También los de Cartagena se contentaron con las sepulturas del Cenú, donde hallaron harto oro y era cerca de Cartagena, y como también aquello se acabó como lo de Santa Marta, los unos y los otros quedaron con que sola la esperanza de lo que se descubriese el río arriba por la grande noticia y nuevas que por lenguas de indios de ello tenía y aun no solamente los de estas dos Gobernaciones, pero aun los de la Go­bernación de Venezuela, que poblaron los alemanes y los de Ura­pari, los cuales tenían también grande noticia por lengua de indios de una provincia poderosa y rica que se llamaba Meta, que por la derrota que los indios mostraron venía a ser hacia el naci­miento de dicho río Grande, aunque ellos no tenían el camino para ir a ella por la costa del dicho río, como los de Santa Marta y Cartagena, pero habían de ir atravesando sus Gobernaciones por la tierra adentro, y todas las noticias de estas Gobernaciones, así de las unas como de las otras, que tan levantados traían los pies a todos los de la mar del Norte por aquella costa, según después aparecido era una misma cosa que era este nuevo Reino de Gra­nada que descubrió y pobló el Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, para el cual estuvo guardado esto, lo cual pasó de esta manera:

El año de mil quinientos treinta y seis, por el mes de abril, el dicho Gonzalo Jiménez de Quesada, Mariscal que ahora es del dicho Nuevo Reino, partió de la dicha ciudad de Santa Marta, que está a la costa de la mar, a descubrir el río Grande arriba, por la banda de Santa Marta, con seiscientos soldados, repartidos en ocho compañías de infantería, y con ciento de a caballo, y asi­mismo con ciertos bergantines por el río, para que fuesen bande­ando y dando ayuda al dicho Licenciado, que iba por tierra, des­cubriendo por la misma costa del río.

Los Capitanes de infantería que llevó consigo se llamaban: el Capitán Sanmartin, el Capitán Céspedes, el Capitán Valenzuela, el Capitán Lázaro Fonte, el Ca­pitán Libxixa, el Capitán Juan de Irinco, el Capitán Suárez, y la otra compañía era la guarda del dicho Licenciado Capitán General .

Los Capitanes de los bergantines que iban por el agua se llama­ban: el Capitán Corral, el Capitán Cardoso, el Capitán Albarracín; esta armada se hizo con voluntad y consentimiento del Goberna­dor, que a la sazón era en Santa Marta el que después de la muerte de García de Lerma era don Pedro Lugo, Adelantado de Canaria, padre del Adelantado don Alonso, que ahora es, del cual Adelan­tado don Pedro, el dicho Licenciado fue Capitán General y su se­gunda persona, el cual dicho Adelantado don Pedro murió en estos mismos días que dicho Licenciado salió a conquistar, y ansí todas las cosas de aquella Provincia quedaron a cargo y devoción del dicho Licenciado.

Partido el dicho Licenciado a la dicha conquista, subió por el río arriba, descubriendo más de un año por la costa del dicho río más de cien leguas más que los otros primeros habían subido. Y paró en un lugar que se llama La Tora, por otro nombre el Pue­blo de los Brazos, que era de la costa del mar y de la boca del río ciento cincuenta leguas, y hasta este lugar se tardó mucho tiempo, por grandes dificultades de aguas y de otros muchos caminos de montes muy cerrados que hay por aquella costa del río, en este pueblo de La Tora se paró para invernar el dicho Licenciado y su campo, porque ya cargaban tan de golpe las aguas, que ya no se podía ir más adelante, y el río venía tan crecido, que sobraba por la barranca, iba por la tierra y campos que no se podía caminar por la costa de él, y ansí subió el dicho Licenciado los bergantines a descubrir por el río, porque por la costa era imposible, como está dicho, y subieron otras veinte leguas más arriba, y se volvie­ron sin traer ninguna buena relación, porque hallaron que el río venía ya tan fuera de madre que no había lugar de indios en la costa del sino muy pocos en algunos isletos. Todo lo demás era agua cuanto se veía.

