3 de noviembre de 2013

Honorato del Castillo Cancio





Honorato del Castillo
en Próceres
por Néstor Carbonel


Honorato del Castillo Cancio
Honorato del Castillo Cancio

Honorato del Castillo
“Nació el 30 de noviembre de 1838.”
“Murió el 20 de julio de 1869.”




“Pasó Honorato del Castillo por los campos de la revolución iniciada en Yara, gallardo, varonil, puro, bueno. Un año apenas vivió la vida del rebelde, la vida de la libertad -ya que no la del derecho. Durante ese tiempo, mostróse apto para la guerra, capaz de la abnegación y el sacrificio. Cuantos le conocieron en los días aquéllos, dicen de su amor vehemente por la patria, y de su ansia perenne de concordia y de justicia. Lleno de conmovedora ternura hablaba de él uno que ya le hace compañía en el silencio glorioso: Serafín Sánchez. Y como si lo estuviera viendo todavía, de cara al peligro o descabezando discordias, lo evoca con cariño Manuel Sanguily, a quien ni púas de escorpiones, ni venenos, han secado el corazón.



“Sancti Spíritus fue su cuna. En la vieja ciudad que baña el Yayabo vino al mundo Honorato del Castillo. En el colegio de Miguel Cabrera y Toledo, antiguo profesor, aprendió las primeras letras. Luego, en el del presbítero José Benito Ortigueira. Amplió sus conocimientos, y por último, en el superior de Montiniano Cañizares, terminó sus estudios. Tanto empeño puso en aprender, tanto amor demostró por los libros en ese tiempo, que su débil naturaleza pareció quebrantarse. Deseosos sus padres de que se repusiera, lo llevaron al campo, a una finca, al lado de sus hermanos. Allí, al cabo de unos meses, se sintió enfermo de veras, nostálgico del bullicio y ajetreo de la ciudad y de la grata compañía de sus libros. Aquel muchacho, pálido y de estrechas espaldas, sólo pensaba en aprender. Tenía sed, hambre de cultura. Ansioso de apagar esa sed, de mitigar esa hambre, trasladóse a la Habana, ingresando como pasante en el colegio El Salvador de José de la Luz y Caballero, al mismo tiempo que cursaba en la Universidad la carrera de medicina.



“Tanto en el colegio del Maestro inmortal como en la Universidad, supo Honorato del Castillo ganarse el afecto y la consideración de profesores y condiscípulos. Y como el sentimiento de la patria germinaba en su corazón, conspiró y paseó entre sus compañeros la bandera de los santos ideales. Graduado de profesor, no así de médico, volvió al pueblo natal a dirigir una escuela, dirección que abandonó para fundar con Cañizares y Ramírez un colegio de primera y segunda enseñanza. Apenas abierto este colegio, sus conterráneos le encomendaron la educación de sus hijos. Muchos fueron los cerebros espirituanos de aquel tiempo que recibieron de él las aguas bautismales. Hay curas de almas, y curas de mentes. Honorato del Castillo era de los dos, porque era bueno y sabía...



“Invitado por José de la Luz y Caballero a ocupar un puesto en El Salvador, abandonó de nuevo a Sancti Spíritus. Al lado del venerado mentor y rodeado de una juventud brillante, se ampliaron más, y más se arraigaron en su conciencia de cubano, los ideales separatistas. En la Habana entonces, a la vez que daba clases como profesor y cursaba en la Universidad la carrera de medicina, era miembro de una sociedad llamada del vientre libre, sociedad que arrancó muchas negras criaturas a la férrea garra de la servidumbre. En el colegio de José de la Luz y Caballero conoció y aprendió a amar a Julio y Manuel Sanguily, a Luis Ayesterán, a Marcos García y a otros, que más tarde encontraría defendiendo con las armas en la mano la libertad e independencia de la patria.



“El año de 1866 hizo un viaje a los Estados Unidos, del cual regresó hablando perfectamente inglés y henchido el pecho de aire puro de democracia. En la Habana de nuevo, y después de haberse graduado de doctor en medicina, lo sorprendió la noticia de la sublevación en Yara de Carlos Manuel de Céspedes. Apenas supo Honorato del Castillo que ya en Cuba, su patria, se peleaba por la redención, sintió ardientemente el deseo de ser uno más en el ejército libertador. Como un loco se agitaba, ideando la manera de realizar sus sueños. Por las vías regulares, estaba cierto de no poder llegar a ninguna de las poblaciones rodeadas por los cubanos rebeldes. De intentarlo, seguro estaba de caer en manos de la policía.



