20 de diciembre de 2013

36 años de la reanudación de relaciones España-México

36 años de la reanudación de relaciones España-México: Un capítulo poco estudiado de la Transición española.

Por Marcos Marín Amezcua.
Publicado en la revista DATAMEX, de la Fundación Ortega y Gasset en Madrid (Abr/2007)

A España y su gente, gran país al que mucho debo.



La reanudación de relaciones diplomáticas entre España y México, ocurrida el 28 de marzo de 1977, hace ya 36 años, se inscribe en el marco de la Transición española y dentro de un, según parece, poco estudiado capítulo de política exterior de este periodo, asignatura las más de las veces no vista más allá de la insistente mirada española puesta en la entrada a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE). Conviene pues recordarlo: En el rubro de política exterior española, también se produjo una transición, caracterizada por un cambio sustancioso de mentalidad y de intereses a defender por parte de España, que involucró, como un rubro a destacar, una política de acercamiento hacia México; un tema que se ha quedado un poco de lado y es pertinente recuperar para la memoria compartida hispano-mexicana. 

En efecto, tras la muerte de Franco en 1975 y el cese de su régimen, España apostó por actualizar su agenda diplomática; acción necesaria para modernizar su propia visión del mundo, tras un aislamiento poco a poco remontado pero siempre profundo, en que estuvo inmersa tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial; aislamiento muy marcado al momento de morir Franco. En ese marco de transformaciones a que se sometió España, se produjo la reanudación de relaciones diplomáticas con México, un gesto de gran significado para ambos países y con una trascendencia formidable en el contexto iberoamericano.

Es probable que tal reanudación de relaciones se inscribiera en la revitalización general de ellas, caracterizadas por gestos significativos como el deseo expreso del Rey Juan Carlos I por acercarse a Iberoamérica, manifiesto desde su primer viaje a la región (ocurrido en 1976), el primero oficial efectuado por un monarca español a la América hispana desde 1492; y que en particular, el acercamiento con México se trató de un acto que no era ni es poco ni está sujeto sólo a retórica o formulismos, pues no era uno más en una agenda, tal como podría entenderse así en nuestro tiempo o pudiera verlo así quien no sea español o mexicano, pudiendo extrañarse por la insistencia en ese asunto, expresado de manera permanente y alrededor de este trigésimo aniversario, pues la ruptura fue profunda. Esto es importante mencionarlo a quienes nos leen y no son ni mexicanos ni españoles.

Sí en cambio, fue un acercamiento sujeto naturalmente a los procesos internos desatados durante la Transición española misma, que condujeron al unísono a tomar medidas tales como la inserción de España en la CEE, en la OTAN o incluso, con el restablecimiento de relaciones con la Unión Soviética o el contacto oficial con Israel, eventos sucedidos a lo largo de la siguiente década tras el final de la dictadura. Asimismo, al otro lado del Atlántico, por la parte mexicana se hallaban la imperiosa necesidad de revitalizar unas relaciones perdidas, el seguimiento a los cambios políticos ocurridos en España desde noviembre de 1975 y la coyuntura favorable del inicio del gobierno del presidente López Portillo, en diciembre de 1976 (proclive en su persona, a lo español), que animaron a ese posible acercamiento, que ofrecían en conjunto la oportunidad de efectuarlo.

Tal aproximación no era menor, pues suponía un reencuentro con el pasado inmediato, doloroso y complejo, en el marco de relaciones estrechas, acompañado con un generoso deseo de reactivarlas en lo diplomático, si bien se trataba de unas relaciones entre dos países que, desde 1821, tuvieron muchos altibajos y desencuentros (que son todo un capítulo interesantísimo de historia diplomática).