Visto ya el poco remedio que ya para subir el dicho río arriba había, acordó el dicho Licenciado de ir a descubrir por un brazo pequeño que cerca del dicho pueblo donde estaba entraba en el río Grande y parecía venir de unas sierras y montañas, grandes que estaban a mano izquierda, las cuales montañas, según supimos después de descubiertas, se llamaban las sierras de Opón.

Llevábamos antes de llegar a La Tora cierta esperanza caminan­do por el río arriba, y era ésta que la sal que se come por todo el río arriba entre los indios es por rescates de indios que la traen de unos en otros desde la mar y costa de Santa Marta, la cual dicha sal es de grano y sube por vía de mercancía más de setenta leguas por el dicho río, aunque cuando llega tan arriba ya es tan poca, que vale muy cara entre los indios, y no la come sino la gente principal, y los demás la hacen de orines de hombres y de polvos de palma; pasado esto dióse luego en otra sal, no de grano como la pasada, sino en panes que eran grandes como de pilones de azú­car, y mientras más arriba subimos por el río más barata salía esta sal entre los indios, y ansí por esto como por la diferencia que de la una sal y de la otra se conoció claramente que si la de granos subía por el dicho río, esta otra abajaba y que no era posible no ser grande tierra de buena, habido respecto a la contractación grande de aquella sal que por el río abajaba y ansí decían los in­dios que los mesmos que les venían a vender aquella sal decían que adonde aquella sal se hacia había grandes riquezas y era gran­de tierra, la cual era de un poderosísimo señor de quien contaban grandes excelencias, y por esto teníase por espanto haberse ataja­do el camino, de arte que no se pudiese subir más por el dicho río y haberse acabado aquella noticia de donde venía aquella sal.

El Licenciado, como está dicho, fue por aquel brazuelo de río arriba en descubrimiento de aquellas sierras de Opón, dejando ya el río Grande y metiéndose la tierra adentro, y los bergantines volviéronse a la mar, quedándose la más de la gente con el dicho Licenciado y los mesmos Capitanes dellos para suplir alguna parte de la mucha gente que se le había muerto al dicho Licenciado. El cual anduvo por las dichas sierras de Opón muchos días descu­briéndolas. Las cuales tienen de travesía cincuenta leguas, son frigolas y de mucha montaña, mal pobladas de indios y con hartas dificultades.

Las atravesó el dicho Licenciado, topando siempre en aquellos pequeños pueblos de aquellas sierras, grandes cantidades de la sal que habemos dicho, por donde se vio claramente ser aquél el ca­mino por donde bajaba la dicha sal por contractación al dicho río Grande; después de muchas dificultades atravesó el dicho Licen­ciado aquellas sierras montañosas y dio en la tierra rasa, que es el dicho Nuevo Reino de Granada, el cual comunica pasando las dichas sierras; cuando aquí se vio la gente pareció haber llegado a donde deseaban, y entendióse luego en la conquista de aquella tierra, aunque ciegos por no saber en la tierra en que estaban y también porque lenguas como entenderse con los indios ya no las había, porque la lengua del río Grande ya no se hablaba en las sierras, ni en el Nuevo Reino se habla la de las sierras, pero lo mejor que se pudo se comenzó a entender en la dicha noticia y descubrimiento y conquista del dicho Nuevo Reino, lo cual pasó desta arte.

Hase de presuponer queste dicho Nuevo Reino de Granada, que comienza pasadas las dichas guerras de Opón, es todo tierra rasa, muy poblado en gran manera, y es poblado por valles. Cada valle es su población por sí toda esta tierra rasa y Nuevo Reino está metido, y el cercado alrededor de sierras y montañas pobla­das de cierta nación de indios, que se llaman panches, que comen carne humana, diferente gente de la del Nuevo Reino, que no la comen, y diferente temple de tierra, porque los panches es tierra caliente, y el Nuevo Reino es tierra fría a lo menos muy templada, y ansí como aquella generación de indios se llaman panches, ansí esta otra generación del Nuevo Reino se llaman moscas, tiene de largo este Nuevo Reino ciento treinta leguas, poco más o menos; de ancho tenía treinta, y por partes veinte, y aun por parte menos, porque es angosto, está la mayor parte del en cinco grados desta parte de la línea, y parte del en cuatro, y alguna parte en tres.

