20 de diciembre de 2013

El robo de la copa Jules Rimet

19 DE DICIEMBRE DE 1983
El robo de la copa Jules Rimet  

Hace treinta años desaparecía en Brasil el mítico trofeo, símbolo de las gestas deportivas de la selección más laureada en la historia de los campeonatos del mundo de fútbol

El robo de la copa Jules Rimet



Cuando en la mañana del día 20 de diciembre trascendió la noticia, nadie en Brasil podía dar crédito a lo acontecido la noche anterior: la Copa Jules Rimet, símbolo de las gestas deportivas de la selección más laureada en la historia de los campeonatos del mundo de fútbol, había sido robada. Dos hombres encapuchados, después de reducir, maniatar y vendar los ojos al vigilante del edificio, habían entrado en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), en la céntrica calle Alfandega de Rio de Janeiro. Provistos de las llaves del vigilante, se habían dirigido a la sala de juntas, en la novena planta, donde se encontraba la copa, y con una palanca habían separado de la pared la urna de cristal antibalas en la que se encontraba, apoderándose del trofeo sin mayor dificultad.

Un trabajo limpio, sencillo y rápido, ya que se suponía que los ladrones no habían invertido más de veinte minutos en cometer el asalto. Toda la sociedad brasileña quedó atónita y consternada por el robo de lo que algunos calificaron como el “santo grial del fútbol brasileño”, e incluso Pelé hizo un llamamiento a través de la televisión para que a los ladrones devolvieran el trofeo, apelando al “incalculable valor emocional de la copa para la nación”.

Fue en 1970, en virtud de una de las cláusulas establecidas en el reglamento de los campeonatos del mundo de fútbol, según la cual la selección que ganara en tres ocasiones el torneo se quedaría en propiedad con la copa, cuando Brasil obtuvo el preciado trofeo, tras sus victorias en 1958, 1962 y 1970. La llamada Victoire aux Ailes d’Or, una figura de 35 cm en oro y plata sobre un pedestal de lapislázuli que representaba a Niké, la diosa griega de la victoria, había sido encargada por Jules Rimet, presidente de la FIFA, al escultor francés Abel Lafleur en 1929 para ser entregada al vencedor en el primer Campeonato del Mundo de Fútbol, celebrado en Uruguay en 1930.

Desde entonces, además de recompensar a los sucesivos vencedores en los Mundiales, el trofeo sufrió curiosos avatares, como durante II Guerra Mundial, cuando Ottorino Barasi, presidente de la Federación Italiana de Fútbol, lo escondió en una caja de zapatos debajo de su cama, donde permaneció hasta el fin de la guerra. Posteriormente, en marzo de 1966, unos meses antes de la celebración del Mundial de Inglaterra, la rebautizada en 1950 como Copa Jules Rimet desapareció mientras estaba expuesta en el Central Hall de Westminster, en Londres. La copa fue localizada casualmente una semana después por un perro llamado Pickels en un jardín al sur de la capital británica mientras paseaba con su dueño, David Corbett. Edward Betchley, un ratero de los bajos fondos londinenses, fue acusado del robo, si bien no se pudo demostrar su culpabilidad, pero Pickels se convirtió en una celebridad, hasta el punto de que fue invitado al banquete organizado para celebrar la victoria de la selección inglesa en el Mundial de 1966.

Pero a diferencia de lo ocurrido en Londres, la desaparición de la copa en 1983 no tuvo un final feliz. Pocos días después del robo, y en medio de un creciente descontento popular por las informaciones periodísticas que ponían de relieve la negligencia de las autoridades en la custodia del trofeo, la policía detuvo a un “sospechoso habitual”, Antonio Setta, un ladrón de cajas fuertes. En su declaración, Setta acusó a Sergio Pereira Ayres, un trabajador de banca, de haberle propuesto meses atrás participar en el robo de la Copa Jules Rimet, a lo que Setta se negó aduciendo, en un sesgo tragicómico de la historia, que su hermano había muerto de un infarto cuando Gerson consiguió el segundo gol frente a Italia en la final del Mundial de México 70, y que eso sería como deshonrar su memoria.

A partir de este testimonio, la policía detuvo a Pereira Ayres, quien, después de tres días de interrogatorio, confesó haber planeado el robo y delató a sus tres cómplices, José Luiz Vieira da Silva y Francisco José Rocha Rivera, dos ladrones de poca monta apodados el Bigotes y el Barbudo, y a Juan Carlos Hernández, un joyero argentino afincado en Rio de Janeiro.

Según las conclusiones la investigación policial, el móvil del robo no fue menos prosaico que fundir la icónica Victoire aux Ailes d’Or para convertir los 1.800 gramos de oro que contenía en lingotes, algo que habría consumado Juan Carlos Hernández en su taller de joyería.

El caso no se juzgó hasta 1988. Para aquel entonces, Antonio Setta había muerto en un accidente de tráfico en 1985, y los cuatro acusados estaban huidos de la Justicia. En ausencia, fueron condenados a penas de tres a nueve años. El Bigotes moriría en 1989 en un ajuste de cuentas en un bar de Rio de Janeiro, mientras que Pereira Ayres y el Barbudo no fueron capturados y encarcelados hasta 1994 y 1995, respectivamente. Por su parte, Juan Carlos Hernández, que siempre negó haber fundido la Copa Jules Rimet, escapó a Francia, donde pasó siete años en la cárcel por tráfico de drogas.

Quizá por el halo de mediocridad y mezquindad que rodeó todo el caso, y para evitar tener que asumir la definitiva pérdida de su “santo grial”, entre los brasileños se forjó la leyenda de que el verdadero instigador del robo había sido un coleccionista europeo, y que la copa seguía desaparecida, sí, pero íntegra, a la espera de ser algún día recuperada.

En cualquier caso, en 1984, la CBF solicitó permiso a la FIFA para realizar una réplica de la Copa Jules Rimet con la misma proporción de oro, los 1.800 gramos que desataron la codicia de los ladrones y sellaron el destino fatal del original.

Francesc FABRÉS


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