En su momento, Octavio Paz destacó -con un entusiasta sentido de oportunidad-, que la reanudación de relaciones diplomáticas entre España y México, era el esperado reencuentro de dos viejas amigas que mucho tenían que contarse. Y así sucedió. En tres décadas se ha recuperado por mucho el tiempo perdido y no pueden pasar desapercibidas las muy fluidas relaciones entre ambos países. España tiene en México un interlocutor de altura y su principal socio en Iberoamérica (16 mil millones de dólares invertidos). México inscribe a España como primer socio de entrada en la UE. Ambos son pilares complementarios de la Comunidad Iberoamericana. La dinámica como interlocutores para Europa y América Latina, respectivamente, supone una intensa relación. México posee un amplísimo Tratado de Cooperación con la UE de carácter preferente (único en su tipo para esta región) y es el primer inversor de Iberoamérica en España. En el derecho internacional mexicano, el tratado de extradición con España es de los más completos, con miras a combatir células terroristas que opten por refugiarse en México y también ha servido para cazar políticos corruptos que se fugan a España, quizás miopes de la existencia de tan eficaz instrumento.

Cabe reparar en el origen de la ruptura, causada por el triunfo militar del General Franco en 1939, y la respuesta de apoyo a la Segunda República seguida de un copioso exilio a México, que apostó desde allí por regresar, tras la muy deseada caída del Generalísimo. Pero al mismo tiempo, esa reanudación del ‘77 no se quedaría en el recuerdo o el reproche velados, sino que suponía oportunidades y un futuro amplísimo en la medida en que ambas partes quisieran extenderlo, como afortunadamente ha venido sucediendo. Ambas partes se saben y se reconocen en la otra. Y ese es el triunfo alcanzado en esta reanudación.

Como se ha mencionado, el origen de esa larga ruptura provino del apoyo abierto prestado por el presidente Cárdenas a la derrotada Segunda República Española (armas, dinero, hombres, respaldo diplomático, asilo y hasta la arenga del día de la Independencia de 1937, en que el presidente Cárdenas vitoreó a la República desde el Palacio Nacional de México), al considerar ilegítimo el pronunciamiento del 18 de julio de 1936 que marcó el inicio de la cruentísima Guerra Civil española (1936-1939); considerando que se atentaba contra un gobierno electo, muy valorado desde 1931 pues, además de republicano, en mucho sentíase cercano a la idiosincrasia republicana de la América hispana, que entusiasta lo acogió. Por supuesto, enalteciendo en ello todo un imaginario al respecto del “ser republicano”.

El activismo del gobierno mexicano fue manifiesto desde el primer momento. Su postura era recalcitrante y se empeoró al triunfo del movimiento nacional. Un despliegue diplomático en pro de los refugiados españoles en Francia y la alianza de México con Estados Unidos y Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, frente a una España situada en el bando contrario junto a los países del Eje, imposibilitaron una pronta reanudación de relaciones tras ese periodo y sumándose a ello la supervivencia política de Franco. Quedaba claro que mientras gobernara, sería imposible normalizar las relaciones. Encima, México acogió al gobierno de la Republica española en el exilio, así como a los gobiernos vasco y catalán también en el exilio. El aislamiento de España se encontraba con el activismo mexicano en contra el gobierno franquista, instado y atizado desde adentro por esos mismos refugiados, aún en fechas tan tardías como 1974 y desde la palestra de la ONU.

El gobierno de la Segunda República española en el exilio, alojado en México, supo prolongar la ruptura en tanto viviera Franco y contó para ello con los herederos del Cardenismo, dispuestos a ser fieles a la causa republicana española, justamente por serles una herencia discursiva. Es previsible que del lado español, pese a que hubo intentos de acercamiento, no variara mucho la política hacia México, planteada por las élites como venía efectuándose, en tanto se prolongara la dictadura. Ergo, como puede observarse, todos los actores vivían tirando de la misma cuerda y a su modo.