“Para despistar a sus perseguidores, embarcóse, junto con Luis Ayesterán y Marcos García, en un barco costero, con nombre supuesto. De este modo pudo llegar a Caibarién, de donde pasó a San Juan de los Remedios y más tarde a Sancti Spíritus. Cuando se vio entre los suyos, entre sus camaradas y amigos, dio comienzo a la tarea de levantar en armas aquella comarca. Desde una finca cercana a la población, fue preparando los espíritus para la lucha. Sus agentes, regados por toda la jurisdicción, iban, cuando no él personalmente, tocando las almas, poniendo en pie los hombres. En enero de 1869, temeroso de una denuncia, pasó al Camagüey. En esta región abrazó a Ignacio Agramonte, ya a caballo. Y cuando en febrero de 1869 supo que el movimiento de las Villas estaba ya para estallar, corrió a Sancti Spíritus a ponerse al frente de sus fuerzas. Más de dos mil hombres se le unieron al momento, pero sólo unos pocos con armas. La falta de armamento no fue, sin embargo, óbice para que Honorato del Castillo entablara combate con el enemigo. Con valor sereno y decisión y gallardía insuperable, se batió una y otra ocasión.



“Con Eduardo Machado, Miguel Jerónimo Gutiérrez y Antonio Lorda, representó a las Villas en la Asamblea constituyente reunida en Guáimaro el 10 de abril de 1869. Proclamada la República, renunció el cargo de Diputado para que había sido nombrado, y marchó, como general de división y primer jefe del distrito de Sancti Spíritus a ponerse al frente de sus antiguas fuerzas y combatir sin descanso. De vuelta en sus campamentos, ocupase de reclutar hombres, armas y caballos y de dar a sus tropas organización y disciplina militar, y todo esto, sin dejar de pelear, de hacerse sentir por el enemigo.



“Honorato del Castillo jamás rehuyó el encuentro. Cada vez que supo de una fuerza española, le salió al paso. A la salida de Morón, estuvo peleando contra el coronel Lamela cinco días sin parar. Nadie hubiera creído a aquel hombre de constitución débil, a aquel hombre que había pasado los mejores años de su vida aprendiendo y enseñando, arrancando a los libros sus secretos, capaz de hacer aquella vida, de vivir a caballo y casi desnudo, perseguido o persiguiendo, entre breñas y yerbazales...



“Mas, poco tiempo había de durar caudillo tan valiente! A mediados de julio de 1869, hallándose acampado cerca de Ciego de Avila, una pareja de exploradores cubanos trajo a su presencia, en calidad de prisionero, a un cubano, espía del gobierno español. Siendo tarde para juzgar al prisionero, dispuso que se le entregase al oficial de guardia para que lo asegurase hasta el día siguiente. Pero la fatalidad hizo que el prisionero se escapase. En conocimiento Honorato del Castillo de lo sucedido, y deduciendo lógicamente que, avisado el enemigo del corto número de su gente, acudiría a atacarlo, concibió el plan de ir en busca de refuerzos. En esta operación, llega al campamento de los comandantes cubanos Carranza y Silva, situado en Naranjo, a más de cuatro leguas de Morón. Estando junto a los referidos subalternos, fueron atacados por tropas contrarias, en número muy superior, por lo que se vieron obligados a retirarse. Un día después de este encuentro, dispuesto ya para marchar nuevamente hacia el antiguo campamento, donde era esperado, impaciente por la tardanza de Silva y Carranza que lo habían de acompañar, echa su caballo a galope por el camino que aquéllos debían traer, sin permitir que sus ayudantes lo acompañaran. Trescientos metros apenas pudo andar. La tropa española, la misma que lo había batido anteriormente, se enfrentó con él y le hizo a boca de jarro una descarga. Acribillado por las balas, cae al suelo sin vida. Los españoles, ni siquiera se detuvieron a identificar al hombre que habían matado. Su gente, que no había oído la descarga, o la había creído hecha muy lejos, pasado un buen rato y viendo que no regresaba el General, salió en su busca, encontrándolo a poco, tendido en el arroyo, sin luz los ojos, rígido el cuerpo, pálida, muy pálida la frente... ¡Pobre paladín heroico! ¡No murió como debía, al frente de sus legiones. Murió solo, como un pájaro a quien sorprende el cazador astuto!”







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