11 de noviembre de 2013

Cisma de Occidente


Cisma de Occidente 


Cisma de Occidente o el Gran Cisma de Occidente. (1378-1417). Suceso lamentable de la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana . Lista no exhaustiva de cismas, es decir, divisiones y guerras entre los diferentes papas, trayendo una crisis religiosa que salpicó a todos los países católicos que tuvieron que posicionarse sobre el problema. Se produce cuando a la muerte en el año 1378 de Gregorio XI -que había trasladado a Roma la sede papal desde Aviñón-, los cardenales romanos eligieron como sucesor al italiano Urbano VI. Un colegio de cardenales disidentes se opusieron al candidato romano y proclamaron a Clemente VII (el cardenal Roberto de Ginebra) que instaló su sede de nuevo en Aviñón, lo que originó la división en el seno de la Iglesia. Los dos papas electos se excomulgaron el uno al otro y el Cisma quedó abierto.

Concepto:	Divisiones y guerras entre los diferentes papas provocando la coexistencia entre Aviñón y Roma, de dos, tres, hasta cuatro papas simultáneamente
Concepto: Divisiones y guerras entre los diferentes papas provocando la coexistencia entre Aviñón y Roma, de dos, tres, hasta cuatro papas simultáneamente

Historia

El Papa Gregorio XI había dejado Aviñón para volver a Italia y había reestablecido la sede pontifical en la Ciudad Eterna, donde murió el 27 de marzo de 1378. De inmediato la atención fue dirigida a la elección de su sucesor. La cuestión era de lo mas serio. Cardenales, sacerdotes, nobles y romanos en general estaban interesados en ella, porque de la elección a ser hecha por el cónclave dependía la residencia del futuro Papa en Aviñón o en Roma. Desde el comienzo del siglo los pontífices habían fijado su residencia más allá de los Alpes; los habitantes de Roma cuyos intereses y reclamaciones habían sido largo tiempo ignorados, querían un Papa romano o al menos italiano. El nombre de Bartolomeo Pignano, Arzobispo de Bari, se mencionó desde el principio. Este prelado había sido Vice-Canciller de la Iglesia Romana y era considerado enemigo del vicio, la simonía y el boato.

Su moralidad era ejemplar y su integridad, rígida. Fue considerado por todos como elegible. Los dieciséis cardenales presentes en Roma se reunieron en cónclave el 7 de abril y al día siguiente escogieron a Prignano. Durante la elección, los disturbios reinaron en la ciudad. El pueblo de Roma y los alrededores, turbulento y fácilmente excitable, había, bajo el influjo de las circunstancias, declarado ruidosamente sus preferencias y antipatías y trató de influir en la decisión de los cardenales.

Parece cierto que los cardenales tomaron todos los medios posibles para obviar todas las dudas posibles. En la noche del mismo día de la elección, trece de ellos procedieron a una nueva elección, con la intención de seleccionar a un Papa legítimo, y de nuevo escogieron al Arzobispo de Bari. Durante los días siguientes todos los miembros del Sacro Colegio ofrecieron su respetuoso homenaje al nuevo Papa, quién había tomado el nombre de Urbano VI y le solicitaron innumerables favores. Lo entronizaron, primero en el Palacio del Vaticano y más tarde en San Juan de Letrán; finalmente el 18 de abril lo coronaron solemnemente en San Pedro.

Al día siguiente el Sacro Colegio dio notificación oficial del ascenso de Urbano a los seis cardenales franceses en Aviñón; éstos lo reconocieron y se congratularon de la elección realizada por sus colegas. Los cardenales romanos entonces escribieron a ka cabeza del Imperio y a los demás soberanos católicos. El Cardenal Robert de Geneva (Ginebra), el futuro Clemente VII de Aviñón, escribió en el mismo tenor a su pariente el Rey de Francia y al Conde de Flandes. Pedro de Luna de Aragón, el futuro Benedicto XIII de Aviñón, igualmente escribió a varios obispos de España.

Hasta aquí, por tanto, no había una sola objeción o insatisfacción con la elección de Bartolomeo Prignano, ninguna protesta, ningún titubeo y ningún temor respecto el futuro. Desafortunadamente el Papa Urbano no se dio cuenta de las esperanzas que su elección había hecho surgir. Se mostró caprichoso, altanero, desconfiado y a veces colérico en sus relaciones con los cardenales que lo habían elegido. Brusquedad demasiado obvia y reprobables extravagancias parecieron mostrar que su inesperada elección había alterado su carácter. Sta.Catalina de Siena, con valor sobrenatural, no vaciló en hacerle varias observaciones bien fundamentadas a este respecto, ni dudó cuando tuvo que culpar a los cardenales en su revuelta contra el Papa que ellos mismos habían elegido.