A su vez, la ruptura de relaciones diplomáticas (que no comerciales, culturales y personales), hizo que el nombre de México casi desapareciera de la geografía española de manera muy notable (es previsible que por consigna, a diferencia del de Argentina, por ejemplo y por razones sabidas y concretas de acercamiento al Franquismo); mas no se pudo pasar por alto la memoria del exilio, la relación formada a través de siglos de intercambio y el deseo de sectores diversos en ambas sociedades, al admitir del anacronismo por no mantener relaciones directas entre ambos gobiernos, una vez que cambiaron las condiciones políticas españolas y atemperaron las mexicanas, a mediados de los años setenta.

Por todo ello, cabe congratularse de que una nueva generación de españoles y mexicanos apostaran por una reanudación que ha sido altamente fructífera en absolutamente todos los frentes, desde el empresarial hasta el intercambio cultural, dejando atrás los rencores suscitados a raíz de la victoria de 1939, que dividió a los españoles y afectó a los mexicanos. El restablecimiento de relaciones diplomáticas confirmó lo que siempre se supo: Lo sucedido en ambos países nunca resulta indiferente al otro. Acaso ese conocimiento mutuo debiera profundizarse, mas no por ello denosta el actual saber por el otro.

Al reanudarse los intercambios diplomáticos, muchos españoles avecindados en México decidieron regresar a España, muchos prefirieron no hacerlo, incluso por razón de encontrar una España cambiada que les era un tanto ajena por lo diferente que la percibieron tras cuatro décadas de ausencia, pero en todo caso no habían perdido por ella ni su sentir de españoles ni el deseo por su bienestar y desde lejos, siguieron alimentando el deseo para que ésta prosperara. Para ellos también los logros de España en esa transición, eran sus logros. Su lejanía física no les hizo renunciar a su recuerdo. Todavía hoy existe sobre el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, una escuela primaria pública que lleva por nombre “República española”. Es curioso considerando que es sostenida por el gobierno mexicano que canceló las relaciones y la representación del gobierno de la República española en el exilio y que pasó a renglón seguido, a establecerlas con el Reino de España. Mas queda la memoria histórica, siempre insalvable, siempre presente.

La apuesta por el futuro guía hoy unas relaciones diplomáticas calificadas en ambas orillas del Atlántico, como inmejorables y en el mejor punto de su casi bicentenaria historia.  Más allá de tópicos, las relaciones bilaterales han sido definidas por el presidente mexicano Felipe Calderón, durante su reciente visita a España, como la de socios valiosos y confiables. En todos los ámbitos se notan los alcances de una cooperación amplísima, que cuenta con dos vertientes que, acaso, no se localizan en el resto de las relaciones de España con Iberoamérica y que cabe destacar: Por un lado, el  incremento del 135 % en los índices de intercambio comercial -favorables a España, según se dijo en la visita a México de fines de 2005, del Ministro de Exteriores español Moratinos- ,  y en lo humano, una relación entre ambos pueblos abierta, directa y poseedora de un lenguaje cercano, claro y sincero. En suma, que se puede expresar de frente. Ello le otorga un plus a las relaciones en todos, absolutamente todos los frentes y niveles de esta relación y las cifras y las opiniones así lo reconocen. Niveles que van desde el diplomático hasta el personal.

Así lo reconocía el 15 de marzo de 2007, la Subsecretaria de Relaciones Exteriores de México, durante el acto efectuado en la Casa de América en Madrid, con motivo de esta conmemoración, resaltando el insospechado alcance de esa reanudación. A los mexicanos y españoles de hoy puede parecerles normal que las banderas de ambas naciones ondeen en la embajada situada en las respectivas capitales o encuentren normales, lógicos, cotidianos o necesarios los vuelos directos entre México D.F. y Madrid. Hace treinta años era imposible. Dos generaciones tuvieron que asumir el hecho de las inexistentes relaciones diplomáticas con una tortuosa ruta obligada triangulándola vía París. Fueron relaciones que llegaron a tiempo para la globalización que hoy exige un contacto directo basado en la tecnología, la cooperación y la estrecha relación en todos los niveles. Las siguientes dos generaciones al ’77, asumen con naturalidad esa relación, hoy cercana para beneficio de ambas partes y mejorable en todos los sentidos.