Este Nuevo Reino se divide en dos partes o dos Provincias, la una se llama de Bogotá, la otra de Tunja, y ansí se llaman los señores della, del apellido de la tierra cada uno destos dos señores son poderosísimos de grandes señores y caciques que le son sujetos a cada uno dellos.

La Provincia de Bogotá es mayor, y ansí el señor della es más poderoso que el de Tunja, y aun de mejor gente podrá poner el señor de Bogotá, a mi parecer, sesenta mil hombres en campo, pocos más o menos, aunque yo en esto me acorto, porque otros se alargan mucho; el de Tunja podrá poner cuarenta mil, y también no voy por la opinión de otros sino acortándome.

Estos señores y provincias siempre han traído muy grandes diferencias de guerras muy continuas y muy antiguas, y ansí los de Bogotá como los de Tunja, especialmente los de Bogotá, porque les caen más cerca las traen también con la generación de panches que ya habemos dicho que los tienen cercados.
La tierra de Tunja es más rica que la de Bogotá, aunque la otra lo es harto, pero oro y piedras preciosas, esmeraldas, siempre lo hallamos mejor en Tunja.

Fue grande la riqueza que se tomó en la una Provincia y en la otra, pero no tanto como lo del Perú con mucho, pero en lo de esmeraldas fue esto del Nuevo Reino mayor no sólo que las que se hallaron en el Perú, en la conquis­ta del, pero más que en este artículo se ha oído jamás desde la creación del mundo, porque cuando se vinieron a hacer partes en­tre la gente de guerra, después de haber pasado la conquista, se partieron entrellos más de siete mil esmeraldas, donde hubo pie­dras de mucho valor y muy ricas, y esto es una de las causas por­que dicho Nuevo Reino se debe de tener en más que otra cosa que haya acaecido en Indias, porque en él se descubrió lo que nin­gún príncipe cristiano ni infiel sabemos que tenga, pues que se descubrieron, aunque mucho tiempo lo quisieron tener los indios muy secreto.

Las minas de donde las dichas esmeraldas se sacan, que no sa­bemos agora de otras en el mundo, aunque sabemos que las debe de haber en alguna parte, pues que hay piedras PreCiosas en el Perú, y algunas esmeraldas, mas nunca se han sabido las minas dellas.

Estas minas son en la Provincia de Tunja, y es de ver dónde fue Dios servido, que pareciesen las dichas minas, que es una tierra extraña en un cabo de una sierra pelada, y está cercada de otras muchas sierras montuosas, las que les hacen una manera de puerta por donde entran a la de las dichas minas, es toda aquella tierra muy fragosa; tendrá la sierra de las dichas minas desde donde se comienza hasta donde se acaba, media legua pequeña o poco menos; tienen los indios hechos artificios para sacallas, que son unas acequias hondas y grandes por donde viene el agua para lavar la dicha tierra que sacan de las dichas minas para seguir las dichas vetas donde las dichas esmeraldas, están, y así por esta razón no las sacan sino es en cierto tiempo del año, cuando hace muchas aguas, porque como lleva aquellos montones de tierras quedan las minas más limpias para seguir las venas.

La tierra de aquellas minas es muy fofa y movediza, y ansí es hasta que los indios comienzan a descubrir alguna veta, y luego aquéllos siguen ca­vando con su herramienta de madera, sacando las esmeraldas que en ella hallan; esta veta es a manera de greda. Los indios ha­cen en esto, como en otras muchas cosas, hechicerías para sacallas, que son tomar y comer ciertas verbas con que dicen en qué veta hallaban mejores piedras; el señor destas minas es un cacique que se llama Sumindoco, sujeto al gran Cacique Tunja, asentada y su tierra y minas en la postrera parte de la dicha Provincia de Tunja.