Algunos historiadores declaran que Urbano abiertamente atacó las fallas, reales o supuestas, de los miembros del Sagrado Colegio y que enérgicamente se negó a reestablecer la sede pontifical en Aviñón. Por consiguiente, agregan, la creciente oposición. Sin embargo, ninguna de esas desagradables disensiones que surgieron luego de la elección podrían lógicamente reducir la validez de la elección hecha en Abril 8. Los cardenales eligieron a Prignano, no porque fueron mal influidos por el miedo, aunque naturalmente estaban algo temerosos de las desgracias que pudieran surgir del retraso. Urbano fue Papa antes de sus errores; aún era Papa después de sus errores. Las pasiones de Enrique IV o los vicios de Luis XV no impidieron a estos monarcas ser y seguir siendo verdaderos descendientes de San Luis y legítimos reyes de Francia.

Desgraciadamente, éste no fue, en 1378, el razonamiento de los cardenales romanos. Su disgusto continuó incrementándose. Bajo el pretexto de escapar al insalubre calor de Roma, en Mayo se retiraron a Anagni y en Julio a Fondi, bajo la protección de la Reina Juana de Nápoles y doscientos lanceros gascones de Bernardon de la Salle. Entonces iniciaron una silenciosa campaña contra su elección de Abril y prepararon las mentes de los hombres para una segunda elección. El 20 de septiembre, trece miembros del Sacro Colegio precipitaron las cosas al entrar a un cónclave en Fondi y escogiendo Papa a Robert de Geneva, quién tomó el nombre de Clemente VII. Unos meses después el nuevo pontífice forzado a salir del reino de Nápoles fijó su residencia en Aviñón; el cisma estaba completo.

Clemente VII estaba emparentado o aliado con las principales casas reales de Europa; era influyente, intelectual y hábil en política. La Cristiandad rápidamente se dividió en dos partidos casi iguales. Los santos mismos se vieron divididos: Santa Catalina de Siena, Sta.Catalina de Suecia, el Beato Pedro de Aragón, la Beata Ursulina de Parma, Felipe de Alencon y Gerard de Groote estaban de lado de Urbano; San Vicente Ferrer, el Beato Pedro de Luxemburgo y Sta.Colette pertenecieron al bando de Clemente. Los más famosos doctores de la ley fueron consultados y la mayoría se decidieron por Roma.

Los teólogos estuvieron divididos. Los alemanes como Enrique de Hesse o Langstein (Epistola concilii pacis) y Conrado de Glenhausen (Ep.brevis; Ep. Concordioe) se inclinaron hacia Urbano; Pierre d’Ailly, su amigo Felipe de Maizieres, sus alumnos Jean Gerson y Nicolás de Clemanges y con ellos toda la Escuela de París, defendieron los intereses de Clemente. El conflicto de pasiones rivales y la novedad de la situación hicieron difícil el entendimiento e imposible la unanimidad. Como regla general los eruditos adoptaron la opinión de su país. Las potencias también tomaron sus bandos. La mayoría de los estados italianos y alemanes, Inglaterra y Flandes apoyaron al Papa de Roma. Por otra parte Francia, España, Escocia y todas las naciones en la órbita francesa se pusieron del lado del Papa de Aviñón. Sin embargo, Carlos V había primero sugerido oficialmente a los cardenales en Anagni la convocatoria de un concilio general, pero no fue oído.

Desafortunadamente los Papas rivales lanzaron excomunicaciones recíprocas; crearon numerosos cardenales para compensar las defecciones y los enviaron por la Cristian-dad a defender su causa, difundir su influencia y ganar adeptos. Mientras estas graves y ardientes discusiones se iban difundiendo al extranjero, Bonifacio IX había sucedido a Urbano VI en Roma y Benedicto XIII había sido electo Papa a la muerte de Clemente en Aviñón.