Quedan sí pendientes por resolver, como en toda relación entre dos pueblos. La responsabilidad de que se engrandezcan las relaciones bilaterales, de que se nutran y se enriquezcan haciendo uso de todas sus potencialidades, corresponde a ambas partes. No son relaciones exentas de roces, de ponderables por atender, de reconsideraciones en sus metas y objetivos a mediano y largo plazo, pero hay una certeza: La garantía de que los planteamientos pueden hacerse de manera frontal, directa, sin ambages, siempre que medie la buena fe de los interlocutores. Cabe insistir en ese aspecto.

Una muestra de la certeza que mueve a tales relaciones es la siguiente: Como muchas otras cosas, episodios en común hoy están sujetos al revisionismo histórico; así, se han alzado voces (que no vivieron el exilio del ‘39), señalando que México escogió a quién debía recibir tras la Guerra Civil. Que no hubo por lo tanto, tal altruismo a favor de los republicanos y que en realidad, una vez en México, se les negó la entrada en la sociedad mexicana. Es preciso no olvidar que en un acto soberano, México en muchos casos sí y en muchos otros no, escogió a quiénes recibir, pues la opción por México la extendió el propio gobierno mexicano y fue él, el que dispensó los medios de traslado; cabe recordar, también cómodamente y a toro pasado, que las opciones del exilio, en el estrecho margen de opciones que tenían sus protagonistas, pasaban por África sahariana, Europa del norte o la Unión Soviética, cuando la mayoría de los estados hispanoamericanos (Cuba, incluso), se negaron a extender auxilios a los republicanos. Y entonces, muchos optaron por México, que les otorgaba esa oportunidad de recibirlos.

Por lo demás, se suele decir en voz baja (más o menos), que fueron los viejos residentes españoles avecindados en México (monárquicos los más, conservadores, llegados en distintas etapas y por distintos motivos a México, pero todos en décadas o años antes de la Guerra  Civil),  los que sí cerraron las puertas a sus compatriotas que huían de España, acusándolos de “rojos” e instaron por muchos medios a que México no prestara la ayuda planeada para ellos, advirtiéndole que eran la causa directa de la catástrofe que vivía España al llevarla con sus ideas socialistas, a una guerra civil. Grupos conservadores mexicanos se alteraron ante tales descripciones. La memoria histórica no puede equivocarse. En consecuencia, amén de ingresar a las mejores instituciones mexicanas, los republicanos en México también crearon sus propias instituciones a falta de aceptación en los centros regionales españoles ya establecidos y no por falta de apoyo de México. En México no les faltó pan, trabajo, paz, libertad y la oportunidad de emprender una nueva vida, dejando allí su esfuerzo siempre reconocido. Finalmente años después, cierto es que en algún momento estos centros anteriores abrieron sus puertas a los recién llegados, para quienes quisieran pasarse por allí, a lo que muchos republicanos y sus descendientes, se han negado.

Quedan  pues, treinta años de fructíferos logros, de relaciones intensas de ida y vuelta, de redescubrimientos y de reconocimientos, reflejados no sólo en cifras comerciales, turísticas y económicas en general, sino en el número de acuerdos, de alianzas, de intercambios culturales y educativos y de una notable capacidad de diálogo. El nuevo embajador español Angulo tiene grandes retos, pues su antecesora fue muy activa y le deja la vara muy alta; el gris y saliente embajador mexicano Jiménez Remus (lastima, pues era un brillante panista), urge que abandone Madrid, si se quiere una comunidad mexicana más activa y presente en España y no de espaldas a nuestra embajada. Tres décadas de excelentes relaciones así lo apremian y lo requieren.¿Lo sabrá la secretaría otrora en Tlatelolco y hoy situada en la flamante Plaza Juárez? Quizá.

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