Cuanto a la de la conquista, cuando entraron en aquel Nuevo Reino los cristianos fueron recibidos con grandísimo miedo de toda la gente, tanto, que tuvieron por opinión entrellos de que los españoles eran hijos del Sol y de la Luna, a quien ellos adoran y dicen que tienen sus ayuntamientos como hombre y mujer, y que ellos los habían engendrado y enviado del cielo a estos sus hijos para castigallos por sus pecados, y ansi llamaron luego a los espa­ñoles uchíes, ques un hombre compuesto de usa, que en su lengua quiere decir sol, y chíes, luna, como hijos del sol y de la luna, y ansí entrando por los primeros pueblos los desamparaban y se su­bían a las sierras que estaban cerca, y desde allí les arrojaban sus hijitos de las tetas para que comiesen, pensando que con aquello aplacaban la ira que ellos pensaban ser del cielo; sobre todo co­gieron gran miedo a los caballos, tanto, que no es creedero, pero después, haciéndoseles los españoles tratables y dándoles a en­tender lo mejor que se podía sus intentos, fueron poco a poco perdiendo parte del miedo.

Sabido que eran hombres como ellos, quisieron probar la ventura; cuando esto fue era ya muy metidos en el Nuevo Reino en la Provincia de Bogotá; allí salieron a dar una batalla lo mejor en orden que pudieron, grande cantidad de gente, que era la que habemos dicho arriba, porque fueron fácil­mente desbaratados, fue tan grande el espanto que tuvieron en ver correr los caballos, que luego volvieron las espaldas, y ansi lo hicieron todas las otras veces que se quisieron poner en esto, que no fueron pocas, y en la Provincia de Tunja fue lo mesmo cuando en ello se quisieron poner, e por eso no hay para qué dar particular cuenta de todos los reencuentros y escaramuzas que se tuvieron con aquellos bárbaros más que todo el año de treinta y siete y parte del treinta y ocho se gastó en sujetallos a unos por bien y a otros por mal, como convenía hasta questas dos Provin­cias de Tunja y de Bogotá quedaron bien sujetas y asentadas en la obediencia debida a Su Majestad, y lo mesmo quedaron la Nación y Provincia de los panches, que como más indómitos e intratables y aun como gente más valiente que lo son así por sus personas como por ayudarles al sitio de su tierra, que son montañas frago­sas, donde no se pueden aprovechar de los caballos, pensaron que no les habían de acaecer como a sus vecinos, y pensaron lo mal, porque les sucedió de la mesma arte, y los unos y los otros que­daron en la sujeción que está dicho.

Los del Nuevo Reino de las dos Provincias de Bogotá y de Tunja es gente menos belicosa, pelean con grande grita y voces; las armas con que pelean son unas flechas tiradas con unas tiraderas como asiento sobre brazo; otros pelean también con macanas, que son unas espadas de palmas, pesadas; juéganlas a dos manos, y dan grande golpe; también pelean con lanzas, ansi mesmo de palmas de hasta diez y seis o diez y siete palmos, tostadas, agudas de punta.

En sus batallas tienen una cosa extraña; que los que han sido hombres afamados en la guerra y son ya muertos, les confec­cionan el cuerpo con ciertas unturas, que queda toda el armazón entera, sin despegarse, y a éstos los traen después en las guerras, ansí muertos, cargados a las espaldas de algunos indios, para dar a entender a los otros que peleen como aquéllos pelearon en su tiempo, pareciéndoles que la vista de aquéllos les ha de poner vergüenza para hacer su deber. Y ansí cuando las batallas primeras, que con los españoles hubieron, venían a pelear con muchos de aquellos muertos a cuestas.

Los panches es gente más valiente, andan desnudos en carnes, si no son sus vergüenzas, pelean con más fuertes armas que los otros, porque pelean con arcos y flechas y lanzas muy mayores que las de los moscas; pelean ansí mesmo con hondas, pelean con paveses y macanas, que son sus espadas, y con todo este géne­ro de armas pelea cada uno dellos sólo desta manera.