«Hay dos capitanes en el barco, quienes están combatiendo y contradiciéndose entre sí»
Jean Petit en el Concilio de París (1406)

Varias asambleas eclesiásticas se reunieron en Francia y otros lugares sin un resultado definitivo. El mal continuó sin remedio ni tregua. El rey de Francia y sus tíos comenzaron a cansarse de apoyar un Papa como Benedicto, quien actuaba únicamente de acuerdo a su humor y que causaba el fracaso de todo plan de unión. Además, sus exacciones y la severidad fiscal de sus agentes agobiaron grandemente a obispos, abades y clero menor en Francia. Carlos VI liberó a su pueblo de la obediencia a Benedicto (1398) y prohibió a sus súbditos, bajo severos castigos, someterse a este Papa. Cada bula o carta del Papa era enviada al rey; no se tomarían en cuenta los privilegios otorgados por el Papa; en el futuro, toda dispensa debería ser solicitada de los ordinarios.

Esto por tanto era un cisma dentro de un cisma, una ley de separación. El Canciller de Francia, quién ya era virrey durante la enfermedad de Carlos VI, por tanto llegó a ser incluso vice-Papa. No sin complicidad del poder público, Geoffrey Boucicaut, hermano del ilustre mariscal, puso sitio a Aviñón y un bloqueo más o menos estricto privó al pontífice de toda comunicación con aquellos que le permanecían fieles. Cuando se reestableció la libertad en 1403 Benedicto no llegó a ser más conciliador, menos obstinado o terco. Otro sínodo privado, que fue convocado en París en 1406, se reunió sólo con éxito parcial. Inocente VII ya había sucedido a Bonifacio en Roma y, después de un reinado de dos años, fue reemplazado por Gregorio XII.

Este último, aunque de carácter moderado, parece no haberse dado cuenta de las esperanzas que la Cristiandad, inmensamente preocupada de estas interminables divisiones, había colocado en él. El concilio que convocó en Pisa agregó un tercer reclamante al trono papal en lugar de dos (1409). Luego de muchas conferencias, proyectos, discusiones (a menudo violentas), intervenciones de los poderes civiles, catástrofes de todo tipo, el Concilio de Constanza (1414) depuso al sospechoso Juan XXIII, recibió la abdicación del tímido y cortés Gregorio XII y finalmente despidió a Benedicto XIII. El 11 de noviembre de 1417, la asamblea eligió a Odo Colonna, quién tomó el nombre de Martín V. Así terminó el Gran Cisma de Occidente.

Problema

La oscuridad del problema estaba en que la clave de la legitimidad de uno u otro papa dependía de algo tan difícil de comprobar como la validez de la elección de Urbano VI. Se trataba, en suma, de dilucidar si la presión popular había influido en el ánimo de los cardenales hasta el extremo de privarles de libertad y hacer inválida, en consecuencia, la primera elección. Y todo dependía de una circunstancia imposible de establecer con certeza, como era la influencia que había tenido el miedo en el voto del Sacro Colegio. La confusión creada por el Cisma hizo que la cristiandad se escindiera y los reinos se adhiriesen a una u otra “obediencia”. Sucedió así hasta con los propios santos, y mientras Santa Catalina de Siena se mantuvo al lado de Urbano VI, San Vicente Ferrer militó en la “obediencia” al papa Clemente.

El sucesor de Urbano VI, fue Bonifacio IX, quien ocupó el cargo entre los años 1389 y 1404, y el de éste, Gregorio XII (1406-1415). El de Clemente VII, fue Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII. Un grupo de cardenales romanos y otros aviñoneses resolvieron entonces celebrar un concilio para poner fin al Cisma. El concilio, reunido en Pisa en 1409, declaró depuestos a los dos pontífices reinantes y eligió un nuevo papa, Alejandro V. Pero esta elección, lejos de poner remedio, no hizo más que aportar un nuevo elemento de confusión: los papas de Roma y Aviñón rehusaron abdicar, con lo que la cristiandad quedó dividida no ya en dos, sino en tres obediencias. Se había llegado a una situación límite, y ante ella tomó cuerpo la idea de que tan sólo un concilio universal sería capaz de resolver la crisis de la Iglesia.

Esta idea encontró un entusiasta valedor en el recién elegido emperador alemán Segismundo, que consiguió convocar el concilio ecuménico de Constanza. Segismundo y Juan XXIII (sucesor de Alejandro V) protagonizaron una contienda que terminó con la huida del papa, que una vez capturado terminó en prisión el 29 de mayo de 1415. Gregorio XII renunció y se depuso a Benedicto XIII el 26 de julio de 1417 acusado de hereje, el último de los tres papas que continuaba en el mando. 

El desenlace definitivo se produjo el 11 de noviembre de 1417, cuando fue elegido como único papa Odo Colonna, a partir de entonces Martín V, quien se mantuvo como jefe supremo de la Iglesia hasta 1431.

Fuentes



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