2 de noviembre de 2013

Ramón Ortuño Rodríguez





GENERAL DE BRIGADA RAMÓN ORTUÑO
PRIMER GENERAL NEGRO DEL EJERCITO MAMBÍ 


 Ramón Ortuño RodríguezRamón Ortuño Rodríguez nació en la ciudad de Holguín el 2 de noviembre de 1817, hijo de José Ortuño y Dolores Rodríguez, quienes fomentaron una pequeña fortuna fa cual permitió dar una educación adecuada a sus hijos. En sus primeros estudios, que desarrolló en su ciudad natal, Ortuño era hábil e inquieto. Su carácter serio lo hacía parecer más adulto y desde muy joven aun, se mezcló con su padre en los negocios familiares. 

Con sólo 17 años corretea por los campos haciendo amplias relaciones y en la zona de San Juan cerca del Arroyo del Medio conoció a don Luis de Feria Garallalde, el después General de las luchas independentistas cubanas. Amigos de fiestas y parrandas, conocieron las condiciones inhumanas en que vivían los labriegos y en más de una ocasión sus ojos se asombraban ante el golpe del cuero, o el látigo en las espaldas sudorosas de los esclavos. Cada latigazo, era como una aguijonada en su propia espalda, tal vez, un poco recordando a sus antepasados. 

Ortuño realizó diversos viajes por la región oriental y especialmente a Las Tunas, lugar donde conoció a la joven Adelaida Salazar a quien le conquistó el corazón y desde entonces los viajes de negocios fueron más frecuentes ya con el marcado propósito de ver a la bella tunera. 

El joven, deslumbrado por su conquista, no demoró mucho los preparativos del matrimonio, el cual formalizaron en esta ciudad; cuyas actas se quedaron en alguno de los incendios que los hijos de Las Tunas le prodigaron antes que verla esclava. 

De profesión artesano, aprendió a moldear los hierros más duros y junto a su esposa vino a vivir a Las Tunas, donde montó un pequeño taller, de cuya, administración se encargaba junto a otros artesanos del pueblo, tales como los Guillen, Gutiérrez, Robinson, el herrero Florencio Carballo. Formó parte del primer cuerpo de bomberos de Las Tunas, todos de la raza negra y según escritos de la prensa periódica era un grupo de trabajo muy eficiente, los cuales contaban con una bomba extintor de mano con su carro, buenas mangueras, cubos, cuerdas etc., todo propiedad del municipio. Pronto los negocios prosperaron y las ganancias no se hicieron esperar lo que le permitió contratar otros trabajadores y tras el volumen de producción y las constantes demandas le permitieron acumular una respetable fortuna. 

En su finca El Guisasero construyó un pequeño ingenio para fabricar raspaduras, el cual estaba enclavado en lo más empinado de un lometón, cercano al actual cementerio municipal. Por ser producciones de calidad, las raspaduras de El Ingenito, como se le conocía entonces, alcanzaron alta demanda y todos bautizaron la prodigiosa elevación como La Loma de Mongo, toponímico que ha trascendido hasta la actualidad. 

Muchas de las rejas que engalanaron la ciudad colonial de las Tunas, se forjaron en las fraguas que Ortuño tenía en su taller. A lapar laboraba junto a sus obreros con los cuales mantenía relaciones de amistad y respeto y junto al golpe de mandarria sobre el yunque para moldear el hierro, también se forjaban las ideas libertarias que Ortuño inculcaba en los compañeros con los cuales compartía el calor de la fragua o el olor de la melaza en el ingenio. 

Era dueño en Las Tunas de varias propiedades rústicas entre las que se encontraban las fincas El Guisacero, La Viajaca, El Zarzal y otras. 

En 1850, estableció relaciones con el isleño Julián Santana, quien había venido a Cuba con el Camagüeyano Joaquín de Agüero y Agüero formando dúo de negocios e ideología, pues ambos conocían los detalles de la Sociedad libertadora de Puerto Príncipe que a pesar de sus fines personalistas y del mantenimiento de la esclavitud, el grupo de Agüero y Agüero abogaba por la independencia y la abolición del flagelo esclavista. 
El  8 de julio de 1851, participó en el asalto a la Villa de Las Tunas, y escapó a la ferocidad española porque no pudieron comprobarle sus ideas libertarias. 

Ya organizaba la conspiración local, preliminar al levantamiento de los Diez Años en 1866, Vicente García llama al seno de sus reuniones a Ramón Ortuño, quien les aporta valiosas experiencias en la preparación del estallido revolucionario. 