Tienen unos grandes paveses que los cubren de pies a cabeza de pellejos de animales aforrados, y el aforro está hueco, y en aquello hueco del aforro traen todas las armas ya dichas; y si quieren pelear con lan­za, sácanla de lo hueco del pavés, donde la tienen atravesada; y si se cansan de aquella arma, sacan del mesmo hueco el arco y las flechas, o lo que quieran y échanse el pavés a las espaldas, que es liviano por ser de cuero o tráenlo delante para defenderse cuando es menester pelean callando; al revés de los otros, tienen estos pan­ches una costumbre en la guerra, también extraña: que nunca en­vían a pedir paz ni tratan de acuerdo con sus enemigos, sino por vía de mujeres, pareciéndoles que a ellas no se les puede negar cosa, y que para poner en paz los hombres tienen ellas más fuer­zas para que se hagan sus ruegos.

Cuanto a la vida y costumbres e religión, y las otras cosas des­tos indios del dicho Nuevo Reino, digo que la disposición desta gente es la mejor que se ha visto en Indias, especialmente las mu­jeres tienen buena hechura de rostros y bien figurados, no tienen aquella mala manera y desgracia que las de otras indias que habe­mos visto, ni aun son en la color tan morenas, ellos ni ellas, como los de las otras partes de Indias, sus vestidos dellos y dellas son mantas blancas y negras y de diversos colores ceñidas al cuerpo que las cubren desde los pechos hasta los pies, y otras encima de los hombros, en lugar de capas y mantas, y ansí andan cubiertos todos.

En las cabezas traen comúnmente unas guirnaldas hechas de algodón con unas rosas de diferentes colores de lo mesmo, que les viene a dar en derecho de la frente, algunos caciques princi­pales traen algunas veces bonetes hechos allá, de su algodón, que no tienen otra cosa de qué vestirse, y algunas mujeres de las prin­cipales traen unas cofias de seda algunas veces. Esta tierra, como está dicho, es fría pero tan templadamente, que no da el frío enojo ninguno ni deja de saber bien la lumbre cuando se llegan a ella, y todo el año es desta manera uniforme, porque aunque hay verano y se agosta la tierra pero no para que haya notablemente diferencia del verano al invierno.

Los días no son iguales de las noches por todo el año, por estar tan cerca de la tierra, es tierra en extremo insana sobre todas cuantas se han visto. Las maneras de sus casas y edificios, aunque son de madera y cubiertas de un feno largo que allá hay, son de la más extraña hechura y labor que se ha visto, especialmente la de los caciques y hombres principales, porque son a manera de alcázares, con muchas cercas alrededor, de la manera que acá suelen pintar el laberinto de Troya; tienen grandes patios las casas, de muy grandes molduras de bulto y también pinturas por toda ella.

Las comidas desta gente son las de otras partes de Indias, y algunas más, porque su principal mantenimiento es maíz y yuca, sin esto tienen otras dos o tres maneras de plantas de que se aprovechan mucho para sus mantenimientos, que son unas a manera de turmas de tierra, que llaman yomas, y otras a manera de nabos, que llaman cubias, que echan en sus gui­sados, y les es grande mantenimiento. Sal hay infinita, porque se hace allí en la mesma tierra de Bogotá, de unos pozos que hay sa­lados en aquella tierra, adonde se hacen grandes panes de sal y en grande cantidad, la cual va por contratación por muchas partes, especialmente por las sierras de Opón a dar al río Grande, como ya está dicho, Las carnes que comen los indios en aquesta tierra, son venados, de que hay infinidad, en tanta abundancia, que los basta a mantener como acá los ganados.

Ansí mesmo comen unos animales a manera de conejos, de que también hay muy grande cantidad, que llaman ellos tucos, y en Santa Marta y en la costa de la mar, también los hay, y los llaman curíes. Aves hay pocas, tórtolas hay algunas. Anades de agua, hay mediana copia dellas, que se crían en las lagunas que hay por allí; muchos pescados se crían en los ríos y lagunas que hay en aquel Reino, y aunque no es gran abundancia, es la mejor que se ha visto jamás, porque es de diferente gusto y sabor que de cuantos se han visto. Es sólo un género de pescado, y no grande, sino de un palmo y de dos, y de aquí no pasa, pero es admirable cosa de comer.

La vida moral destos indios y policía suya es de gente de me­diana razón, porque los delitos ellos los castigan muy bien, espe­cialmente el matar y el hurtar y el pecado nefando de que son muy limpios, que no es poco para entre indios, y ansí hay más horcas por los caminos y más hombres puestos en ellas que en España; también cortan manos, narices y orejas por otros delitos no tan grandes, y penas de vergüenza hay para las personas prin­cipales, como rasgarles los vestidos y cortarles los cabellos, que entrellos es grande ignominia; es grandísima la reverencia que tienen los súbditos a sus caciques, porque jamás les miran a la cara aunque estén en conversación familiar, de manera que si entran donde está el cacique, han de entrar vueltas las espaldas hacia él, reculándose hacia atrás y asentándose, o en pie han de estar desta manera, de manera que en lugar de honra tienen siem­pre vueltas las espaldas a sus señores.

En el casarse no dicen pala­bras ni hacen ceremonias ningunas más de tomar su mujer y lle­vársela a su casa, cásanse todas las veces que quieren y todas las mujeres que pueden mantener, y ansí uno tiene diez mujeres y otro veinte, según la cualidad del indio, y Bogotá, que era rey de todos los caciques, tenía más de cuatrocientas; esles prohibido el matrimonio en el primer grado, y aun en algunas partes del dicho Nuevo Reino en el segundo grado; también los hijos no heredan a sus padres sus haciendas y estados, sino los hermanos, y si no hay hermanos, los hijos de los hermanos muertos, y destos como tampoco nos les heredan sus hijos sino sus mesmos sobrinos o primos viene a ser todo una cuenta con lo de acá, salvo questos bárbaros van por estos rodeos, tienen repartidos los tiempos de meses y año muy a  propósito; los diez días primeros del mes comen una yerba, que en la costa de la mar llaman hayo, que los sustenta mucho y les hace purgar sus indisposiciones, a cabo des­tos días, limpios ya del hayo, tractan otros diez días en sus la­branzas y haciendas, y los otros diez que quedan del mes los gastan en sus casas en conversar con sus mujeres y en holgarse con ellas, con las cuales no viven en un mesmo aposento, sino todas ellas en uno y él otro, este repartimiento de los meses se hace en algunas partes del Nuevo Reino; de otra manera hacen de más largo y de más días cada uno destos repartimientos.

Los que han de ser ca­ciques o capitanes, ansí hombres como mujeres, métenlos cuando pequeños en unas casas encerrados allí, están algunos años según la calidad de lo que espera heredar, y hombre hay questá siete años; este encerramiento es tan estrecho, que en todo este tiempo no ha de ver el sol, porque si lo viese, perdería el estado que espe­ra; tienen allí con ellos quien los sirvan, y danles de comer ciertos manjares señalados y no otro; entran allí los que tienen cargo desto de ciertos a ciertos días, y danles muchos y terribles azotes, y en esta penitencia están el tiempo que he dicho, y salido ya pué­dese horadar las orejas y las narices para traer oro, que es la cosa entrellos de más honra; también traen oro en los pechos, que ellos cubren con unas planchas, traen también unos capacetes de oro, a manera de mitras, y también lo traen en los brazos; es gente muy perdida por cantar y bailar a su modo, y éstos son sus pla­ceres; es gente muy mentirosa, como toda la otra gente de Indias, que nunca saben decir verdad; es gente de mediano ingenio para cosas artífices, como en hacer joyas del oro y remedar en las que ven en nosotros y en el tejer de su algodón conforme a nuestros paños para remedarnos, aunque lo primero no lo hacen tan bien como los de la Nueva España, ni lo segundo tan bien como los del Perú.

Cuanto a lo de la religión de estos indios, digo que en su mane­ra de error son religiosísimos, porque allende de tener en cada pueblo sus templos que los españoles llamarían allá santuarios, tienen fuera del lugar ansí mesmo muchos con grandes carreras y andenes que tienen hechos dende los mesmos pueblos hasta los mesmos templos, tienen sin esto infinidad de ermitas, en montes, en ca­minos y en diversas partes; en todas estas casas de adoración tienen puesto mucho oro y esmeraldas, y sacrifican en estos templos, con sangre y agua y fuego, desta manera con la sangre, matando muchas aves y derramando la sangre por el templo y todas las ca­bezas dejándolas atadas en el mesmo templo colgadas.