En una de las reuniones desarrolladas en el domicilio de Diego Félix Milanés, en la cual participan Vicente García, Francisco Varona, Francisco Muñoz Rubalcava, Bernabé Varona, Francisco Vega, Julián Santana, Ramón Ortuño, Pedro Agüero González, Javier Duarte y otros. Todos brindaron por la libertad y Rubalcava junto a Bembeta pronunciaron ardorosos discursos. 

En la distribución de la zona para las operaciones de proselitismo revolucionario le correspondió a Vicente García y Ramón Ortuño los partidos de Unique y Cabaniguán, pues Diego Félix Milanés laboraría en la ciudad y Francisco Varona, en el partido de Yariguá. 

Más tarde, Vicente García, Ramón Ortuño y Francisco Varona viajaron a Bayamo realizando  conferencias con Francisco Maceo Osorio, Donato Mármol y Esteban Estrada, para imprimirle mayor actividad al Movimiento.

Luego la visita fue reciprocada, pues vinieron a Las Tunas Donato Mármol y Manuel de Jesús Calvar para conocer en esta comarca la marcha de los preparativos. La reunión se desarrolló en la fonda de Pancho Tornet y la misma transcurrió en un ambiente muy animado. 

Para 1868, ya Ortuño tenía junto a Rubalcava, 150 hombres armados y listos para iniciar la guerra contra España. E1 6 de octubre, Francisco Varona se encuentra con Ramón Ortuño, quien cumplía su misión revolucionaria, enardeciendo los ánimos de los complotados. De forma elocuente recoge Varona en su Diario de Campaña este encuentro: “Me habló lleno de entusiasmo, parece delirante, deseoso de llegar al rompimiento con los españoles, lo que no es extraño en su carácter tan exaltado”

El 9 de octubre de 1868, participó en una reunión desarrollada en Ventorrillo, para ultimar los detalles del levantamiento fijado para el 14 en la reunión del día 4 pasado.

El 13 de octubre, está Ortuño entre los primeros, formando con su tropa junto a Vicente García listos para el asalto. Llegada la hora convenida, con sus hombres se fue sobre la ciudad y a golpe de coraje junto a su jefe, logró llegar hasta las puertas de la iglesia después de arrollar barricadas y fortificaciones improvisadas en las bocacalles. 

Ese día, de retorno al campamento de El Hormiguero, donde hicieron hondear la bandera de la estrella solitaria todo era alegría, pues aunque no pudieron derrumbar el portón de la iglesia, habían roto las hostilidades contra España. Los días sucesivos, fueron de intenso bregar, de innovaciones constantes y Ortuño, con el afán de ver a su patria libre, con los barrotes de las ventanas o con los tornillos de las líneas telegráficas, fabricaba perdigones para rellenar los cartuchos de guerra. A estas esquirlas, le llamaban "chicotes" y era usual cuando disparaban sus rudas descargas escuchar entre los mambises una expresión muy típica: "ahí van los chicotes de Mongo", por esta razón al gran artesano lo bautizaron con el sobrenombre de Mongo Metralla. 

Participó en los combates de El Gramal y La Cana, en el asalto a la ciudad el 16 de agosto de 1869, en el combate de Río Blanco, donde le hicieron más de cien muertos al enemigo. Con bravura se batió en Maniabón y La Horqueta, en el río de Vázquez, río San José y el 7 de junio del propio año hizo galas Ortuño de su valor en el combate de Becerra donde le tomaron al enemigo parte del convoy que conducían a Las Tunas y le hicieron numerosas bajas. . 

Fue Ramón Ortuño, el primer general negro del Ejército Mambí. De él escribió Fernando Figueredo Socarras al referirse a los iniciadores de la lucha en Las Tunas: “Ramón Ortuño, joven de color, artesano que prestó un valioso apoyo en aquellos momentos de prueba”. 

En un combate desarrollado entre Maniabón y Las Tunas, un día perdido de 1870, en el cual Ortuño se batió con su acostumbrada valentía contra una gruesa columna española, cayó el pilar de ébano sin que sus compañeros pudieran rescatarlo. Una vez en manos enemigas, ya muerto el grandioso general, trucidaron su cadáver a golpe de sable y después lo incineraron en improvisado crematorio, contando como testigos excepcionales de la barbarie los árboles de la comarca, cuyas hojas como las del sauce lloraron la afrenta. Las cenizas de Mongo, esparcidas al viento, abonaron cada rincón y su ejemplo fructificó en el corazón de los cubanos.


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