Sacrifican con agua, ansí mesmo derramándola en el mesmo santuario, y también por caños; sacrifican con fuego metiéndolo en el mesmo santuario y echando ciertos sahumerios, y a cada cosa destas tienen apropiadas sus oraciones, las cuales dicen cantadas, con sangre humana; no sacrifican sino es en una de dos maneras, la una es si en la guerra de los panches sus enemigos prenden algún muchacho que por su aspecto se presuma no haber tocado a mujer, a este tal, después de vueltos a la tierra lo sacrifican en el santuario, matán­dolo con grandes clamores y voces. La otra es que ellos tienen unos sacerdotes muchachos para sus templos, cada cacique tiene uno y pocos tienen dos, porque les cuestan muy caros, que los compran por rescate en grandísimo precio, llámanles a éstos mo­jas, van los indios a comprallos a una provincia que estará treinta leguas del Nuevo Reino, que llaman la Casa del Sol, donde se crían estos niños mojas.

Traídos acá al Nuevo Reino sirven en los santuarios, como está dicho, y esto dicen los indios que se entien­den con el Sol y le hablan y reciben sus respuestas, éstos que vienen siempre de siete a ocho años al Nuevo Reino son tenidos en tanta veneración, que siempre los traen en los hombros, cuando éstos llegan a edad que les parece que pueden ser potentes para ya tocar a mujer, mátanlos en los templos y sacrifican con su sangre a sus ídolos, pero si antes desto la ventura del moja ha sido tocar a mujer, luego es libre de aquel sacrificio, porque dicen que su sangre ya no vale para aplacar los pecados.

Antes que vaya un señor a la guerra contra otro están los unos y los otros un mes en los campos a la puerta de los templos toda la gente de la guerra cantando de noche y de día, sino son pocas horas que hurtan para el comer y el dormir, en los cuales cantos están rogando al Sol y a Luna y a los otros ídolos a quien adoran que les dé victoria, y en aquellos cantos les están contando todas las cosas justas que tienen para hacer aquella guerra, y si vienen victoriosos para dar gracias de la victoria están de la mesma ma­nera. Otros ciertos días, y si vienen desbaratados lo mesmo can­tando como en lamentación su desbarato, tienen muchos bosques y lagunas consagradas en su falsa religión, donde no tocan a cortar un árbol, ni tomaran una poca de agua por todo el mundo; por estos bosques van también a hacer sus sacrificios, y entierran oro y esmeraldas en ellos, lo cual está muy seguro que nadie tocará; en ello, porque pensarían que luego se habían de caer muertos lo mesmo es en lo de las lagunas, las que tienen dedicadas para sus sacrificios que van allí y echan mucho oro y piedras preciosas que quedan perdidas para siempre, ellos tienen al Sol y a la Luna por criadores de todas las cosas, y creen dellos que se juntan como marido y mujer a tener sus ayuntamientos.

Sin esto tienen otra muchedumbre de ídolos, los cuales tienen como nosotros acá a los santos para que rueguen al Sol y a la Luna por sus cosas, y ansi los santuarios o templos dellos está cada uno dedicado al nombre de cada ídolo.

Sin estos ídolos de los templos tiene cada indio, por pobre que sea, un ídolo particular, y dos y tres y más, que es a la letra lo que en tiempo de gentiles llamaban lares; estos ídolos caseros son de oro muy fino, y en lo hueco del vientre muchas esmeraldas, según la calidad de cuyo es el ídolo, y si el indio es tan pobre que no tiene para tener ídolo de oro en su casa, tiénelo de palo, y en lo hueco de la barriga, pone el oro y las esmeraldas que puede alcanzar; estos ídolos caseros son pequeños; y los mayores son como del codo a la mano; es tanta la devo­ción que tienen, que no irán a parte ninguna, ora sea a labrar a su heredad, ora sea a otra cualquiera parte que no lo llevan en una espuerta pequeña colgando del brazo, y lo que más es despantar, cubrir desde el Nuevo Reino, y lo descubrieron detrás de la tierra de los panches, hasta veinticinco leguas del dicho Nuevo Reino y ansi no fue menester volver por las montañas de Opón, por donde había entrado, que fuera pesadumbre muy grande.

Un mes antes de la partida del dicho Licenciado, vino por la banda de Venezuela Nicolás Federman, Capitán y Teniente de Gobernador de Jorge Espira, Gobernador de la Provincia de Ve­nezuela, por los alemanes, con noticia y lengua de indios que venían a una muy rica tierra, traía ciento cincuenta hombres, ansí mesmo dentro de otros quince días, vino por la banda del Perú, Sebastián de Benalcázar, Teniente y Capitán en el Quito, por el Marqués don Francisco Pizarro, y traía pocos más de cien hombres, que también acudió allí con la mesma noticia, los cuales se halla­ron burlados cuando hallaron que el dicho Licenciado y españoles de Santa Marta estaban en ello cerca de tres años había, el dicho Licenciado les tomó la gente, porque tenía necesidad della para repartilla en los pueblos de españoles que había edificado la de Federman tomóla toda y de la Benalcázar, tomó la mitad, y la otra mitad se volvió a una Provincia que el dicho Benalcázar dejaba po­blada entre el Quito y el Nuevo Reino, que se llama Popayán, de que al presente es Gobernador; después de tomada la gente a estos Ca­pitanes y repartida, les mandó a ellos que se embarcasen en los bergantines con él para la costa de la mar y para España, lo cual ansí esto como lo de la gente, tomaron impacientísimamente estos Capitanes, especialmente Nicolás Federman, que decía que se le hacia notorio agravio en no dalle su gente y libertad a su persona para volverse a su Gobernación, pero sin embargo desto el Licen­ciado los sacó de la tierra y los trujo en sus bergantines a la costa de la mar, y de allí ellos holgaron de venir en España, a la cual vino el dicho Licenciado por noviembre el año de treinta y nueve, cuando Su Majestad comenzaba a atravesar por Francia, por tierra, para Flandes, el dicho Licenciado trujo grandes diferencias de pleitos con don Alonso de Lugo, Adelantado de Canaria, casado con doña Beatriz de Noroña, hermana de doña María de Mendoza, mujer del Comendador Mayor de León.

Los pleitos fueron sobreste Nuevo Reino de Granada, porque decía el dicho Adelantado que su padre, el otro Adelantado, tenía la Gobernación de Santa Marta por dos vidas, por la del padre y por la del hijo, y porque el dicho Nuevo Reino entraba en la de­marcación de la provincia de Santa Marta y ansí los del Consejo mandaron que entrase en la dicha Gobernación de Santa Marta, y metieron la una Gobernación en la otra, y el dicho don Alonso las fue a gobernar y después vino, y Su Majestad, por mejor manera de Gobernación, ha puesto allí una Chancillería Real con ciertos Oidores que tienen cargo de aquellas Provincias y de otras comarcas.

A este Nuevo Reino de Granada puso este nombre el dicho Li­cenciado, ansí por vivir él cuando vivía en España en estotro Reino de Granada de acá, y también porque se parecen mucho el uno al otro, porque ambos están entre sierras y montañas, ambos son de un temple más frío que calientes y en el tamaño no difie­ren mucho.

Su majestad por el servicio de habelle descubierto, ganado y poblado el dicho Nuevo Reino, el dicho Licenciado le hizo merced dalle titulo de Mariscal del dicho Reino, dióle más dos mil ducados de renta en las rentas del dicho Reino, hasta que le dé perpetuidad para la memoria del y de sus descendiente, dióle más provisión para suplirle el absencia que había hecho del dicho Nuevo Reino para que le den sus indios que rentan más de otros ocho mil duca­dos y más le hizo su Alcalde de la principal ciudad del dicho Reino con cuatrocientos ducados cada año y más ciertos regimientos y otras cosas de menos calidad.

El dicho Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, Mariscal que agora es del dicho Nuevo Reino de Granada, es hijo del Licen­ciado Gonzalo Jiménez y de Isabel de Quesada, su mujer, viven en la ciudad de Granada, su naturaleza y de sus pasados es de la ciu­dad de Córdoba.

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